Morgan´s

La ciudad que amo y odio.

In Opiniones y Reflexiones on 16 enero, 2015 at 19:29

El Berbes (hacia 1930) 2En la introducción a “Pongamos que hablo de Madrid” del ya clásico “La Mandrágora”, un jovencísimo Joaquín Sabina decía que la canción era “una historia de amor y de odio a una ciudad invivible pero insustituible”. Siempre me ha gustado esa frase para definir también este Vigo en el que llevo 35 años improvisando una vida. Os voy a contar un poco el porqué:

Vivo en una ciudad que ha sido diseñada por su peor enemigo, un caos en el que conducir un coche es un desafío a la paciencia y la pericia, donde los accidentes, más o menos graves, están a la orden del día. Vivo en una ciudad en la que hay una rotonda por cada mil habitantes (exagero), como si nos hubiéramos decidido a protegerlas porque se encontraban bajo amenaza, como el lince ibérico o los buenos periodistas. Vivo en una ciudad en la que florecen centros comerciales y cierran los pequeños negocios de toda la vida a un ritmo alarmante para cualquiera menos para quien tiene la capacidad de hacer algo al respecto, en la que es más sencillo encontrar una iglesia que una filmoteca y los teatros de barrio se ven abocados a la muerte o a una supervivencia llena de penurias y dificultades.

En mi ciudad abundan los fantasmas que duermen en cajeros automáticos de los mismos bancos que les han chupado hasta la última gota de sangre, seres invisibles que una vez tuvieron sueños e ilusiones que se truncaron por un golpe demasiado duro o una decisión errónea y han sido condenados a vagar en pena por las ruinas de una sociedad que se desmorona a pedazos y mira hacia otro lado, quizá hacia esa cruz fascista que decora la ladera del monte de O Castro y escupe una y otra vez en las conciencias adormecidas de aquellos que ignoran su verdadero significado mientras pisotea la memoria de hijos y nietos de aquellos héroes que lucharon contra todo lo que esa cruz representa. Una ciudad en la que los perros se cagan en las aceras y los gatos callejeros libran una guerra secreta contra el ejército de ratas que aguarda bajo tierra su hora para invadirnos y recuperar lo que una vez fue suyo. Una ciudad que no respeta a esos soldados felinos que nos cuidan sin pedirnos nada a cambio y a los que sacrificamos en una protectora de animales fascista en la que los heridos y lisiados tienen muchas papeletas para acabar “dormiditos”, la metáfora más siniestra para una ejecución por criterios de edad, belleza o eugenesia.

En esta ciudad el verde de los parques y jardines refleja el gris ministerial de su cielo y su ayuntamiento, mientras una lluvia fría y hostil baña nuestra existencia y nos provoca a los existencialistas una sensación perpetua de melancolía a la que nos hemos vuelto adictos, como esos yonquis que poblaban los barrios obreros en los años 80 y 90 y a los que la autoridad municipal decidió un día retirar el poco apoyo que les prestaba al darles un lugar en el que poder picarse en unas condiciones mínimamente dignas, porque hacían feo para los turistas que se bajan de los cruceros y siguen como lemmings los circuitos que la corporación municipal ha trazado para enseñarles una fachada y ocultarles la realidad.

La ciudad en que vivo es moderna, del siglo XXI, tiene paneles para decirnos cómo está el tráfico y un servicio de transporte municipal que me informa de a qué hora pasa mi autobús por un coste de lo más asequible. Si lo que quiero saber, en cambio, es el coste de una obra pública o un contrato municipal, la cosa ya no es tan sencilla como “mandar un SMS con la palabra VITRASA”. Hay escaleras mecánicas en la calle (que cuestan un millón de euros y ahorran 200 pasos) y barreras arquitectónicas en los edificios. Una ciudad en la que los arenales de Samil están presididos por un majestuoso muro de hormigón lleno de baches, grietas y socavones que ha empezado a vencerse como recordatorio del paso del tiempo y la mortalidad de todo lo que existe y un día dejará de hacerlo.

Vivo en una ciudad que es un desfiladero infinito por el que se deslizan ríos de agua y basura cuando las lágrimas del cielo se vuelven salvajes y amargas e inundan las pocas zonas planas que en ella se pueden encontrar. Una ciudad que un día decidió olvidarse de su historia y derribar algunos de sus más bellos edificios y convertirlos en mamotretos fríos e impersonales que se alzan hacia los cielos como una patética metáfora de todo lo que alguna vez quisieron representar. Una ciudad en la que un hospital de color verde antiséptico preside el skyline y cuya única y tímida competencia es un insulto al concepto mismo de belleza al que llamamos Concello, el lugar desde el que el emperador dirige los asuntos de sus súbditos, valiéndose para ello de una mezcla de populismo barato y una guardia personal a la que ha dado en llamar G.O.A., porque Inmortales ya había sido cogido por los persas.

Y pese a todo ello, la amo profundamente. Tanto que me resisto a huir de ella, exiliarme en busca de una vida mejor… de una vida. Por sus gentes, esas que te gritan y te insultan por pararte en un ceda el paso y unos metros más adelante se paran a echarte una mano porque has pinchado una rueda. Las mismas que salieron a la calle en los años 80 a luchar por los derechos de los trabajadores, a decir que la reconversión industrial era una tomadura de pelo y a las que no les importó que ante ellos se opusieran unas fuerzas de represión mucho peores que las de ahora. Las que se organizaron para hacer frente al problema de la droga y dieron ejemplos de madres coraje, expresión que me repugna porque toda madre es una madre coraje, que resistieron lo indecible y lucharon sin dejarse desfallecer. Amo a las personas que viven y luchan en mi ciudad, porque son tozudas y resilientes. Porque saben pelear incluso las batallas que ya están perdidas. Porque se organizan para atender a sus vecinos más desfavorecidos cuando la administración del emperador se olvida de ellos, porque son honestos y persistentes.

Amo mi ciudad porque en ningún otro lugar se puede uno sentar en la arena a ver como el Sol desciende lentamente hasta ocultarse tras las Cíes, un maravilloso espectáculo que tiñe el cielo de un color rojizo que invita a la resistencia y a la irreverencia, porque en ningún otro lugar la lluvia que nos enmohece el cuerpo y nos llena de melancolía se siente igual de fría y cálida. Porque hay una Puerta del Sol que tiene la estatua más fea que haya parido jamás un artista pero que, a base de odiarla, uno acaba encontrando entrañable. Porque no existe ningún otro lugar en que se pueda subir a lo alto del monte Alba y observar la ciudad que vive y se opone.

La amo con el alma porque es la ciudad en la que aprendí a ser rebelde y a entender que detrás del que sufre hay alguien que hace sufrir. Porque la semilla de la lucha se implanta en los genes de cada vigués el día que nace y salta el día menos pensado. Porque en el Cruce de los Llorones, donde vivo, se alzaron barricadas y se luchó para defender el gobierno legítimo de la República cuando se produjo el golpe fascista. Porque desde los tejados de la zona del mercado se mantuvo la resistencia. Porque donde hoy se levanta un horroroso monumento con aspecto de falo que los homenajea, murieron un centenar de vigueses a manos de los sublevados, porque decidieron no darse por vencidos y ser, como reza el famoso lema, “denantes mortos que escravos”. Por su “Jardín de la Memoria Histórica”. Por la dignidad que mostraron Carmen Miguel Agra y los demás muertos en el Bou Eva. Por las calles y las personas de Mercedes Núñez Targa y Ángela Iglesias Rebollar. Por todos y todas las guerreras cuyos nombres se han perdido en la historia de la ciudad.

Porque tiene una estatua de Julio Verne, aunque yo no soporte a Verne.

Por tantos motivos de los que me olvido…

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