Morgan´s

Obedecer por obedecer, así, sin pensar, sólo lo hacen ustedes.

In Actualidad, Política on 20 febrero, 2014 at 17:02

1392373573_129472_1392376207_noticia_normalCon esta maravillosa frase se despedía el médico interpretado por Alex Angulo del capitán Vidal en la fabulosa “El Laberinto del Fauno”. He querido volver a ella en el título de esta entrada porque, aunque no voy a hablar de fascistas -al menos, no en teoría- ni de maquis ni de faunos, me parece que podría ser perfectamente aplicable a lo que ha ocurrido en estas últimas semanas en la frontera de Ceuta.

Reconozco que estoy indignado por todo lo acontecido, desde la actuación de los guardias civiles que “se limitaron a cumplir órdenes” -y de ahí el título de la entrada- hasta la prepotencia de nuevo rico de mi siniestro compatriota Arsenio Fernández de Mesa, sin olvidarnos -¡válgame Dios!- de nuestro devotísimo Ministro del Interior Jorge Fernández Díaz, que no tiene reparo en comparar el derecho al aborto con ETA, pero cuando se trata de las vidas de trece personas inocentes prefiere guardar silencio. O mentir en el Congreso, ya que estamos, ese que requiere 1500 policías a su alrededor cuando los ciudadanos se manifiestan porque “en él reside la Soberanía Nacional”. ¿Qué hacemos, pues, con alguien que miente en tan alta y noble institución? Yo lo tiraría al agua en el Estrecho y le colocaría unas cuantas lanchas de personas disparándole pelotas de goma, para que no se le olvidase en ningún momento dónde está la frontera entre la ciudadanía y la gentuza.

Repasemos la historia: un grupo de inmigrantes intenta llegar a territorio español, huyendo de vaya usted a saber qué en sus países de origen. En un momento de su periplo, para rodear la valla que separa territorio español de territorio marroquí, se hacen al agua. En ese momento, efectivos de la guardia civil forman una línea en la costa y disparan pelotas de goma al agua, cerca de los malhadados inmigrantes. No tenemos muy claro el motivo, y al parecer quien tiene que rendir cuentas, tampoco: primero lo que intentaban era señalar las aguas territoriales españolas -utilísimo cuando uno está en el agua peleando por su vida saber que a pocos metros de distancia podrá ahogarse en aguas de esta nuestra patria-, después resulta que se trataba de una medida de disuasión y, finalmente, resulta que todavía no sabemos bien qué coño motivó que se disparasen pelotas de goma. Lo que sí tenemos muy claro es que, hasta hoy, llevamos trece negros muertos.

Pero no se queda ahí la cosa, qué va… resulta que a los que consiguieron tocar tierra, los guardias civiles los cogieron, los pusieron en fila y, saltándose completamente el procedimiento establecido en la Ley de Extranjería, los retornaron sumariamente, por mucho que esto esté prohibido entre otros documentos de menor rango, por la Convención de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Ni atención, ni trato humanitario, ni posibilidad de formular solicitud de asilo… nada. Toditos en fila y venga, pa´l otro lado de la valla, donde hay fuerzas de seguridad que, según Human Rights Watch, torturan a los inmigrantes. Y después de haberse fumado la legalidad como si fuese un porrito del mejor kifi, el repeinado Fernández de Mesa sale a la palestra a decir que “se querellará contra aquellos que digan que la actuación de la guardia civil fue desproporcionada”.

Venga a querellarse contra mí, so cabrón, que lo escribo aquí y lo hago público: usar material anti disturbios contra personas desarmadas, en una situación en la que hay vidas en juego, es desproporcionado, arbitrario, abusivo, inhumano y asqueroso. Los dos últimos adjetivos también son aplicables a usted y a buena parte del gobierno que le ha puesto donde está… aunque esa es otra historia.

Por si esto fuera poco, aparece entonces el beato Jorge y nos enseña que España no limita al sur con el norte de África, sino que nuestra frontera inferior no es otra que… la guardia civil. De ahí que los miembros de este -llamado- cuerpo de seguridad del Estado formasen una línea para disparar las pelotas de goma: que los inmigrantes supieran dónde estaba la frontera española. ¿Ustedes se imaginan sacarse una oposición para ser guardia civil y que te toque ejercer de frontera? Peligroso no creo que sea, ahora aburrido… aunque bueno, siempre se podrán dedicar a bailar La Yenka -“atrás, atrás, sobretodo si viene gente nadando”- o practicar el tiro al moreno. Y charlar con los guardias fronterizos de Marruecos, que parece ser que son la hostia de majos, pregúntenle a HRW.

Y aquí nadie dimite. Y aquí nadie es cesado.

Lo de siempre.

Pero aquí el que escribe, que siempre ha sido muy de preguntarse el porqué de las cosas, no deja de darle vueltas a qué se pasa por la cabeza de un agente de la guardia civil cuando está disparando pelotas de goma al agua “para disuadir a los inmigrantes” (o para “marcarles las aguas territoriales” o para cualquier otra excusa de las muchas que se han puesto). ¿No es consciente que lo que está en el agua, en una situación precaria y de riesgo para su vida, es un ser humano? ¿No le importa, acaso? ¿Tiene sus órdenes y la obligación de cumplirlas, sin posibilidad de hacer objeción de conciencia -también en la Convención de Derechos Humanos y, sin ir tan lejos, en nuestra Constitución-? ¿Le han calentado tanto la cabeza con su noble función de proteger a la patria que ni siquiera es ya capaz de darse cuenta que la patria es una construcción teórica y el que se está ahogando frente a él es muy real? ¿Justifica cualquier acción, por atroz que sea, el simple hecho de “ser una orden”?

La explicación más veraz, probablemente sea que “un poco de todo”.

Hace unos meses tuve la fortuna de seguir un curso online de Psicología Social impartido por el profesor Scott Plous de la Universidad de Wesleyan. En él, uno de los temas que se trataron fue el famoso experimento de la Universidad de Stanford llevado a cabo por el profesor Phillip Zimbardo en 1971 en el que recreó una cárcel y metió en ella a voluntarios a los que se asignaron roles de recluso o vigilante de manera aleatoria. El experimento tenía una duración prevista de dos semanas. A los seis días, Zimbardo tuvo que cancelarlo: los reclusos mostraban síntomas de estrés y depresión, mientras que los guardianes presentaban unas conductas cada vez mas violentas y denigrantes. De los resultados de ese experimento, Zimbardo enunció una teoría que se ha denominado “Efecto Lucifer”: cualquier persona, sometida a las influencias adecuadas, puede cometer los actos más atroces. Estas influencias varían muchísimo de un individuo a otro, entre otras muchas cuestiones porque los contextos en que el individuo se enfrenta a la influencia no son fijos e inmutables, sino que generalmente son dinámicos. De este modo, lo que llevaría a una persona a socorrer a otra que se está ahogando -impulso natural- se diluye en una serie de influencias externas (las órdenes, la idea de estar protegiendo a tu país, la presión grupal al ver que tus compañeros hacen lo mismo, el miedo a las consecuencias de un desacato, el honor…) que hacen que se despersonalice al individuo que está enfrente hasta que ya no se percibe como un ser humano: es otra cosa, un algo neutro o, en el peor de los casos, un enemigo. Alcanzado ese punto, las consecuencias son bien conocidas: 13 cadáveres y contando.

Sea como fuere, Efecto Lucifer o no, es imperativo que se esclarezca este asunto, que presten declaración los guardias civiles que estuvieran de guardia la noche de autos y que dicha declaración vaya seguida de una cascada de dimisiones en cadena, empezando en el vomitivo Arsenio y siguiendo, si Dios quiere, por el beato San Jorge.

Y quizá, de paso, alguien se acuerde que tenemos un continente al sur en el que la gente se juega la vida para escapar de él, de su miseria y su pobreza. Mientras tanto, grandes empresas hacen enormes negocios en él y una pandilla de chupatintas se hacen de oro, mientras todos los demás miramos hacia otro lado.

Hasta que un día vengan a por nosotros… y no quede nadie para ayudarnos.

 

(La imagen que acompaña a la entrada está cogida de la web de EL PAIS y, pinchando en ella, accederéis a una noticia que reconstruye los lamentables hechos de Ceuta).

 

  1. Ese experimento fué revelador.Lo q más me impresionó fué q cualquiera podía abandonar el experimento en cúanto quisiera,incluso los q hacían de presos,y no lo hacían.Permitían humillaciones contínuas y no se atrevían a decir basta.Si te interesa leer el experimento completo te busco el libro : “El efecto Lucifer :El porqué de la maldad”, anda por casa🙂

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