Morgan´s

El hombre del piano.

In Relato on 27 diciembre, 2013 at 17:22

tgDSCN6806Lo primero que vio cuando tomó conciencia de sí mismo fue un vaso de Jack Daniel´s casi vacío en el que una piedra de hielo, aburrida, se derretía al calor del bourbon porque no tenía nada mejor que hacer. Sus ojos, calculó, estaban a la misma altura que el vaso, lo que le resultó desconcertante. Buscando un punto de referencia, fijó la vista en el espacio que se abría tras la copa, pero no ayudó demasiado: lo único que veía era un trozo de pared revestido en madera del que colgaban fotografías en blanco y negro enmarcadas. Las caras que le sonreían desde los cuadros no le resultaban familiares. Reparó entonces en que sentía una cierta presión sobre el lado izquierdo de la cara, así que supuso que estaba apoyado sobre algo e hizo lo más lógico: incorporarse. Las cervicales le crujieron varias veces hasta que consiguió estirarse de todo.

Cuando hubo recuperado la verticalidad, miró a su alrededor buscando algo que le ayudara a ubicarse. Una barra, unos taburetes, un hombre tras la barra de espaldas a él y botellas de diferentes tipos de licores distribuidas en varios estantes esparcidos de forma asimétrica sobre una pared cubierta por un espejo de cristal ahumado. No había duda: estaba en un bar. Ya sólo necesitaba saber cómo había llegado hasta allí.

Le dolía la cabeza. No podría decir si el dolor estaba relacionado con la posición en la que se encontraba hasta hacía unos segundos o, por el contrario, tenía más relación con el bourbon que faltaba en la copa. No recordaba haber pedido nada, pero esto no significaba gran cosa, pues tampoco recordaba haber salido de casa y, aún menos, haber llegado a aquel bar.

Se giró en el taburete y echó un vistazo al local. Era un rectángulo perfecto de unos sesenta metros cuadrados. La puerta principal, de madera maciza y doble hoja, se encontraba en la pared opuesta a la barra, flanqueada por dos ventanales de buen tamaño que habían sido cegados con vinilos traslúcidos que le permitieron saber que en el exterior estaba oscuro, aunque no le dieron ninguna información adicional. Los muros laterales carecían de ventanas. El revestimiento de madera en que se había fijado al volver en sí se extendía sólo hasta la mitad de la pared, donde dibujaba una escalera que descendía poco a poco cuanto más se acercaba a la entrada. Una tela verde que le recordó a un tapete de póker tomaba el relevo de la madera donde esta se escalonaba cubriendo el trozo restante de pared y enmarcando también la puerta principal y los ventanales. El suelo era de madera clara y había sido barnizado, probablemente para protegerlo del desgaste y los posibles accidentes. Diez mesas cuadradas de madera oscura, cada una de ellas acompañada de cuatro sillas anodinas salpicaban la sala, como pequeños archipiélagos en un mar de parquet. En algunas de ellas, náufragos solitarios se aferraban a sus bebidas como si estas fueran tablas de salvación, mientras una joven bastante atractiva, a la que identificó como la camarera, saltaba de una isla a otra llevando ayuda humanitaria en vasos de cristal con poco hielo.

Siguió a la chica con la vista durante unos instantes, hipnotizado por la elegancia de sus movimientos. La luz mortecina que ambientaba el bar, aunque creaba una atmósfera muy íntima y muy agradable, no le permitía ver la cara de la joven, así que su imaginación dibujó una que acompañase al delicioso cuerpo que intuía bajo el uniforme. La muchacha terminó su recorrido por las mesas y se encaminó hacia la barra, por el extremo más lejano a donde se encontraba él.

Fue entonces cuando reparó en el piano. Era un antiguo piano de pared, de color marrón oscuro y diseño sobrio, sin adornos ni florituras. Por su aspecto parecía bastante antiguo, aunque brillaba como si hubiera sido desembalado el día anterior. Frente al piano, una banqueta regulable en altura daba asiento a un hombre de espaldas anchas y pelo blanco y escaso que acariciaba las teclas con maestría. Sobre el piano descansaba una copa de cristal, de esas que llamaban de balón, aquejada de gigantismo. En su interior pudo ver algunos billetes y monedas, lo que le hizo suponer que el pianista aceptaba de buen grado las propinas que los clientes quisieran dejarle si disfrutaban de su actuación.

“La verdad es que toca como Dios”, se dijo. Una melancolía sutil, una especie de tristeza congénita, empapaba cada nota que el hombre extraía de las marfileñas teclas e iba impregnando el ambiente hasta que, casi inaudible, se apagaba sin dejar más rastro que una pequeña gota de añoranza en los oídos de los presentes.

Se concentró en la música por un rato. El hombre del piano concluyó el tema que estaba interpretando y acometió otro, que el camarero recibió con un suave aplauso y un leve asentimiento de satisfacción. Al igual que le había ocurrido antes, estaba completamente seguro de conocer la melodía, pero no conseguía recordar ni el título ni la letra. Miró de nuevo hacia el vaso de Jack Daniel´s que le había dado la bienvenida cuando volvió en sí, como si esperase encontrar una respuesta en él. No fue así, más bien al contrario: al volver a mirar la copa, se preguntó si era suya. Lo que había dentro era Jack Daniel´s, que era lo que él solía beber, el problema era que no recordaba haber llegado hasta aquel bar y, menos aún, haberse pedido una copa. Tampoco sabía qué día era, ni la hora, y no pudo evitar preguntarse qué clase de sitio era aquel en el que un hombre estaba inconsciente sobre la barra y a nadie le parecía extraño.

Hizo un gesto en dirección a la camarera, que volvía a su puesto tras la barra. Ella lo vió y le devolvió el saludo, rodeó el extremo de la barra y, tras posar la bandeja, se encaminó hacia él. Cuando estuvo lo bastante cerca para poder distinguir bien su cara, se dio cuenta que se había quedado bastante corto en sus expectativas: la chica era muchísimo más guapa de lo que él la había pintado. Las facciones suaves de su rostro alargado, combinadas con la frondosa mata de pelo negro que llevaba recogida en una larga coleta le daban el aspecto de ser poco más de una niña. Cuando su boca pequeña se convirtió en una preciosa sonrisa que prácticamente lo deslumbró, le pareció que el día mejoraba.

– Bienvenido de nuevo al mundo de los vivos -dijo con tono jocoso y despreocupado.

– Gracias, supongo… oye, esto quizá te suene un poco raro pero… ¿sabrías decirme dónde estoy? ¿o qué día es? -hizo una pausa; no quería sonar demasiado desesperado- o algo…

La camarera lo miró con una expresión a medio camino entre compasiva y divertida.

– Estás en un bar, sentado en la barra. Te acabas de tomar una copa de bourbon con hielo. El día… espera que piense… sábado… sábado diecisiete de enero, sí.

No era gran cosa, pero era más de lo que tenía antes. Le sorprendió la expresión divertida de la camarera. Lo más probable -pensó- es que para ella no fuese más que otro borracho o aprendiz de borracho al que el exceso de alcohol estaba jugando una mala pasada. Ella no parecía sorprendida por ninguna de sus preguntas, lo que le hizo suponer que no era la primera vez que veía un caso como el suyo. La verdad es que le molestaba un poco el tono desenfadado de la chica, que parecía no tomarse muy en serio su problema. Pese a todo, una voz burlona en el fondo de su consciencia le preguntaba una y otra vez “¿qué harías tú en su lugar?”. Su respuesta, la única que le pareció lógica, fue “quizá lo mismo”, por lo que sonrió a la muchacha.

– No, no me refería a eso… simpática -arrastró un poco la última palabra, como dando a entender que no estaba de humor para bromas-, sé que estoy en un bar. Lo que no sé es cómo he llegado aquí… ni dónde es “aquí”, ya que estamos…

La camarera seguía mirándolo con su expresión divertida, aunque ahora se la veía más llena de compasión y menos de ironía.

– Pues a ver… a tu primera pregunta, la respuesta no la sé. La mayoría de la gente que llega a este lugar lo hace por sí misma. A otros los traen. Algunos, por suerte o por desgracia, están aquí desde siempre -señaló con un movimiento leve de cabeza hacia una de las mesas que él la había visto servir minutos antes-. Otros aparecen un día y desaparecen igual de rápido… tenemos de todo. En tu caso, hasta donde yo sé, has llegado por ti mismo. Aunque claro, también te pueden haber traído.

– Me he quedado como estaba.

La camarera se rió tímidamente y, de nuevo, el bar pareció iluminarse con el brillo perfecto de sus dientes. Era preciosa. Si no hubiera estado tan agobiado por la situación, probablemente habría flirteado con ella.

– Ya, pues ya verás cuando te conteste a la otra pregunta -dijo mientras un hilo de afectación empañaba su tono gracioso-, no estás en ninguna parte, porque este bar, en realidad, no existe.

Se miraron durante unos segundos. En el rostro de ella se dibujaba la expectación, la curiosidad por ver la reacción del hombre que tenía delante. En el de él nada, ni una reacción, por mínima que fuera. Si acaso traslucía alguna emoción esta era la seriedad.

– ¿Te parece gracioso? -preguntó pasados unos momentos.

– No, gracioso no es. Pero es cierto.

– Ajá -respondió el hombre con frialdad-. Mira guapa, no sé si te crees muy lista o si este rollo de reirte de los clientes te funciona bien de cara a las propinas, pero de mí no se cachondea nadie, y menos en esta situación. Haz el favor de avisar a tu jefe, a ver si a él le hace gracia.

– Vale -dijo la chica.

Y sin mediar palabra se dio la vuelta y se fue en dirección al hombre tras la barra. Hablaron en voz baja unos segundos. El desconcertado -y ahora también algo molesto- cliente intentó oír lo que comentaban, pero la música del pianista llenaba todo el local, haciendo imposible captar cualquier conversación en la que uno no fuese interlocutor. Al cabo de unos instantes, el jefe se acercó a él.

– Buenas noches, caballero. ¿Algún problema?

– Sí, la actitud de su empleada, principalmente.

– Entiendo. – El tono de su voz indicaba que no era la primera vez que tenía esta conversación.

– No, no creo que lo haga, pero déjeme que le explique: hace unos minutos me he despertado aquí. No sé dónde estoy, no sé qué día es, ni la hora y no tengo la más mínima idea de cómo coño he llegado a su bar…

– Si me permite… -interrumpió el barman-

– No, no le permito. Déjeme acabar.  -el enfado del cliente era cada vez mayor y se reflejaba en el volumen de su voz-

– Disculpe, continúe… – El camarero sacó un paquete de tabaco de su bolsillo y ofreció un cigarrillo a su interlocutor- ¿Fuma usted?

El hombre lo miró con extrañeza. Sabía que el gesto del camarero no tenía otra finalidad que la de tranquilizarlo y romper la creciente tensión, pero le llamó la atención la naturalidad con la que lo había hecho. Consciente que había perdido la iniciativa del combate verbal, aceptó el ofrecimiento.

– Creía que desde la ley antitabaco no se podía fumar en los bares -dijo mientras se llevaba el cigarrillo a los labios y le daba una larga calada.

– Sí, bueno… -comenzó el camarero mientras encendía el cigarrillo al otro hombre, que se sorprendió por la velocidad casi coreográfica de sus movimientos- la verdad es que aquí tenemos nuestras propias leyes.

– Bien por ustedes. -dijo el hombre mientras expulsaba el humo del tabaco por la nariz. Había empezado a tranquilizarse.

El camarero encendió su propio cigarro y levantó una mano en gesto de saludo a alguien.

– ¡Hola Paul! -exclamó en un tono demasiado bajo para ser audible desde muy lejos.

El cliente se giró para ver a cuál de los otros clientes se dirigía el barman. Al hacerlo tuvo la sensación de que había más gente en el bar que antes.  Le resultó extraño, pues no había oído abrirse la puerta ni tampoco había sentido en ningún momento la corriente de aire que necesariamente se tenía que haber colado desde el exterior con cada persona que entrase.

La voz del barman interrumpió sus pensamientos.

– Bueno, y ahora que ya nos hemos tranquilizado un poco… ¿qué me estaba diciendo? -preguntó con una suave sonrisa.

El tipo tenía saber hacer, eso no se le podía negar.

– Sí, verá…

– De tú, por favor. Tráteme de tú. Me llamo Juan, por cierto. – dijo mientras le tendía la mano.

– Encantado, Juan. Yo soy Samuel -respondió él mientras estrechaba la mano del barman-. Le decía… te decía que me he despertado aquí, bastante descolocado y tu empleada se ha dedicado a reírse de mí. Quizá he sido un poco agresivo con ella, pero es que joder…

– Claro, claro… no hace falta que digas más, veo por donde vas. Verás, Samuel… el caso es que Sara, la camarera, no se ha reído de ti. Todo lo que te ha dicho es cierto.

La cara de Samuel se crispó casi al instante.

– En este bar sois todos cachondísimos, de verdad. -dijo sin el menor rastro de humor en su voz.

– Gracias, hacemos lo que podemos… -replicó Juan con un sarcasmo contenido- pero es así. Este bar no está en ningún sitio y, probablemente, nunca lo haya estado. Aquí siempre es sábado, siempre es diecisiete de Enero y siempre son las nueve de la noche. Guille siempre está sentado al piano y Sara y yo hemos regentado el local desde siempre. Para serte sincero, Samuel, no estoy muy seguro de que Sara y yo existamos en realidad. Al otro lado de esas puertas -dijo señalando con un movimiento de cabeza hacia la entrada- no hay nada, tan sólo oscuridad, caos y vacío, todo ello mezclado con las cosas que tú traigas dentro.

Hizo una pausa y escrutó la cara de Samuel. Era algo a medio camino entre la indignación y la incredulidad, con más carga de lo primero. La vena que recorría su angulosa frente desde el frontal hasta la sien aparecía hinchada y palpitaba de manera notable. Los músculos de sus brazos, que no eran demasiado prominentes, se intuían en tensión bajo su camisa blanca. Sus ojos, negros como el futuro de un país pobre, se habían ido entornando poco a poco. Juan no necesitaba ser un gran intérprete de lenguaje corporal para intuir lo que estaba a punto de ocurrir y Samuel no defraudó a su anfitrión. Dió un puñetazo en la mesa y, sin apartar la mirada de los ojos del barman, se puso en pié de un salto. Al hacerlo, la mano que había dado el puñetazo -y que mañana le dolería, aunque ahora mismo la adrenalina no le permitiera saberlo- chocó con el vaso de bourbon que había estado bebiendo y lo desparramó por la barra, al tiempo que empezaba a gritar.

– ¡No tiene gracia, joder! ¡No tiene ninguna gracia! ¡Iros todos a la mierda! ¡Me largo de este bar de locos!

– Samuel, por favor -la voz de Juan parecía mucho más suave tras los gritos del enfurecido visitante- no salgas ahí fuera. No hay nada sensato…

Pero Samuel no estaba por la labor de escuchar. Se llevó la mano al bolsillo, buscando la cartera. No estaba donde solía tenerla. Se palpó el resto de los bolsillos: los dos frontales del pantalón, los traseros, el frontal de la camisa… nada.

– Bueno… como este bar no existe, no te importará que me vaya sin pagarte -escupió las palabras con rabia en dirección a Juan, que lo miraba con expresión lastimera.

– Samuel… por favor… no te vayas. No te preocupes por el dinero, aquí nadie paga… pero no salgas, hazme caso. Te puedo demostrar que lo que digo es cierto.

– ¡Vete a la mierda! -fue la respuesta del enfadado cliente, que ya se encaminaba hacia la puerta a grandes pasos.

Sara se interpuso en su camino. A Samuel le pareció mucho más bajita que antes. Ella le dijo algo, aunque él no llegó a saber muy bien el qué: estaba demasiado ocupado pensando en salir de aquel local lleno de locos y encontrar una forma de volver a casa. Apartó a la camarera a un lado sin esfuerzo y sin siquiera mirarla. Cuando ya casi estaba en la puerta y se disponía a abrirla, echó un último vistazo al interior del bar. Fue entonces cuando reparó en dos detalles que le resultaron extraños: el primero, que Guille no había dejado de tocar el piano. En otras circunstancias le hubiera hecho gracia, le habría recordado a los westerns clásicos en los que, por grande que fuera la bronca que se armaba en la cantina, el pianista sólo dejaba de tocar si le disparaban. Incluso en medio de su gran cabreo tenía que admirar la profesionalidad del músico; el segundo detalle que le llamó la atención es que ninguno de los clientes del bar -que, por cierto, cada vez parecían más numerosos- reaccionó a lo que estaba ocurriendo. Samuel sabía que había montado un buen espectáculo y lo normal sería que más de la mitad de la gente del bar, sino todos, estuvieran mirándolo con atención.

Pero no era así. Guille tocaba el piano, dos hombres se habían acercado a la barra y parecían hablar entre ellos, a poca distancia del sitio donde él había estado sentado. En las mesas más cercanas a la entrada los clientes hablaban unos con otros. Salvo por Juan y Sara, que no le quitaban la vista de encima, nadie más parecía haber notado el escándalo. Aquella situación extraña lo incomodó aún más -si es que era posible- y, desesperado por salir de allí, abrió la puerta de golpe y se precipitó al exterior. Lo último que oyó antes de salir fue la voz de Sara que le pedía que diera la vuelta con un deje de derrota que, por supuesto, ignoró.

Nada más sentir cómo se cerraba la puerta tras él se sintió aliviado. Las locuras de Juan y Sara le habían causado una sensación de pesadez que no había sido capaz de valorar hasta ahora que la sentía desaparecer. En el exterior había caído la oscuridad y el aire era frío.

Samuel se encontró en medio de una calle desierta. Frente a él, al otro lado de la calzada, unas grandes puertas de metal, abiertas, invitaban a entrar a un parque en el que abundaban árboles altos y frondosos que no supo reconocer. En medio de ellos, como desafiando a la naturaleza, se erguía una iglesia gótica de tamaño mediano. Lo único que se alcanzaba a distinguir entre aquella oscuridad era las formas de los pináculos señalando acusadoramente al cielo y la torre del campanario presidida por un gran reloj circular con las horas en caracteres romanos, que se asomaba con valentía entre las copas de los árboles. El reloj marcaba las nueve de la noche. En el cielo no se veía ni una sola estrella, ni tan siquiera la luna. Cruzó la calle en dirección al parque y atravesó las gigantescas puertas, que le parecieron incluso más grandes una vez dentro. Dudó si adentrarse más: la calle no tenía demasiada luz, pero esta desaparecía por completo en medio de la alta vegetación. Vio un camino que -supuso- llevaba a la iglesia y se le ocurrió que quizá allí encontraría a alguien que le dijera de una puñetera vez dónde estaba. La idea de caminar por aquel parque a ciegas no le hacía gracia, sobre todo por la molesta sensación de estar siendo observando que se había adueñado de él desde que había cruzado las puertas. Se adentró apenas unos metros más, hasta donde permitía ver la tenue luz que llegaba de las farolas de la calle. ¿Era música lo que oía? Se paró en seco y aguzó el oído. Sí, no cabía duda, era un piano. Casi de forma instintiva miró por encima de su hombro hacia la puerta del bar. La distancia era grande, así que le pareció improbable que la música viniese de allí; sin embargo, juraría que era el pianista del bar el que tocaba aquella melodía que, como antes, le resultaba familiar aunque no lograse reconocerla.

Dio un par de pasos más y se adentró en la parte oscura del parque. Aunque sus ojos habían empezado a habituarse a la falta de luz, su visión no era lo bastante aguda para distinguir nada más que sombras y bultos apenas perfilados. Tropezó un par de veces sin llegar a caerse. La distancia hasta la iglesia no parecía reducirse y, al mirar atrás, ya no era capaz de ver las puertas que daban acceso al parque. Estaba solo en medio de aquella oscuridad y la sensación de estar siendo observado iba en aumento.Siguió caminando. Cinco minutos después, la iglesia seguía a la misma distancia y Samuel oía ruidos por todas partes. Empezó a agobiarse y, tras caminar un minuto más sin resultados, decidió salir de allí tan rápido como pudiera, alejarse de aquel parque sin sentido, aquella iglesia a distancia constante y aquella sensación de estar siendo observado que iba in crescendo. Corrió tan rápido como le permitieron las piernas, así que supuso que no tardaría demasiado en volver a verse en la calle; Al cabo de un par de minutos, a lo lejos, vio de nuevo las puertas metálicas. Parecían  mucho más lejanas que antes. Se forzó a subir la intensidad de la carrera: no quería permanecer en aquel lugar ni un minuto más de lo necesario. Corrió y corrió, pero las puertas apenas se acercaban. Veinte minutos después por fin las cruzó y, fuera del parque, incluso la mortecina luz de las farolas le pareció reconfortante. Se apoyó en una de ellas y recuperó el aliento. La calle a su alrededor seguía completamente desierta. Levantó la vista hacia el reloj de la torre: seguía marcando las nueve.

Valoró la idea de volver al bar, pero la descartó casi al momento. Lo que tenía que hacer era averiguar dónde estaba y volver a su casa. El bar de los locos no iba a poder ayudarlo en ninguna de aquellas tareas.

Se dirigió a lo que supuso que era el oeste, cuidándose bien de no acercarse al parque para nada. Desde que lo había abandonado, la sensación de estar siendo observado había desaparecido. La música de un piano, en cambio, seguía sonando en la distancia.

Llevaría unos dos o tres minutos caminando cuando se encontró en un cruce: la calle por la que caminaba se cortaba con una larga avenida que trazaba una línea recta perfecta durante lo que a su juicio podrían ser kilómetros y que se perdía de vista cercana ya al horizonte. Dos carriles de circulación en cada sentido conformaban la parte central de la misma, mientras que su tramo exterior se encontraba flanqueado por unas amplísimas aceras al otro lado de las cuales crecían edificios de todo tipo: algunos eran bajitos y parecían intentar pasar desapercibidos al lado de sus gigantescos hermanos que taladraban el cielo al erguirse desafiantes, como si el dominio de los dioses los hubiera retado a un duelo a espada y los mastodontes de hormigón acabasen de ensartar el pecho negro de aquel cielo demente de dioses locos que osaban cuestionar el poder de la ingeniería humana. Unas farolas retorcidas sin sentido sobre su eje central flanqueaban la avenida dando menos luz de la necesaria para iluminar toda la amplitud de la arteria urbana. No se veían señales ni indicadores de dirección, al menos hasta donde le alcanzaba la vista. Tampoco se veía el más mínimo rastro de vida y, si no fuera porque el aspecto de los edificios era bastante bueno, la ciudad o pueblo en que se encontraba podría haber pasado por deshabitada.

Mirando a todas partes se puso a caminar por la infinita avenida. Tenía la esperanza de encontrar antes o después un cartel o persona que le pudiera dar indicaciones. Diez minutos después, esa esperanza empezaba a desvanecerse y la intranquilidad iba en aumento. No dejaba de escuchar el piano de Guille a lo lejos, como si le llegase desde el otro lado de un cristal oscuro e invisible. Algo no era normal en aquella ciudad: las nueve de la noche no era lo bastante tarde para que una calle como aquella apareciera totalmente desierta; tampoco le parecía normal -y por tanto, le inquietaba- que no hubiera luces en los edificios, ni en los portales, ni en las ventanas de los pisos ni en los bajos comerciales. A todos los efectos, era el único ser humano que transitaba por allí. La voz interior, que antes le había hablado en tono burlón y ahora sonaba nerviosa, empezó a gritarle que a lo mejor los del bar no estaban tan locos y debería volver allí lo antes posible: si en la ciudad ocurría algo que se exteriorizaba en no haber vida aparente, quizá lo mejor era abandonar la calle y resguardarse en el único sitio que, hasta donde sabía, era seguro. Como buen hombre del siglo XXI, Samuel la ignoró y siguió caminando.

Acababa de llegar a un nuevo cruce de calles cuando el sonido grave y profundo de una bocina de barco rompió el silencio de la noche. Las calles vacías hicieron las veces de amplificador, y una cacofonía de ecos se unió al sonido principal formando un coro de tenores absurdo y desafinado. A los pocos segundos sonó de nuevo, sólo que esta vez parecía mucho más cerca que antes. Un tercer bocinazo, indudablemente más cercano que los anteriores, los siguió a los pocos segundos. “Bueno, al menos ya sé que estoy en un sitio con mar”, se dijo Samuel. A estas alturas buscaba el lado bueno de casi cualquier cosa.

Se giró hacia la dirección desde la que creía que venía el sonido. Los ojos se le abrieron como platos y estuvo a punto de caerse al suelo. Se frotó la vista con las manos, convencido de que lo que se aparecía ante él no podía ser real; sencillamente, no era posible.

Calle arriba, por la avenida, navegaba tranquilo un pequeño pesquero de unos nueve metros de eslora y unos tres de manga. Se trataba de una embarcación desgastada y muy humilde, que no podía utilizarse para otro tipo de pesca que no fuese la artesana y tradicional. En el centro de su cubierta se levantaba una pequeña cabina acristalada con el techo pintado de blanco, a juego con la línea transversal que decoraba el casco del buque y marcaba la línea de flotación. En el interior de la cabina, un hombre de aspecto rudo se aferraba a lo que, desde su posición, parecía un timón.

“No sé qué te has metido esta noche, macho, pero te ha sentado fatal”. La voz jodona había recuperado el sentido del sarcasmo… ¿o era miedo maquillado? Samuel no lo sabía y tenía cosas mejores en las que pensar en ese momento.

Sin apartar la vista del barco que navegaba por la avenida, se encaminó hacia él. Fue lo bastante previsor para mantener la distancia suficiente para que nada ni nadie pudiera salir repentinamente del navío y alcanzarlo. Que una embarcación estuviera navegando por el asfalto era algo lo bastante raro para que su instinto de conservación lo invitara a mantener una distancia prudencial. Cuando se encontró a la altura de la proa del barco pudo ver que el asfalto se convertía en agua alrededor del casco, permitiéndole avanzar. Miró hacia la popa y pudo ver que por la parte trasera del buque el asfalto volvía a solidificarse cuando el agua ya no era necesaria. “Estás soñando”, se dijo. No había otra explicación. Pese a todo, los músculos del cuerpo no le respondían: se había quedado bloqueado, estático en mitad de aquella calle sin nombre ni señales. “Despierta”, gritaba el inquilino en su cabeza. “Despiértate de una puñetera vez, joder”… pero nada ocurría salvo el monótono avance del barco por el asfalto. El hombre tras el timón reparó entonces en su presencia y sujetándolo con una mano, levantó la otra en gesto de saludo hacia Samuel. Sin saber qué otra cosa hacer, le devolvió el saludo. El capitán hizo algunas operaciones que no pudo ver y el pesquero empezó a reducir su velocidad hasta que se detuvo en medio de la avenida, dejando al desconcertado viandante a la altura de la aleta de estribor. Cuando la nave estuvo completamente detenida, el capitán se dirigió a la barandilla y se apoyó en un candelero, al tiempo que repetía el gesto con la mano.

– ¡Ah de tierra! -gritó con voz ronca aunque casi melódica, al tiempo que su cara pintaba una sonrisa.

– ¡Ah del barco! -respondió Samuel. Al momento le pareció que su respuesta había sido estúpida. Repitió el saludo, pero no logró quitarse la sensación de estupidez.

–  ¿Qué hace aquí tan solo, forastero? ¿Se ha perdido? -preguntó el capitán mientras rebuscaba en el bolsillo de su abrigo y sacaba una pipa de madera y una bolsita de tabaco.

– Bu… buenas noches, capitán -empezó Samuel-. Eso parece, sí. Y a juzgar por lo que veo -dijo señalando al barco- usted también.

– ¿Yo? -se sorprendió el capitán mientras terminaba de rellenar la pipa y guardaba de nuevo la bolsa de tabaco- no, no… para nada, yo sé perfectamente dónde estoy. No puedo irme a otro sitio, ya me entiende -dijo señalando con el pulgar hacia atrás, sobre su hombro izquierdo, a las banderas que lucía el asta.

Samuel miró a las banderas. Una de ellas era la de los Estados Unidos, esa la reconoció con facilidad. La otra, un dibujo muy sencillo de un pino verde con cuatro ramas por cada lado y un ancla azul cruzada por detrás, no supo reconocerla.

– Lo siento -gritó- no reconozco la segunda bandera.

El capitán soltó una grave carcajada mientras encendía con una cerilla la pipa.

– No me extraña, hijo. Salvo los de allí, pocos somos los que conocemos esa bandera. Pertenece al estado de Maine.

– ¿Maine de Nueva Inglaterra? -preguntó Samuel sorprendido.

– ¿Conoce usted algún otro?

Pensó unos segundos… no, ninguno.

– Supongo que no… capitán… está usted navegando por una calle, supongo que lo sabe…

– Sí, claro que lo sé… ¿por qué lo dice?

– Los barcos no navegan por tierra.

– No, es cierto. No lo hacen. Muchacho… ya habrá usted comprobado que este no es un sitio normal… pero dígame, cómo ha llegado usted hasta aquí? -hizo una pausa de un par de segundos- deje, no me lo diga… viene usted del bar de John, verdad?

“Cojonudo -pensó Samuel- el capitán del barco que navega por el asfalto conoce al dueño del bar de los locos… bien mirado, no sé por qué me sorprendo”.

– Sí, del bar de Juan, correcto.

– Pues hágame caso, hijo, y vuelva allí lo antes posible. Este no es lugar para usted. Ha tenido suerte de cruzarse conmigo, pero no todos los habitantes de este sitio son como yo…

– ¿Ah no? ¿No navegan por el asfalto en un pesquero? -Samuel no sabía de dónde coño había salido ese ramalazo de ironía, porque lo único que le estaba pidiendo el cuerpo era echar a correr otra vez, como si el diablo le fuese a la zaga.

– John no le ha dicho qué hay aquí?

Samuel hizo memoria. Sabía que sí, que Juan le había dicho algo… ¿pero qué era? Se concentró en recordar la conversación con el barman. Las palabras vinieron a su mente tras unos segundos y una sonrisa, la primera que había esbozado en bastante tiempo, se asomó a su rostro al tiempo que recitaba:

– “Vacío, caos y lo que quiera que traigas dentro”. Eso es lo que me dijo.

– Y es todo lo que encontrarás, hijo.

– Hasta donde yo sé, no traigo barcos dentro de mí, capitán. Ni a usted, para qué engañarnos. No le negaré que he pasado un mal rato en el parque de ahí atrás, pero salvo eso, no he visto nada que me haga suponer que corro peligro. A usted se le ve bastante bien y su barco… su -leyó el nombre pintado sobre la matrícula del barco- Alexa también parece bastante sana…

– No se confunda, joven. Nosotros pertenecemos a este lugar. Usted no. Y este sitio puede ser peligroso para quien no pertenece a él. Créame, las cosas pueden ponerse feas mucho más aprisa de lo que piensa, y desde aquí hasta el bar de John aún tiene usted un buen trecho… -el capitán se había puesto muy serio y a Samuel el repentino cambio hizo que se le helase la sangre. De la voz jodona hacía rato que no se sabía nada.

– No sé si Juan me recibirá de buena gana después del espectáculo, la verdad… y yo lo único que quiero es salir de aquí -respondió Samuel en un tono que pareció un gemido.

– John es un buen tipo, le recibirá bien. En cuanto a ese parque… yo si fuera usted me mantendría alejado de él. Nunca ha dado nada bueno -en la cara del capitán apareció un rastro de miedo-.  En fin, hijo… me place mucho su compañía, pero tengo que encontrar pescado, ya sabe… facturas que pagar e hijos que necesitan ropa…

Samuel sonrió. Le caía bien aquel hombre ficticio.

– Samuel, capitán, me llamo Samuel.

– Encantado, Samuel. Le diría mi nombre, hijo, pero no lo recuerdo. Quizá nunca lo he tenido… en fin, puedo hacer algo por usted antes de que nos despidamos?

– No, creo que nada… bueno… supongo que no tendrá un cigarro, ¿verdad? Me vendría bien un pitillo para tranquilizarme un poco.

El capitán extendió la mano  con la palma hacia arriba. De la nada, una cajetilla de tabaco se materializó sobre ella. Samuel, cuyo cerebro estaba teniendo serias dificultades para procesar toda la información absurda que estaba recibiendo, dio un paso atrás, mitad sorprendido mitad asustado.

– ¿Fuego necesita?

– S… sí… sí, por favor.

El capitán echó la mano a su bolsillo y sacó de él un sobrecito de cerillas. Lanzó el paquete de tabaco en dirección a Samuel y a continuación lanzó las cerillas. Samuel recogió ambos bultos del suelo y dio las gracias nuevamente al capitán mientras sacaba un cigarrillo de la cajetilla y se lo llevaba a los labios.

– Muchas gracias, capitán. Espero que vaya bien la pesca.

– Gracias a usted por la charla, hijo. Espero que llegue bien al bar de John. Y espero que sea lo que sea lo que lo ha traído aquí esta noche, se solucione pronto. Farewell!

El capitán volvió a su cabina y, tras hacer sonar la bocina del Alexa un par de veces, reemprendió la marcha. Samuel arrancó una cerilla del sobrecillo y la rascó contra la banda de fósforo. Tuvo que repetir la operación un par de veces antes de lograr encenderla. Aspiró el humo y lo expulsó mientras observaba al capitán alejarse avenida arriba en su barco. El veterano lobo de mar se giró una última vez hacia él y, levantando el brazo hasta media altura, se llevó los dedos índice y corazón a la visera de su gorra de marino. Samuel le devolvió el saludo antes de dar media vuelta y empezar a desandar el camino en dirección al bar. La insistencia del pescador en que aquel no era un buen lugar para extraños, por algún motivo, le había resultado más aterradora que el comentario previo de Juan, la música que no venía de ninguna parte o aquel parque tenebroso, por lo que apuró el paso todo lo que pudo.

Estaba a punto de llegar a la esquina de la gran avenida con la calle en que se encontraba el bar de Juan cuando vio a una mujer sola de pie bajo una de las incongruentes farolas. Se acercó a ella poco a poco, con precaución. Vestía muy humilde, con unos pantalones vaqueros rotos en varios sitios y muy desgastados. En los bajos, los hilos del denim colgaban hasta casi tocar el suelo por el lateral de los zapatos amarillos de tacón exagerado que calzaba la desconocida. Samuel siguió acercándose y mapeando a la mujer: una camiseta de los Ramones cubría su torso y, sobre esta, un abrigo de felpa que alguna vez había imitado la piel de un leopardo antes de haber perdido la mayor parte de su color. La mujer estaba de espaldas a él, mirando hacia la otra calle, como si esperase algo. No fue hasta que Samuel llegó a su altura cuando se giró y lo vio. A Samuel se le cortó la respiración y se atragantó con el humo del cigarrillo que se le escapó de entre los dedos y fue a estrellarse contra el suelo.

– Ma… m… ¿Mamá?

La mujer se había pintado la cara de un blanco muy fuerte que contrastaba con el rojo feroz que había elegido como barra de labios y el morado que rodeaba su ojo izquierdo. Dos surcos en la pintura blanca nacían a la altura de los ojos y descendían por sus mejillas hasta volverse casi imperceptibles a la altura del mentón. La nariz estaba rota y un trozo de hueso asomaba a la altura del puente. Entre las fosas nasales y el labio superior una costra roja y reseca sobre la que resbalaba sangre más fresca le daba un aspecto terrible y grotesco, que se multiplicó cuando pareció reconocer a su hijo y una inmensa tristeza se asomó a sus ojos. Samuel, sin poder contener las lágrimas, salió corriendo en dirección a ella con los brazos extendidos. Cuando estaba a punto de tocarla, su madre se desvaneció en el aire, dejándolo en medio de aquella calle desierta, sin más luz que la de las farolas y sin más compañía que la de los cientos de preguntas que acudían a su mente.

– ¿Mamá? -sollozó- ¡¿Mamá?!

Pero su madre no estaba allí, y cuando el eco de su voz dejó de retumbar por las calles vacías, lo único que quedó fue, una vez más, el lejano sonido de un piano.

Roto por la imagen de pesadilla que acababa de ver, Samuel hizo acopio de toda la fuerza que le quedaba y corrió en dirección al bar. Ya no le parecía tan mal sitio para estar después del absurdo que aquella ciudad demente había pintado para él. Las frases de Juan y del hombre del barco ya no le parecían tan carentes de sentido y, mientras corría, no dejaba de pensar en las miles de excusas que pediría a Juan y a Sara, especialmente a Sara, cuando los viera de nuevo.

Acababa de llegar a la altura de la verja que delimitaba el parque. La puerta del bar se veía a unas pocas decenas de metros. Apretó el paso aún más. Se encontraba a la puerta del bar, a punto de abrirla, cuando un golpe seco y contundente en la nuca lo derribó contra la entrada e hizo que se le clavase en el pecho el tirador, lo que lo dejó casi sin aire. Bocabajo en el suelo, boqueando y desconcertado, intentó girarse para ver qué o quién lo había golpeado. Un nuevo golpe, esta vez sobre el costado izquierdo, hizo que un calambre de dolor romo le recorriese todo el brazo y parte de la caja torácica. Pese a todo, no cejó en su intento de darse la vuelta, cubriéndose como podía con el brazo derecho y lo que le permitía el izquierdo. Pateó el aire con violencia, intentando alejar a su agresor, aunque sólo fuera un poco. Por fin, acertó a algo y ese algo pareció alejarse un poco. Samuel abrió los ojos y lo que vio lo hizo palidecer y estuvo a punto de quebrar su cordura.

Sobre él, una hoja de papel enorme, de tamaño humano o algo más grande, descargaba golpes ciegos con un gran mazo de madera que empuñaba a dos manos. En la parte superior de la hoja, una serie de números y logotipos que a Samuel, en medio de la confusión, le recordaron a los del papel timbrado del Estado. Bajo estos, varias filas de texto que no alcanzó a leer y, en el margen inferior izquierdo un cajetín con algunas anotaciones que tampoco fue capaz de identificar. La hoja recuperó el equilibrio tras la patada de Samuel y, enfurecida, descargó varias veces más el mazo sobre el hombre tirado en el suelo, que a estas alturas ya reía y lloraba y suplicaba y desafiaba mientras se defendía con más voluntad que éxito. Cada golpe que asestaba aquel trozo de papel gigante se convertía en una descarga eléctrica que se esparcía por todo el sistema nervioso de su víctima, que no era capaz de apartar la vista de aquel folio numerado y sellado que lo machacaba con una rabia y una furia que no creía haber hecho nada para merecer y que, por tanto, carecerían de sentido en cualquier lugar. En cualquier lugar, excepto en aquel.

Lo último que sintió antes de desmayarse fue que unas manos tiraban de él.

Volver en sí fue una experiencia muy similar a la de despertar en el bar por primera vez: semi recostado sobre la barra, apoyado sobre el lateral de su cabeza que se había salvado de la agresión de la psicopática escritura pública y bastante desconcertado. Abrió los ojos y, durante unos segundos, no consiguió ver nada: el mundo se había vuelto borroso y la poca información que llegaba a su cerebro lo hacía acompañada de oleadas de dolor. Cerró los ojos y probó suerte de nuevo. La realidad a su alrededor empezó a definirse. Vio a Sara sirviendo copas a un grupo de individuos trajeados y repeinados que mostraban claros signos de no necesitar ni una bebida más para dejar atrás todo decoro y pudor. La joven camarera aguantaba las puyas y las insinuaciones de aquellos tiburones malencarados con mucha más elegancia de la que uno esperaría en alguien tan joven, haciendo gala de un temple y una diplomacia que ya querrían para sí muchos dignatarios. Uno de los tiburones, creyéndose que todavía estaba en Wall Street y que por tanto el mundo era suyo, decidió probar suerte y, como quien no quiere la cosa, empezó a magrear el bonito culo de la chica. Sara cogió la mano por la muñeca y la levantó en el aire al tiempo que preguntaba en voz alta:

– ¿Alguien ha perdido una mano? ¿Nadie? Bueno, he encontrado una en mi culo, por si alguien pregunta. Los ejecutivos rieron la ocurrencia de la chica.

A Samuel también le pareció gracioso, hasta que intentó reírse. Miró hacia el otro extremo de la barra, buscando a Juan, pero no alcanzó a verlo. Guille, en cambio, seguía como siempre, impertérrito ante su piano, acariciando las teclas como se acariciaría a una amante demasiado perfecta. El piano, agradecido, le devolvía quejidos y gemidos en forma de octavas y quintas. Entre él y el piano, dos hombres acodados en la barra lo miraban furtivamente.

– ¡Hey! -dijo, levantando una mano hacia los dos desconocidos.

– ¿Está usted bien? -preguntó el más cercano a él- Parece que se ha llevado una buena paliza…

Samuel se incorporó como pudo y se miró en el espejo ahumado que había tras la barra. Tenía un aspecto bastante deplorable.

– He estado mejor – esbozó lo que creyó era una sonrisa, aunque los dos hombres percibieron una mueca descompuesta.

– ¿Qué le ha ocurrido? -inquirió el hombre más cercano a él.

– Si se lo contara, seguro que no me creería.

– Pruebe… siempre me he considerado muy abierto de mente… me llamo Paul, por cierto.

– Encantado, Paul. Soy Samuel. -Le tendió la mano con algunas dificultades. Paul se la estrechó con cuidado.

– Igualmente, Samuel. Mi amigo se llama David. Acaba de volver de Vietnam – David levantó una mano en señal de saludo-, es un verdadero héroe americano.

Samuel pensó en señalar que la guerra de Vietnam había concluido hacía más de treinta años, pero descartó la idea al momento; ¡a él le había dado una paliza un papel timbrado con un gran mazo, por Dios!

– Encantado, David. ¿Estás en el ejército o has ido con alguna ONG?

– No, no… estoy en el ejército -hizo una pausa para acabarse su copa de un trago-, y me parece que ahí seguiré por siempre jamás.

– Como ves es todo alegría -intervino Paul, tratando de corregir con un poco de sarcasmo el tono demasiado sombrío de David.

Sara se acercó a la barra en ese momento.

– Samuel, ¿cómo estás? – preguntó preocupada, antes de dirigirse a David y Paul- Chicos, Samuel ha tenido una noche bastante difícil, portaos bien con él, ¿vale?

– Claro preciosa, ni que no nos conocieras… – Paul dibujó una sonrisa tontorrona en su cara al dirigirse a la chica.

– Si te causan algún problema me avisas, ¿vale? -dijo Sara al tiempo que apoyaba una mano en el hombro sano de Samuel.

– Ningún problema, muchas gracias. Sara, yo quería…

– ¡Shhhhh! No digas nada, ya lo sé. Ni es tu culpa, ni eres el primero, ni serás el último.

Samuel, más agradecido de lo que alcanzaba a expresar, tomó la mano de la muchacha de su hombro y la apretó cariñosamente.

– ¿Quién me rescató? -preguntó.

– Fui yo – ninguno, salvo quizá Sara, habían visto a Juan acercarse a ellos- ¿cómo estás, Samuel?

– Vivo, gracias a ti.

– Ni lo menciones. Cualquiera hubiera hecho lo mismo.

– Cualquiera no -intervino Paul-, vivimos en un mundo en el que está muy bien visto decir que nos preocupan los demás, pero la realidad es bien distinta: cada uno vela por su culo y tonto el último. Es lo que nos han enseñado desde críos y, por mucho que nos esforcemos en cambiarlo, somos demasiado pequeños e inconexos para lograr una transformación significativa.

– Tu cinismo me mata, Paul, cariño – afirmó Sara en tono condescendiente- el ser humano no es malo ni egoísta. Eso son prejuicios sin fundamento.

– Algo de razón tiene, no nos engañemos -replicó Samuel, que siempre había gustado de una buena conversación filosófica-, la mayoría de nosotros no nos pararíamos por la calle a ayudar a un hombre tirado en el suelo, cuánto más nos íbamos a meter en una pelea que ni nos va ni nos viene. Es posible que no seamos egoístas por naturaleza, pero nos han programado para serlo… y han hecho un trabajo acojonante, la verdad.

Se hizo el silencio.

– Esta conversación requiere copas – Juan aprovechó el silencio para intervenir- ¿lo de siempre, gente?

Todos asintieron. Como había ocurrido con el tabaco sobre la mano del capitán, las copas se materializaron de la nada sobre la barra. Nadie se sorprendió, ni siquiera Samuel que a estas alturas era ya un hombre dispuesto a admitir que en aquel lugar podía ocurrir cualquier cosa.

– ¿Y tú, Sara? ¿No tomas nada? – Paul flirteaba torpemente con la camarera.

– Estoy de servicio -respondió ella con una amplia sonrisa-. De todas formas, no estoy de acuerdo con vosotros: la gente es buena por regla general. Que algunas ramas crezcan torcidas no significa que el árbol no sea bonito en su conjunto. Si hemos llegado hasta aquí, ha sido a fuerza de agruparnos, no de salir corriendo cuando pintaban bastos y abandonar a los demás a su suerte. David, sin ir más lejos: se juega la vida para ayudar a personas a las que ni siquiera conoce.

– Por dinero, no te olvides -interrumpió el propio David. Sara negó con la cabeza y Samuel habría jurado que su sonrisa era más amplia incluso que antes.

– Todos necesitamos el dinero, David. Es parte del problema.  Pero tú sabes bien que si sólo se tratase de dinero podrías encontrar otros trabajos más seguros y mejor pagados. En el fondo, aunque no lo quieras reconocer, te gusta la idea de proteger a tus congéneres, o a tu país.

David se disponía a responder pero Samuel se adelantó.

– Pero esa idea es falsa, Sara… bonita, pero falsa. Es cierto que, en teoría, un ejército es algo noble, pero la realidad nos ha demostrado que, en la práctica, esa nobleza suele llenarse de mierda y convertirse nada más que en pobres individuos que se van a pegar tiros al culo del mundo con una causa noble por bandera y los intereses de unos pocos como verdadero motivo. En el fondo no es diferente a la política o la economía: campos y ciencias que deberían existir para facilitar y mejorar la vida de los seres humanos, pero que unos cuantos privilegiados explotan como mejor les conviene.

Juan sonreía tras la barra oyendo hablar a Samuel. Cuando este se detuvo, aprovechó para intervenir.

– En mi opinión, todos tenéis razón en parte. El ejército es algo noble, pero su origen es oscuro: si necesitas gente entrenada para luchar es porque crees que alguien va a querer luchar contigo, así que eso cuestiona la bondad intrínseca que le atribuyes al ser humano, Sara. Y David, sí, claro, estás en el ejército por dinero. Igual que Paul vende casas por dinero, aunque su trabajo ideal sería otro…

– Escritor – dijo Paul mientras posaba su copa sobre la barra- ese sería mi trabajo ideal. Pero es difícil.

– … y como es difícil vivir de escribir, eres agente inmobiliario. O yo, fijaos en mí. Siempre he querido ser actor, pero aquí estoy, poniendo copas. En el fondo, vosotros dos -señaló a Paul y David- sois una ironía: uno tiene un trabajo que no le gusta porque se gana bien la vida con él y está demasiado cómodo como para perseguir sus sueños. El otro, tiene un trabajo que le enorgullece, pero está mal pagado y a veces es discutible, así que lo mira con amargura.

Se hizo un silencio plomizo entre todos ellos mientras cada uno interpretaba las palabras de Juan. Se cruzaron las miradas unas cuantas veces: Sara miraba a Samuel, Paul miraba a Juan y este a David. Samuel, por su parte, observaba a Guille.

– Tendríamos que hacer todos como Guille – expuso-, buscarnos un trabajo que nos llene y que pudiera hacer la vida de otros más sencilla o, al menos, más bonita. Él es el más listo de todos los que estamos aquí. Si todos tuviéramos esa oportunidad, esa visión, quizá al final el mundo sería un sitio menos amargo.

– Y quizá este bar no existiría -reflexionó Juan en voz alta.

Paul levantó su copa y la llevó al centro del grupo.

– Brindo por ello.

Todos levantaron sus copas y las chocaron; incluso Sara, en cuya mano había aparecido también un vaso. Por el color del contenido, Samuel supuso que se trataba de un Destornillador. Después, bebieron y siguieron hablando durante una cantidad de tiempo que ninguno podría precisar, pero que a Samuel le parecieron varias horas. Por turnos se fueron acercando a Guille y le fueron pidiendo canciones que el pianista acometió con satisfacción y maestría. Cantaron, rieron… fueron felices durante aquel tiempo impreciso. En algún momento de la noche Samuel preguntó la hora. Juan le respondió que las nueve, que allí siempre eran las nueve. Al final, después de la enésima copa y ya algo borracho, Samuel apoyó la cabeza sobre la barra y cerró los ojos un instante, perdiéndose en la música del hombre del piano. Qué bien tocaba, joder. Qué bien tocaba.

Abrió los ojos de repente, como alguien que acaba de despertar. No vio más que oscuridad a su alrededor y, por unos segundos, no supo dónde estaba. Tras esos instantes de desconcierto, empezó a identificar sensaciones: el olor familiar del entorno, la conocida superficie blanda sobre la que se encontraba tumbado, la música sonando en la mini cadena: estaba en su casa, sin ninguna duda.

Estiró la mano y palpó a ciegas a lo largo del cabecero de la cama hasta que encontró el interruptor de la luz. La encendió y se incorporó. Así que había estado soñando… sí, tenía sentido. Se tocó por todo el cuerpo, especialmente en los sitios donde recordaba haber sido golpeado por aquella hoja de papel demente, pero no le dolía nada. Se levantó de la cama y se fue al baño, buscando un espejo en el que poder verificar que su cara no presentaba ningún signo de haber recibido una paliza. Así era: salvo por el gesto cansado y los contornos negros de las ojeras, su cara lucía como siempre lo había hecho. Un sueño, nada más. Aliviado, aunque también algo decepcionado, apagó la luz del aseo y se fue a la cocina. Abrió la nevera, que estaba casi vacía, y se sirvió un vaso de agua que bebió con avidez. Se sirvió un segundo vaso y se lo llevó a la habitación.

Al entrar en el cuarto, lo primero que hizo fue mirar la hora en el reloj de la mini cadena. Eran más de las tres de la madrugada, por lo que le pareció que era buena hora para apagar ya la música. Extrajo el CD y lo guardó, con cuidado, en su caja. Sin duda aquellas canciones  habían influido en el delirante sueño que acababa de tener. Se sentó de nuevo en la cama y reparó en unos papeles que se habían caído al suelo, lo más seguro que mientras dormía. Los recogió y les echó un vistazo. Todo lo que había conseguido olvidar mientras se encontraba en aquel bar ficticio, tan parecido al de la canción de Billy Joel, volvió para golpearlo de pronto. Era cierto… faltaban pocas horas para que todo cambiase… y él no podía hacer ya nada. Cogió su paquete de tabaco de la mesilla y se dispuso a encender su último cigarrillo. Aplastó la cajetilla vacía con la mano y la lanzó a la papelera bajo su escritorio. Falló, y el arrugado paquete acabó en el suelo, haciendo compañía a otros papeles que tampoco habían alcanzado su objetivo. Buscó un mechero sobre las mesillas, pero no lo encontró. Golpeó suavemente los bolsillos de su pantalón, buscando la forma familiar del encendedor en alguno de ellos. No estaba. Se registró un poco más en profundidad: no era la primera vez que le parecía no tener el mechero encima y luego lo encontraba. Metió la mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón y, por unos segundos, se quedó paralizado. Sacó aquel papel, más bien cartón, y lo miró una y otra vez, sin poder creérselo: era un sobrecito de cerillas con un dibujo de un árbol verde tras el que aparecía recostada un ancla de color azul.

La comisión judicial encargada de su desahucio llegó a primera hora de la mañana.

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