Morgan´s

La noche que maté a Gustavo Olofrén.

In Relato on 5 noviembre, 2013 at 16:37

tgDSCN6806La noche que maté a Gustavo Olofrén era lluviosa y desapacible. Era una de esas noches en las que la gente decente se queda en sus casas al abrigo de la chimenea o la calefacción, quien tiene o se la puede permitir, claro. Una de esas noches en que los matrimonios viven la catarsis espiritual de tener dos televisores: uno para que ella vea lo que le plazca y otro para que él vea el fútbol o lo que sea. Cualquier cosa con tal de no comunicarse, ya me entendéis, porque saben que si empiezan a hablar descubrirán que no tienen nada en común aparte de las letras de la hipoteca, los recuerdos de tiempos que, por lejanos, parecen mejores y esa sensación de no tener ni la más remota idea de quién es la persona que está sentada frente a ellos.

Pues eso, que aquella noche era una noche de mierda. Nunca me había cruzado con Gustavo Olofrén ni tenía ningún motivo para desearle el mal, ni mucho menos la muerte. Fue tan solo un impulso, algo que se me pasó por la cabeza cuando lo vi venir caminando por la acera y me dije… “coño… ¿por qué no? Si, al fin y al cabo, sobra gente en el mundo y no se va a notar demasiado uno más o uno menos. Además -pensé- algo habrá hecho por lo que merezca morir. Todos tenemos esqueletos en el armario”.

Total que nada, que él caminaba en dirección a mí, algo apresurado, sin pensar que estaba dando los últimos pasos que alguna vez daría por el mundo. Tenía pinta de ser un tipo normal, la clase de persona que no te llamaría la atención y cuyo rostro no recordarías más de cinco segundos si te lo cruzaras en una multitud. Debía medir alrededor de un metro setenta y cinco, de complexión delgada y frente despejada… que se estaba quedando calvo, vamos. Tenía los ojos pequeños y algo estúpidos, la nariz ancha y chata y dos orejotas que podrían haber pasado por las alas de un murciélago. De su boca minúscula colgaba un cigarrillo rubio al que iba dando caladas despacio, disfrutando del cáncer que se iba asentando sin prisas en sus pulmones. La verdad es que era feo de cojones el muy cabrón, aunque yo nunca he sido un gran experto en la belleza masculina, para qué engañarnos.

Yo no había salido de casa con la intención de cometer un asesinato ni otro crimen. Aunque no tenéis por qué creerme, no soy un psicópata ni un asesino de sangre fría. Es más, Gustavo Olofrén fue mi primera víctima. Nunca había hecho daño a nada ni a nadie, al menos no de manera consciente. Me gustaban los animales y no era capaz de verlos sufrir. También me gustaban los niños, salvo los de mi hermana, pero es que esos dos cabrones son de hostia continua y, si los conocierais, entenderíais bien por qué lo digo. También me entenderíais si conocierais a mi hermana.

Pero bueno, que tengo tendencia a divagar, lo que os decía, que no soy un psicópata. Mis padres fueron gente normal, buena gente incluso, que hicieron todo lo que pudieron para que a mí no me faltara nunca de nada, que se deslomaron trabajando para darme lo que ellos entendieron que era una buena educación y un hogar feliz. Y lo hicieron bastante bien, la verdad. No tengo un mal recuerdo de mi infancia, ni uno solo. Mi padre era electricista y mi madre contable. El dinero no sobraba en casa, pero tampoco nos faltaba de nada y, al menos una vez al año, nos podíamos dar el lujo de irnos de vacaciones a cualquier sitio. Crecí, por tanto, como cualquier niño: preocupado tan solo por jugar y divertirme. No había en mi casa discusiones a cara de perro ni malos rollos entre mis padres que luego se pagaban con nosotros. No. Lo siento, señores psicólogos, pero van a tener que esforzarse un poco más para dibujar mi perfil si alguna vez me encuentran. Tampoco mi padre abusó de mí, ni me maltrató, ni me hizo tocarle la polla diciéndome que era nuestro secreto. No. La única frustración que me causó mi padre fue cuando se negó a regalarme la consola que me había prometido si aprobaba todas en el colegio, aunque es posible que el hecho de que yo ese verano suspendiese siete de las diez asignaturas a vosotros os parezca una explicación más que justificada. A mí, en cambio, me jodió bastante.

Tampoco maté a Gustavo Olofrén por dinero. Es más, menuda cagada si hubiera sido ese el motivo, ya que cuando le cogí la cartera para ver su nombre comprobé que llevaba cinco euros con sesenta y cuatro céntimos y una tarjeta de débito caducada. Rebuscando un poco más encontré una cartilla del paro sellada de hacía dos semanas, por lo que supe que me había cargado a un parado. ¡Pobre cabrón! ¡Todas te tocaron a ti! Por un segundo me imaginé detenido por la policía y esposado delante de un juez, explicándole con una oratoria que haría morir de envidia al propio Fidel Castro que yo, en realidad, era un héroe que había hecho más por mejorar la tasa de desempleo que cualquier gobierno en los últimos cuatro años y que me deberían levantar un monumento más que aplicarme una pena.

En fin, que está claro que maté a Gustavo Olofrén porque me dio la puta gana, el impulso, porque no tenía nada mejor que hacer. Lo vi subir por la calle, con sus alas de murciélago desplegadas y sus ojos estúpidos mirando hacia todas partes, con su puto cigarrillo colgando de los labios, como si le faltara fuerza para sostenerlo recto, y su paso apresurado. Miré a mi alrededor: la calle estaba oscura y no se veía ningún coche cerca. En las ventanas de los pisos que alcanzaba a ver sin levantar demasiado el cuello no se apreciaba nada que no fueran persianas bajadas e incluso las farolas estaban apagadas, quizá porque aquel tiempo de mierda había causado alguna avería en las patéticas instalaciones eléctricas que la compañía de turno usaba para darnos un “servicio esencial”. El bar que hacía esquina frente a mí estaba cerrado a cal y canto y la farmacia que se situaba unos metros más abajo solo era reconocible por el cartel apagado con forma de cruz griega que sobresalía de la fachada. El resto de los bajos estaban lóbregos e igual de cerrados, tapiados con ladrillos medio rotos y puertas de metal barato. El escenario, desde luego, no podría haber sido más propicio.

Gustavo Olofrén y yo seguimos caminando despacio en direcciones opuestas. Calculé que tardaríamos unos veinte o treinta segundos en cruzarnos. Él seguía con su pasito apresurado y yo seguía mirando a todas partes, buscando algún rastro de luz, sin éxito. A pocos metros por delante de mí, la acera se estrechaba gracias a un muro de granito bastante obeso que invadía con su fría barriga el camino de paso de los peatones. Un cálculo de cabeza me hizo suponer que nos cruzaríamos en aquella parte, así que uno de los dos tendría que bajarse a la calzada. Qué incomodidad.

Dieciocho segundos. Ese fue el tiempo que tardamos en encontrarnos a la misma altura y, tal como me había imaginado, fue en la parte angosta de la acera. Gustavo Olofrén, tan amable como era, hizo ademán de cederme el paso, a lo que yo le respondí con un gesto de manos, dándole a entender que no, que por favor siguiera caminando, que ya me apartaba yo. Sus ojos estúpidos se posaron en los míos mientras su boca se abría para darme las gracias cuando estábamos casi a la par. Hasta este momento no había visto sus cejas, espesas y negras, en contraste con su frente despejada, haciendo todavía más llamativa la ausencia de pelo en su frontal. Me sonrió y yo le devolví la sonrisa.

Fue entonces cuando estampé mi mano contra su cabeza y, con toda la fuerza que fui capaz de encontrar, estrellé su cráneo contra el granito de la pared. La cabeza de Gustavo Olofrén hizo un ruido sordo y seco, como el de un corcho al salirse de una botella de champán pero sin las burbujas. El cigarrillo se le cayó al suelo. Fue tal la fuerza con que lo estampé que incluso rebotó sobre la irregular superficie de piedra. Sin perder un segundo, tan pronto sentí el impulso del rebote, empujé de nuevo. Ni siquiera gritó. Estaba demasiado ocupado preguntándose qué estaba pasando… o muriéndose, yo qué sé. Con el segundo impacto el ruido se volvió húmedo, como si la piedra hubiera logrado vencer la resistencia del cráneo y la sangre y la masa encefálica estuvieran buscando la manera de fugarse de la prisión que hasta hace poco había sido su cabeza. Las rodillas se le vencieron y empezó a tambalearse adelante y atrás, manteniéndose precariamente en pie, sujeto tan solo por mi mano. Para asegurarme, golpeé una tercera vez, y una cuarta y una quinta, llevado ya tan solo por el vals que estaba bailando con aquel hombre muerto, o casi. Estaba abstraído, poseído por el demonio de la adrenalina que me decía que no parase de golpear, que aquel granito invasor de la acera quedaría mucho mejor pintado de color rojo, que aquellos ojos estúpidos no volverían a mirar a nadie gracias a mi hazaña y que cuanto más fuerte y más rápido lo reventase, antes podría irme de allí y seguir con mi vida. Así que seguí.

En total, Gustavo Olofrén no debió tardar más de un minuto en morir. Al menos yo no tardé más que eso en acabar de aplastarlo una y otra vez contra la fría y húmeda pared. Cuando lo solté, se desplomó de bruces sobre la acera, con un ruido opaco, haciendo que el agua que se deslizaba calle abajo me salpicase hasta las rodillas. Miré la mano con que lo había empotrado contra la piedra y vi que tenía una gota de sangre solitaria sobre el dedo corazón, a la altura de la primera falange, que se mezcló rápida con el agua de la lluvia y decidió no quedarse a que le tomasen declaración. Mire mi obra tendida en el suelo. No se movía. No respiraba. Por el lateral de lo que una vez había sido una cabeza completa vi cómo asomaban esquirlas de hueso roto mezcladas con algo que supuse serían trozos de cerebro, todo ello marinado con una salsa rojiza y espesa que el agua diluía con rapidez. El granito tenía la misma tonalidad, si bien la lluvia se estaba empleando a fondo en su misión de limpiar el muro. Miré a mi alrededor para comprobar que todo seguía tan tranquilo y solitario como antes. Levanté la vista hacia los edificios, por si alguien se había despertado con el sonido de los golpes, pues no sabía con exactitud cómo de fuerte había sido el ruido que había hecho al morirse. A mí parecer había sido bastante elegante y discreto, más de lo que esperaba, pero sabía de sobra que las cosas no siempre son como uno las percibe. Tranquilizado por la soledad de la calle, me agaché a su lado y contemplé mi obra más de cerca. Sus ojos estúpidos se habían quedado fijos y cristalizados, lo cual me resultó delicioso. Había logrado inmortalizar su rasgo más característico, paradójicamente, mediante su muerte. La ironía no se me pasó desapercibida y, por un instante, mi obra me gustó más aún. Metí la mano en el bolsillo de atrás de su pantalón, donde un bulto me hizo intuir que se encontraba su cartera.

La saqué del bolsillo con cuidado, tratando de tocar su ropa lo menos posible, y cuando la tuve en la mano, la abrí y busqué su DNI. No lo llevaba. Tan solo una tarjeta de crédito caducada el año anterior, en la que pude leer: Gustavo Olofrén. Volví a dejar la tarjeta en su sitio y abrí el billetero con la intención de llevarme el dinero,  para que la policía al encontrar el cuerpo pensase que se trataba de un robo. Si era mucho, a la mañana siguiente lo donaría a alguna ONG, quizá una de esas de médicos mundiales o alguna buena causa similar. Yo no quería su dinero, pues me ganaba bien la vida como analista en el banco. Casi tuve que contener la risa cuando vi el billete solitario. Cogí los cinco euros y me los guardé en el bolsillo. Cerré la cartera y la sostuve en la mano izquierda mientras pensaba qué hacer con ella, si volver a metérsela en el bolsillo o tirársela encima. Al final decidí tirarla a un desagüe que vi unos metros más abajo porque me pareció que eso sería lo que haría cualquier delincuente. Miré por última vez mi obra y, satisfecho, eché a andar, alejándome del cadáver. Cuando llegué a la altura del desagüe, colé la cartera dentro y seguí mi camino hasta casa, silbando y canturreando viejos temas disco de los setenta.

Cuando llegué a mi residencia, el perro salió a recibirme a la puerta como tantas otras veces, agitando el rabo y subiéndose a mí. Lo acaricié con la mano izquierda y le di a olisquear la derecha, la misma con la que pocos minutos antes había culminado mi obra. El perro me lamió la mano con avidez, secándola y llevándose con su lengua los rastros invisibles que en ella pudieran quedar. Después me fui a la ducha: estaba calado hasta los huesos y sabía que no era sano meterse en cama con esa humedad en el pelo. Al salir era un hombre nuevo. Metí la ropa en la lavadora y me dispuse a conectarla, pero la hora y que la máquina estaba a media carga me hicieron dejarlo para la mañana siguiente. Después me serví una copa de vino blanco y me senté en el sofá del salón. Cuando el reloj marcó las cinco de la madrugada, descolgué el teléfono y marqué rápidamente una serie de números que ya había repetido en centenares de ocasiones. Una voz joven me respondió desde el otro lado a los pocos tonos:

–          Hola, papá. Ya tienes el horario controlado, ¿eh?

–          ¿Acaso lo dudabas? –respondí entre risas- ¿Qué tal por los Estados Unidos?

–  Bien, muy bien. Esto es alucinante, yo creo que te encantaría. Todo es gigante, hay  vida en cualquier sitio a cualquier hora… es una experiencia de la leche.

–   Ya veo, ya… y aparte de pasártelo como Dios… ¿estás estudiando algo o te limitas a vivir como un rey con mi pasta? – pregunté en tono mordaz-

Seguimos hablando durante una hora más o menos. Luego nos despedimos. Me quedé sentado en el salón, disfrutando de mi copa de vino. Cuando la noche empezó a cederle paso al día, opté por irme a cama.

No recuerdo haber dormido mejor en mi vida.

———-     xxx     ———-

(La imagen que acompaña la entrada -y que acompañará todas las publicadas en esta categoría- la he cogido prestada de aquí. Es la máquina de escribir con la que aprendimos mecanografía mi madre, mi tío y yo. Aún la tengo y aún la uso, más por romanticismo que por productividad.)

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