Morgan´s

Capítulo VII

In Novela on 5 octubre, 2013 at 19:33

10 de Enero de 2024.

Cuando desperté esta mañana estaba solo. Tenía una sensación extraña, como de irrealidad. Parpadeé varias veces con fuerza y me estiré todo lo que pude para desperezarme. Al hacerlo golpeé sin querer al gato negro, que se había hecho un ovillo a mis pies y que salió disparado hacia la puerta, abroncándome con severidad por haber interrumpido su descanso. Por los vanos de la casa se filtraba una luz mortecina, cenicienta y opaca, que me hizo suponer que era temprano. Me pregunté dónde estaría Celia. Supuse que habría salido a estirar las piernas o a buscar algo de leña. También pensé que quizá había vuelto a irse, exactamente igual que había llegado: sin avisar, por sorpresa, guiada sólo por el caos en que parecía recrearse, una anarquía que orbitaba a su alrededor, como un planeta invisible de órbita aleatoria. Dentro de mi cabeza había centenares de preguntas deseando ser respondidas. “¿Celia?”, pregunté en voz alta. La única respuesta que recibí provenía del silencio. Definitivamente, estaba solo.

Me puse en pie con algo de dificultad. Dormir en el suelo era incómodo, cuánto más otras ocupaciones. Me sorprendió bastante no encontrarme más dolorido, aunque no se me pasó siquiera por la cabeza quejarme. Aquello era demasiado bueno para ser real. Las quejas estaban de más.

Mientras caminaba por las habitaciones de la planta superior me encontré de nuevo con el gato negro, que había decidido ocultarse en los restos de lo que una vez había sido un armario empotrado. Me miró con indiferencia, sin levantar la cabeza de sus patas delanteras, como si mi presencia no fuese suficiente para perturbar la modorra que se leía en su cara. Me agaché a su lado y acerqué una mano a su hocico para que pudiera olisquearme. Lo hizo casi desganado, apenas tres inhalaciones y nada más. Lo interpreté como una autorización para acariciarlo y así lo hice. Me sorprendió lo suave que se mantenía su pelo, especialmente en medio de aquella cantidad de polvo que nos rodeaba y más aún teniendo en cuenta que mi felino amigo debía pasar una cantidad importante de su tiempo en el exterior, entre barro y yerbajos, bajo el sol o la lluvia. Pensado esto también me sorprendió su aspecto: se lo veía saludable, incluso algo regordete, con más pinta de gato doméstico que salvaje. “¿Cuál es tu historia, Pantera?” susurré mientras le rascaba una oreja. La única respuesta que obtuve fue el sonido grave y reconfortante de su ronroneo. Me quedé allí un rato, hipnotizado por la monocorde música que emitía mi ya amigo. Por un momento me embargó la tristeza. Recordé mi casa antes de la guerra: mi música, mis películas, mis muebles… mis libros. Me recordé a mí mismo acariciando a un gato similar a este, a la vez diferente e irrepetible. Pero mi casa tenía ventanas, no huecos vacíos a través de los cuales la luz del día apuñalaba la oscuridad a traición. Mi casa no era una ruina miserable en la ladera de un monte, mi vida no era deambular de un lado para otro buscando algo que comer, alguien con quien hablar. Antes de la guerra, mi casa estaba siempre llena de gente. Era punto de reunión habitual con mis amigos, los pocos a los que daba ese nombre. Siempre había alguien, amigos míos, de Sofía o de quienquiera que fuese la mujer que en esa época compartiese piso conmigo. Mirándolo con la ventaja de la retrospectiva, creo que ninguna de mis relaciones duraba mucho tiempo precisamente por eso: me gustaba demasiado mi soledad, mi independencia, mi propio caos, podría decirse.

Hoy, en cambio, echo de menos la compañía de gatos domésticos, seres humanos y, en general, cualquier atisbo de normalidad. Hoy la soledad ya no me hace tanta gracia. Me carga. Me hastía. Me agota. Tenía razón un anciano que una noche me dijo en un bar que las cosas se disfrutan mientras uno tiene alternativas, pero que cuando estas se terminan, todo se vuelve muy grisáceo, el color de la Nueva España, al menos para los que no vivimos al otro lado del muro.

Acabé la sesión de caricias con mi peludo amigo y, una vez recuperado del ataque de melancolía por mi vida pasada, bajé las escaleras deseando encontrarme a Celia cocinando algo parecido a un desayuno. Al igual que antes, lo único que me esperaba era la soledad: allí no había nadie más que yo. Decepcionado, traté de rescatar algunas ramas secas de entre las que había desechado la noche anterior. La suerte estuvo de mi lado y a los pocos minutos calentaba un poco del café que llevaba en mi mochila. Solía comprar el café a un comerciante que frecuentaba los mercados clandestinos que se organizaban una vez a la semana. Eran los sitios perfectos para intercambiar alimentos, armas, munición o cualquier otra cosa que uno pudiera necesitar para sobrevivir en esta Nueva España. Yo, siempre que podía, compraba café, y siempre al mismo tipo. Era una mierda, pero al menos tenía un sabor similar al que recordaba tenía el café, así que hacía su función. Era  un lujo poder permitirse algún vicio de los de antes, para qué estropearlo dándole vueltas.

Cuando el agua tuvo el color oscuro propio del café y lo que había sido la cocina se llenó con el olor cálido de la infusión, filtré el líquido a través de un calcetín, de forma que no quedasen grumos. Era ya todo un ritual. Cuando el sabor cálido y amargo del primer trago cruzó mi garganta, por un instante, casi un segundo, me sentí como en casa.

Calculaba que habría pasado una hora aproximadamente desde que me había levantado y Celia seguía sin aparecer. Empecé a desesperarme un poco y a recordar algunas de las cosas que más me sacaban de quicio de ella: ese caos que la seguía a todas partes, que ella misma creaba. Una especie de sensación de que nada tenía importancia para ella salvo el vivir la vida, disfrutar los momentos presentes y no complicarse la existencia. Para alguien como yo, acostumbrado a tenerlo todo bajo control y poco o nada aficcionado a las sorpresas, era desesperante; desconsiderada, incluso. Se lo había comentado en varias ocasiones. Ella se reía, se encogía de hombros y a mí, no me preguntéis el porqué, se me pasaba la mala leche casi al instante.

Me senté en un destartalado mueble de cocina que me pareció lo bastante recio para aguantar mi peso e hice un balance de la situación. Debería ir a pescar o a cazar algo. En unos días habría mercado y me temía que los peces que había cogido el día anterior no me servirían como moneda de cambio. También debería moverme de sitio. No me gustaba pasar dos noches en el mismo lugar. Tenía miedo de que, en cualquier momento, apareciese la Nueva Seguridad, como si sólo me vigilasen a mí. Sabía que era una idea absurda e irracional, pero no podía evitar pensarlo y me daba miedo, así que trataba de mantenerme siempre en movimiento. Estaba ocupado valorando cuál debería ser mi próxima parada cuando miré de nuevo al exterior y reparé en que era muy temprano todavía y quizá podría hacer algo que no había hecho desde hacía mucho tiempo y que, para mí, era uno de los pequeños placeres de la vida: desayunar y volver a meterme en cama. Un plan maravilloso en otros tiempos, tiempos en los que tenía una cama. Volví a la habitación de la planta superior y me tumbé en el suelo, aunque esta vez lo hice en un punto donde la luz, que poco a poco iba ganando intensidad, fuese menos visible y me molestase menos. A los pocos minutos, el gato negro entró por la puerta y se tumbó a mi lado. Nos hicimos un ovillo y nos dormimos.

No sabría decir cuánto tiempo había pasado cuando me despertaron unos fuertes ruidos procedentes del exterior. Miré instintivamente hacia la puerta de la habitación, para asegurarme que no existía ninguna amenaza inmediata. Lo único que atisbé a ver, fugazmente, fue la cola del gato negro que desaparecía por el pasillo, supuse que directo al armario empotrado donde lo había encontrado agazapado antes. Me puse en cuclillas, preocupado por lo que pudiera haber fuera pero, sobre todo, porque no reparase en mi presencia salvo que entrase en la lóbrega vivienda. Mi mano se dirigió a mi cintura buscando el arma.

No estaba allí. Un calor repentino empezó a llenarme el cuerpo a la vez que unas gotas de sudor frío comenzaban a formarse en mi espalda. Miré hacia el hueco de la habitación donde había pasado la noche y la vi allí tirada. Maldije para mis adentros, mientras me lanzaba al suelo y gateaba hacia la pistola. Los sonidos del exterior parecían alejarse, pero no quería correr ningún riesgo. Cuando mis dedos se encontraron con el metal de la culata, me sentí poderoso.

Me puse en pie de un salto y me acerqué al lateral de la ventana. No se veía nada desde mi posición, pero no tenía ninguna duda que lo que escuchaba era el sonido de un vehículo, y eso sólo podía significar malas noticias: los únicos vehículos que circulaban por la Zona Exterior eran las tanquetas de la Nueva Seguridad, y encontrarse con una de esas era garantía de problemas.

Mi mente empezó a hacer cábalas. ¿Me habría delatado Celia? No tenía sentido, no era posible, pero era una coincidencia demasiado extraña que la misma mañana en que ella desaparecía apareciese una patrulla de la Nueva Seguridad. Tenía que haber sido ella, aunque no tenía sentido. ¿Por qué hacerlo? Ella estaba en contra de todo lo que significaba la Nueva España, exactamente igual que yo. ¿La habrían capturado y habría confesado? Tantas preguntas y tan pocas respuestas…

Me agaché de nuevo y cambié de lado en la ventana. Desde mi nueva posición, me asomé tímidamente, tratando de que se me viera lo menos posible. Los sonidos eran cada vez más y más lejanos, así que supuse que no habían venido a buscarme. En el interior de la casa, todo parecía tranquilo. Nadie subía las escaleras, no se escuchaba nada procedente de la planta inferior. Me asomé un poco más a la ventana y, a lo lejos, ya casi en la rotonda que había frente al antiguo instituto, vi la parte trasera de una tanqueta pintada con los colores negro y dorado de la Nueva Seguridad. Se alejaban.

Respiré aliviado y me dejé resbalar por la pared hasta quedar sentado en el suelo, apretando con fuerza la pistola que sujetaba con ambas manos, manteniendo el cañón apuntado hacia la puerta de la habitación. Si alguien aparecía sin yo esperarlo, posiblemente le pegase un tiro. Estaba sudando por la tensión. El corazón me latía desbocado. Respiré hondo y despacio durante varios minutos, controlando el aire que inhalaba y exhalaba. “Vivir con miedo… ser un esclavo”. Las palabras del androide de Blade Runner se repetían con demasiada frecuencia en mi cabeza. Hace años creía entenderlas. Hoy estoy completamente seguro de su significado. Las vivo en mis propias carnes a diario.

Cuando recuperé un mínimo de tranquilidad y pude ponerme en pie de nuevo, lo primero que hice fue bajar a la planta inferior y revisar una por una todas las estancias para asegurarme que no había nadie. El sentido común me decía que estaba solo, que si la Nueva Seguridad hubiera sabido realmente que yo, que alguien, estaba en el interior de la casa no habrían pasado de largo. No… no habían venido a por mí, eso seguro, lo cual descargaba a Celia de mis sospechas. Me sentí culpable por haber desconfiado de ella, ya que nunca me había dado ningún motivo para creer que me podría traicionar, pero -me dije- era lógico pensar que ella podría haber tenido algo que ver: su forma de aparecer de la nada, su reacción al verme, como si supiera perfectamente que me iba a encontrar en el interior de la casa, su forma de desvanecerse antes del amanecer, como un fantasma, un alma en pena que llega con la oscuridad. Demasiadas coincidencias sin explicación y, a la mañana siguiente, una patrulla en la calle. Supongo que nadie podría culparme por haber dudado.

Mientras pensaba esto acabé mi recorrido por la planta baja. Como esperaba, estaba vacía salvo por los restos de los chocos y los abadejos, que seguían en el baño. Me pregunté qué hacer a continuación, si seguir esperando a Celia o salir a buscar algo de comida o algo con lo que poder comerciar en el próximo mercado. Me preocupaba la posibilidad de que, si salía, Celia volviese en mi ausencia y pensase que me había marchado sin ella. No sabía cuáles eran sus planes, aunque suponía que si me había encontrado preferiría que siguiéramos el camino juntos. Además, tenía un millón de preguntas que hacerle y nunca había sido aficionado a quedarme sin respuestas. Jose, mi amigo del bar, me decía muchas veces que me había equivocado de carrera, que no debería haber estudiado derecho sino periodismo. No le faltaba razón: yo mismo me lo había planteado en no pocas ocasiones. Siempre me respondía lo mismo, que mi visión del periodismo estaba demasiado idealizada, que ningún medio de comunicación de los existentes en la Vieja España me iba a permitir ser ese perseguidor implacable de la verdad que yo me dibujaba en mi mente una y otra vez; no, qué va… el periodismo, como la sociedad en general, hacía mucho tiempo que habían perdido la ética, los valores, la función social. Era el resultado lógico de unos medios de comunicación politizados, endeudados hasta el límite con el gran capital, con líneas editoriales muy marcadas y en los que las contrataciones y despidos estaban directamente relacionadas con los colores de los partidos de gobierno y los intereses de aquellos que ponían el dinero. El Cuarto Poder era un mal chiste, tan malo como los otros tres, las bases de la sociedad moderna que, desatendidos al tenerlos por sentados, se habían ido prostituyendo hasta perder incluso sus rasgos más básicos.

Los ejemplos aparecían por decenas, no era necesario matarse mucho buscándolos. El ejemplo más claro eran los principales periódicos nacionales: uno supuestamente de izquierdas y los otros dos de derechas. Mientras la derecha y la izquierda estuvieron claras, las líneas editoriales también. Cuando la sociedad se fue volviendo más mercantil y, por extensión, menos ideológica, los periódicos dieron todos un giro al centro. O lo que es lo mismo: empezaron a servir a intereses privados. Perdieron su función social. Vendieron su poder a otros más poderosos. Nos vendieron a nosotros, al Pueblo.

Tardamos mucho en darnos cuenta. Durante décadas, el periódico que uno leía era una sinécdoque de su ideología política y seguíamos pensando que esto era así cuando ya hacía tiempo que los diarios no tenían más valor que el indicado en su portada como precio. En nuestra descarga hay que decir que ellos hicieron todo lo posible para mantener las apariencias: si uno leía un diario determinado podía ver si cargaba las tintas más contra izquierda o derecha, así que durante mucho tiempo, a falta de otros referentes, seguimos marcando nuestras ideologías mediante la prensa que leíamos. En nuestra descarga diré que todos necesitamos marcos referenciales, que construimos nuestro mundo sobre la base de referentes y que, por desgracia, tendemos a relajar nuestra capacidad crítica cuando estamos juzgando a dichos referentes.

Recuerdo muchos episodios vergonzosos en la historia de los grandes diarios: la fotografía del Presidente de Venezuela muerto que resultó ser falsa, la del Papa dándole la comunión a un dictador argentino, que también resultó ser falsa, la obsesión de otro de esos rotativos por demostrar que el atentado terrorista del 11 de Marzo en Madrid había sido un gran complot para que el gobierno no renovase su mandato en las elecciones, las bochornosas fotos de portada con las que se hicieron eco de la detención de un hombre acusado de matar a sus dos hijos… las atrocidades se amontonaban y nosotros las aceptábamos sin rechistar. Habíamos asistido impávidos a la mercantilización de la información y al nacimiento de un periodismo que sacrificaba la calidad y veracidad de sus informaciones por la velocidad, por el ser el primero en dar las noticias, por la aplicación de la famosa máxima que rezaba que el primero en golpear lo hacía dos veces. Y por el morbo, claro… como decían en aquella vieja película, “no dejes que la verdad te estropee una buena historia”.

La mejor prueba de ello nos llegó durante las manifestaciones de las que os he hablado antes: la mayoría de los diarios, las ignoraron, sin más, como si no fuera noticia que miles de personas saliesen a manifestarse o que la policía cargase contra ellos. El resto de rotativos, más osados, restaban importancia al asunto, cuestionaban el pacifismo de las manifestaciones, sus motivos o cualquier otra cosa que sirviera para modelar una opinión contraria a las protestas. Uno de los peores ejemplos de lo que nunca debería ser un periódico se atrevió incluso a publicar fotos de los organizadores, acompañadas de unos supuestos datos académicos con los que pretendía insinuar que aquella gente era una iletrada sin futuro, quizá queriendo dar a entender que su único destino posible era un centro de detención. Recuerdo que aquella fue la primera vez que vi tan clara la intención manipulativa.

Y también recuerdo con nitidez otra cosa que descubrí aquel mismo día…

Tras mi conversación con Joan en la que le expliqué mis inquietudes sobre la misteriosa desaparición de Alicia me encontré solo en mi apartamento sin saber qué paso dar a continuación. No podía hacer gran cosa salvo esperar las noticias de mi amigo, pero nunca se me había dado bien lo de esperar cruzado de brazos. Navegué por la red, recorriendo los principales diarios online, a la caza de referencias a lo que había ocurrido. La mayor parte trataban las protestas como una anécdota. Salvo aquel diario, no recuerdo su título, aunque sí el color de su logotipo: letras blancas sobre fondo azul y, debajo, las fotografías del carnet de identidad de diez ciudadanos sobre una especie de muro, a toda página. Me sentí insultado en mi inteligencia, tanto que casi pegué un puñetazo al monitor del ordenador. Estaba nervioso, confuso y muy enfadado, así que me pareció buena idea salir a caminar sin rumbo por la ciudad, como solía hacer siempre que intentaba poner mis pensamientos en orden.

Salí a la calle y miré al cielo. Las nubes tenían una pinta amenazadora, tanto por la forma como por el tono grisáceo, como si quisieran asustar a la ciudad y hacer sentir indefensos a sus habitantes, como si formasen parte del engranaje del poder. El día iba sucumbiendo a los encantos de la noche y la ciudad tenía ese aspecto extraño de los atardeceres de invierno, una mezcla de luces artificiales y oscuridad natural que generaban un aspecto esperpéntico en algunos edificios. Haces de luces de colores se reflejaban en las sucias fachadas de las moles de cemento, quizá provenientes de alguna pantalla publicitaria. La piedra gris e inmóvil se veía repentinamente maquillada de tonos fucsias, verdes chillones o azules demasiado eléctricos, como el maquillaje de una drag queen sin gusto. Hacía frío y la gente caminaba deprisa, con ganas de alcanzar sus destinos lo antes posible y ponerse a resguardo. A mí me gustaban los días grises y fríos. Me gustaba caminar por la ciudad en esos días, con la sensación de que era uno de los pocos que estaban disfrutando la climatología. Me gustaba ver cómo la ciudad se iba quedando desierta poco a poco mientras sus habitantes buscaban el calor de sus casas. Me gustaba ver las luces encendidas en las ventanas e imaginarme las historias que estaban teniendo lugar en el interior de las viviendas. Gente charlando o viendo la televisión, bañando a los niños o cocinando; quizá leyendo un buen libro. Me dibujaba mentalmente a los ancianos sentados junto a sus radiadores, en compañía de sus familias o de alguna mascota. Me gustaba el aspecto de los edificios, que parecían guiñarme un ojo de vez en cuando, según estuviesen sus persianas subidas o bajadas, mientras yo me perdía por callejones en los que las sombras eran dueñas y señoras de la calle y la gente que por allí pasaba no era más que oscuridad furtiva y apresurada que se camuflaba a la perfección con las umbrías aceras. Muchas personas encontraban la noche y la oscuridad inquietantes, pero yo no era de esos. A mí me gustaban, me resultaban cálidas y familiares. Me tranquilizaban.

Pasé al lado del hospital de Fátima, cruzando un pequeño túnel excavado bajo la calle, una especie de paso subterráneo. No había una sola luz en los pocos metros que había que recorrer hasta cruzarlo. Las aceras tenían apenas el ancho suficiente para que caminase por ellas una persona y la calzada que discurría en medio era bastante angosta. La oscuridad en el centro del túnel era total y era fácil que la imaginación volase imaginando peligros, generalmente en forma de atracadores, yonquis u otros individuos de esos que habíamos aprendido a etiquetar como poco recomendables. Por fortuna, el túnel era corto y al llegar al final uno se encontraba en un espacio muy abierto, sin edificios a su alrededor. Era un contraste curioso, una especie de metáfora urbana del renacer y la esperanza. La sensación de apertura se creaba gracias a los accidentes del terreno: el camino discurría por la ladera de un monte de unos setenta metros de altura. Por la derecha la vegetación crecía frondosa y tupida. Por la izquierda, un desfiladero terminaba sobre las vías del tren, ya próximas a la estación. Al frente, las siluetas de los edificios de la parte más baja de la ciudad, moles negras de hormigón entre las que asomaba tímidamente el mar. En conjunto componían una imagen curiosa, una mezcla de paisaje urbano y rural que resultaba desconcertante para muchos, sobre todo para aquellos que visitaban la ciudad por primera vez o para aquellos que volvían a ella después de mucho tiempo.

Seguí caminando y crucé un paso elevado sobre las vías del tren y la autopista. Mientras caminaba iba trazando un resumen de las cosas que habían ocurrido en las últimas horas, tratando de encontrar una conexión, una lógica, algún sentido. Un relámpago rasgó el cielo con severidad, iluminando todo a mi alrededor con un brillo natural y peligroso. Instintivamente empecé a contar los segundos que transcurrían hasta el sonido del trueno, como me habían enseñado de niño. Cuando llegué a siete un ruido grave y pesado, aunque aún lejano, alcanzó la ciudad. En una demostración de la teatralidad que era capaz de lograr la naturaleza, las primeras gotas de lluvia empezaron a perfilarse contra el resplandor neblinoso que rodeaba las lámparas de las farolas. Me detuve un momento, mientras decidía si seguir caminando o dar la vuelta. Un segundo relámpago trazó un jirón en la oscuridad del cielo. Empecé a contar otra vez desde cero. Esta vez no fui más allá de tres; la tormenta se acercaba deprisa.

Decidí dar la vuelta. No estaba muy lejos del bar de Jose y me pareció que podría ser un buen sitio para refugiarme y aliviar un poco la pesadez de ánimo que me había acompañado durante todo el día. Por si necesitaba algún argumento más para convencerme, la tímida lluvia empezó a volverse más severa y un tercer relámpago ahuyentó las sombras. La tormenta se prometía dura. Eché a correr, deshaciendo el camino. Normalmente no me importaba mojarme con la lluvia, más bien al contrario. Ese día, en cambio, la idea de acabar empapado me parecía horrible, un final de mierda para un día de mierda.

No tardé ni cinco minutos en encontrarme ante la gran cristalera con marcos de madera del bar de Jose. No había una sola luz en la calle, ni siquiera las farolas rompían la negrura de la noche. La lluvia, que ya se había vuelto torrencial, no mejoraba la sensación de ausencia de luz. Me dirigí hacia la puerta de entrada al local. Empujé la puerta para acceder al interior, sólo para comprobar que estaba cerrada. Saqué el móvil del bolsillo y busqué el teléfono de Jose. Tres tonos de espera, que me parecieron eternos, fue lo que tardó mi amigo en coger el teléfono. “Hombre, ¿qué tal?” fue su saludo. “¿Tienes el bar cerrado?” pregunté yo. “Sí, pero estoy dentro, ¿por qué?”, “Porque estoy en la puerta”, “Ah, pues espera. Te abro”.

Y así lo hizo. Apenas treinta segundos después de haber colgado el teléfono me estaba abriendo la puerta, permitiéndome entrar en lo que él llamaba su segunda casa y dejar en el exterior la fría lluvia y el resto de inclemencias. “Menuda noche de mierda” comentó mientras nos estrechábamos la mano. “Ni te haces a la idea, compañero”, respondí mientras me dirigía a la barra y me liberaba del húmedo abrigo en que iba envuelto. “¿Se ha ido la luz, no?” quise saber, más como forma de entablar una conversación que como duda real, pues era bastante obvio que así era: la calle a oscuras, el bar cerrado y sin luz. Ni siquiera la vieja máquina de tabaco que descansaba a la derecha de la puerta de entrada vomitaba su resplandor habitual sobre las maderas astilladas y descoloridas que conformaban los travesaños de la barra. “Pues sí… hace cosa de media hora… una gracia, no veas: ya hay poco movimiento como para que encima pasen cosas como esta… tenía cuatro clientes esperando para cenar algo y ahora estoy cerrado. Lo que más me jode es que mañana, cuando llame para quejarme, me marearán de un departamento a otro, hablando con gente que malamente entiende mi idioma y ni Cristo me devolverá el negocio que pierdo… ¿qué te voy a contar? Esto es España, ya sabes cómo va.”

Asentí en silencio, acompañando mi gesto con una risa breve y forzada, más empática que divertida, mientras me acomodaba en uno de los taburetes acolchados que formaban en posición de firmes frente a la maltrecha barra. “¿Tomas algo?” me preguntó Jose mientras desaparecía engullido por la puerta que daba a la cocina. “Lo de siempre, haz favor”. Unas palabras ininteligibles que me sonaron similares a “ahora mismo” me hicieron suponer que me había entendido.

Un par de minutos después Jose volvió a aparecer tras la barra. Traía un vaso bajo y ancho en cada mano, por lo que supuse que iba a beber conmigo. Era una de las cosas que más me gustaban de Jose y su bar, que siempre me hacían sentir como en mi casa.

Mientras cogía las botellas de Jack Daniel´s y Beefeater del estante de las bebidas y comenzaba a servir las copas me preguntó qué tal el día. Le contesté que bastante raro y le hice un resumen rápido, omitiendo mis inquietudes y cualquier referencia a Joan o a la madre de Alicia. Al cabo de unos momentos, estábamos sentados frente a frente, separados sólo por la barra y nuestras copas. “¿Y no has tenido ninguna noticia más?, porque lo que me estás contando es raro de cojones”. “No, ninguna… a Alicia parece habérsela tragado la tierra”.  Dudé un segundo antes de añadir: “¿qué si no?”.

Se hizo un silencio breve pero pesado mientras ambos nos llevábamos las copas a los labios y bebíamos un trago de oscuridad. Jose me miraba con una expresión en sus ojos que yo había aprendido a identificar con el paso de los años: estaba dándole vueltas a algo. Bajé la vista hacia el vaso, esperando a que le diera forma a la idea. Los cubitos de hielo habían empezado a derretirse con el calor del bourbon y nadaban en la copa con dificultad, buscando su sitio en aquella anarquía de cristal y alcohol. La voz de mi amigo me sacó de mi abstracción a los pocos segundos. “¿Has pensado en que esté detenida pero no te hayan dejado verla?”. Sí, claro que lo había pensado. Es más, estaba prácticamente seguro de ello. “La verdad es que no”, respondí. “¿Sabes lo grave que sería eso que sugieres?”. “Sí, lo sé. Pero ha pasado otras veces”. Lo miré sin poder ocultar la sorpresa. “¿Perdona?”, “eso, que ha pasado otras veces”. Me vino a la cabeza un caso célebre en que unos agentes de una policía autonómica habían detenido a unos individuos y los habían maltratado, pero algo en mi interior me dijo que Jose no se refería a ese asunto. “¿Te refieres a lo de los Mossos?”, pregunté. “No, me refiero a algo mucho más grave: supongo que ya sabes que desde que el imbécil este salió elegido presidente yo estoy bastante implicado con todo el movimiento social que se está generando…”

Asentí.

Efectivamente, lo sabía. Jose siempre había sido un currante, uno más de los españoles que no habían hecho más que trabajar durante toda su vida para conseguir lo poco o nada que ahora tenía. Nunca había sido una persona demasiado vinculada con el movimiento obrero, más bien al contrario, siempre había sido bastante individualista en lo referente a su trabajo. No me interpretéis mal, no era un esquirol de esos que gritan “¡Revolución!” en el bar y luego son los primeros en entrar en su empresa los días de huelga –algo que abundaba bastante en la Vieja España, por cierto-. No, Jose era un tipo solidario con sus compañeros, que no tenía inconveniente en darle su apoyo a cualquiera que lo necesitase, aunque nunca había pertenecido a sindicato alguno ni se había implicado con ningún movimiento. Sus éxitos y fracasos los había peleado solo, pero había hecho todo lo que él entendía posible por apoyar a sus compañeros cuando la situación así lo requería y yo lo respetaba mucho por ello.

Entonces empezó La Crisis. Ya os he hablado de ella, de cómo el gobierno anterior al del Partido Nacional del Pueblo había tratado de capearla, con poco éxito, después de haberla negado durante bastante tiempo y de cómo su fracaso le regaló el gobierno al PNP. Mucha gente, gente corriente, que bajo ninguna circunstancia habría sido votante de dicho partido, dio su apoyo a la candidatura conservadora por castigo al anterior gobierno. Jose era uno de ellos. Cuando vio que la receta que el PNP traía era un recorte por abajo se sintió estafado y, admitiendo su error, se puso en marcha para tratar de enmendarlo de la forma que entendió mejor: entró en contacto con los movimientos civiles más relevantes, empezó a hablar en las redes sociales de engaño y estafa, de corrupción… de política, en el peor sentido del término. Pero eso fue sólo el principio. Si se hubiera quedado ahí, no habría sido diferente de los miles de españoles que se quejaban amargamente de su situación, de lo mal que estaba todo, de lo malvados y mezquinos que eran los políticos y de lo sangrante y peligroso de muchas de sus decisiones, pero a la hora de movilizarse, de perder horas de vida en protestar, llegaban a la conclusión que les venía mejor irse a tomar el sol a la playa o, simplemente, sentarse en casa a ver debates televisados. En poco tiempo, Jose era un rostro habitual en todo tipo de manifestaciones y movimientos sociales. A mí no dejaba de sorprenderme que encontrase tiempo para atender su negocio y mantenerse tan activo: lo mismo estaba en la calle protestando contra las políticas económicas que manifestándose ante el ayuntamiento pidiendo un nuevo refugio para animales abandonados, haciendo bulto en una intervención de alguna plataforma ciudadana o en una asamblea de barrio, discutiendo alternativas y nuevas formas de gobierno. Y todo ello sin cerrar el bar ni un solo día.

Yo, que en muchas ocasiones había estado con él discutiendo en aquella misma barra, me reía y le decía que esas cosas pasaban por ir a votar sin haber leído y le llamaba “activista de coña”. Él, siempre con buen humor, trataba de justificarse como podía. Sus argumentos eran comprensibles, la verdad, aunque yo siempre trataba de hacerle creer que no me lo parecían, para acrecentar su sensación de incomodidad por haber contribuido a que el PNP se llevase las elecciones de calle. Era su justo castigo y él lo admitía como tal.

“Pues lo que te decía, que en las últimas semanas he visto a los compañeros de las asambleas de Madrid y Barcelona comentar en más de una ocasión que alguno de sus colaboradores había sido detenido en protestas o manifestaciones. Algunos pasaban a disposición judicial y salían a las pocas horas en libertad, casi siempre sin cargos; otros, imputados… pero otros…”

“Desaparecían”, terminé yo la frase por él. “Efectivamente”, añadió mientras se llevaba la copa a la boca de nuevo. “Se rumorea por Madrid que se está organizando una Policía Política, algo que tiene muy preocupados a algunos de los coordinadores de las asambleas madrileñas, mientras que otros dicen que eso son paranoias de los unos… que somos españoles, vamos”.

Sonreí por el comentario mordaz, aunque de manera algo forzada. Lo que me estaba contando mi amigo encajaba bien con la información que me había llegado a mí desde la capital: censura, detenciones ilegales… cosas que, hasta donde yo sabía, no encajaban en absoluto con lo que era un Estado de Derecho. Además, cobraba sentido la visita de los dos extraños detectives a la madre de Alicia. En realidad siempre había tenido el mismo sentido, éste, pero yo me negaba a creerlo. “Te has quedado muy callado” me interpeló al cabo de unos segundos. “Sí, es que verás…”

Me disponía a contarle toda información que había omitido antes, más porque me sentía en deuda moral con él que por ninguna otra cosa cuando me interrumpió una vibración en mi bolsillo que a los pocos segundos dio paso a los primeros acordes del “Darkness on the edge of town” de Bruce Springsteen. Saqué el móvil y pude ver en la pantalla que se trataba de un número local que yo no tenía en la agenda. No me sorprendió, ya que por mi trabajo recibía centenares de llamadas al mes, la gran mayoría de teléfonos desconocidos. Miré la hora en la pantalla y vi que era tarde, que estábamos fuera del famoso “horario laboral”. Descolgué. Al otro lado, el ruido de calle y coches me indicó que me llamaban desde una cabina. Supe que era Joan antes de que este hubiera empezado a hablar. “Tenemos que vernos”, dijo para abrir la conversación. “Estoy en el garito de Jose”, repliqué yo. “Espérame ahí”. “Ok”.

Y colgó. Me quedé sentado mirando hacia el exterior. La lluvia seguía cayendo con violencia sobre la oscura calle y no se veían más luces que las de los coches que pasaban de vez en cuando. ¿Qué había encontrado Joan que era tan urgente como para hacerlo salir de su casa en una noche tan desapacible? ¿Información sobre el paradero de Alicia? ¿Sobre las cargas? ¿Sobre otros detenidos, tal vez? Sabía que no iba a sacar nada en limpio hasta que apareciese mi amigo pero no podía dejar de darle vueltas a la cabeza, aunque esta me estaba pidiendo una tregua por medio de un dolor creciente en la parte izquierda.

“¿Todo bien?” me preguntó Jose, que volvía de la cocina con otros dos vasos llenos de hielo. Yo ni me había dado cuenta de que me había dejado solo de lo ensimismado que estaba. Me giré hacia él y le respondí que sí, que todo correcto, que era Joan quien me llamaba y que venía de camino. “No sé si tienes prisa”, añadí tras echar un vistazo rápido al reloj. “No, tranquilo, es temprano. ¿Te voy poniendo otra copa?”. “Dale, dale”, respondí yo mientras empezaba a contarle algunas de las cosas que había omitido antes. Jose me miraba con atención, frunciendo el ceño de vez en cuando en gesto de preocupación. No se sorprendió demasiado hasta que llegué a la parte de los detectives que habían visitado a la madre de Alicia. Me interrumpió para preguntarme cómo sabía que era detectives y yo le respondí que no lo sabía, que sólo tenía la información que me había facilitado la madre y que por eso había llamado a Joan, para ver si él podía confirmar o desmentir algo. Le comenté también que estaba un poco sorprendido por la velocidad de la respuesta, a lo que él contestó que Joan siempre había sido “un tío muy diligente”. No pude hacer otra cosa que darle la razón mientras apuraba el último trago de la primera copa y apartaba el vaso a un lado. Jose me acercó la segunda empujándola con los dedos desde su lado de la barra, detalle que le agradecí levantado un pulgar en señal de aprobación.

Parecía que el tema había quedado zanjado, pues llevábamos ya unos minutos hablando de intrascendencias, cuando Jose volvió sobre él. “Oye… y si descubres que lo de tu compañera es verdad… ¿qué tienes pensado hacer?”. “Francamente, Josiño… no tengo ni puta idea”.

Y era verdad. En circunstancias normales, el procedimiento lo tendría muy claro: solicitar que Alicia pasase de inmediato a disposición judicial y, si procedía, presentar una denuncia contra los agentes responsables de su detención, aunque sabía que esta última tenía poca o ninguna opción de salir adelante debido al nauseabundo corporativismo que empapaba a los llamados Cuerpos de Seguridad del Estado. Desde cierto punto de vista, era comprensible: un agente comete hoy un error, mañana el que se equivoca podría ser el que hoy se está planteando delatar al primero; le gustaría que sus compañeros lo arropasen en su error, así que se calla y protege al compañero. El problema real surgía cuando no se trataba de errores sino de irregularidades, abusos o corruptelas. Siendo justos, el corporativismo operaba a todos los niveles de la sociedad de la época, desde los manguis hasta los médicos, pasando por abogados, políticos y demás personajes de moral discutible. Todo se tapaba salvo aquello que era demasiado escandaloso y, en ocasiones, también eso. Se había extendido demasiado la costumbre de mirar para otro lado. Al final el ciudadano se encontraba con un sistema en el que era difícil diferenciar a los buenos y a los malos y prácticamente imposible obtener un resarcimiento cuando el sistema fallaba. Los que lo intentaban se iban topando con una traba tras otra, con la dificultad para demostrar sus alegaciones, con la oposición de los propios abogados que debíamos defender los intereses de nuestros representados y, demasiado a menudo, no teníamos las ganas o las fuerzas para llevar esas luchas hasta sus últimas consecuencias. La organización policial no era diferente a la de cualquier colegio profesional: una enorme cantidad de intereses contrapuestos pugnando por mantener y ampliar sus parcelas de poder, porque al final eso era lo único que importaba. El que tenía el poder, tenía el control, y una de las mejores formas de conseguir poder siempre había sido la realización de favores, bien sabido era. El poder y la responsabilidad tenían una relación similar a la del café y el azúcar: uno se diluía con facilidad en el otro y le daba mucho mejor sabor cuanto más diluido estuviera. Supongo que no os costará saber cuál era cuál.

“Pues más te vale que empieces a pensar rápido, porque esto me huele fatal”, afirmó Jose, buscando darle un nuevo empujón a la conversación.

No pude contradecirlo: a mí también me apestaba todo aquello, aún sin tener prueba alguna.

Las luces del bar se encendieron de pronto, deslumbrándome. Jose miró al techo con una mezcla de alegría y estúpido desconcierto. A los pocos segundos, los motores de las diferentes máquinas que habían en el bar comenzaron a funcionar de nuevo, inundando la estancia con sus cansados sonidos. En la calle también había vuelto la luz, aunque la lluvia la convertía en un resplandor tímido y tenue que apenas tenía la fuerza necesaria para romper la oscuridad a pocos centímetros. “A ver si aguanta”, dijo Jose mientras cogía el mando a distancia de la televisión que presidía el bar y empezaba a pasar canales. “¿Prefieres música o noticias?”, me preguntó. “Pssss… -respondí- casi mejor pon música”. Asintió y buscó una emisora musical. Tras probar con varias, se decantó por una en la que sonaba “Stairway to Heaven”, de los Led Zeppelin, una de esas canciones que incluso la gente a la que no le gustaba el rock conocía, entre otras cosas porque ya era antigua cuando yo acababa de nacer. Era una joya musical de casi ocho minutos de largo y una letra bastante surrealista que sonaba de maravilla. La había oído miles de veces y me seguía gustando como el primer día. Sin darme cuenta, empecé a canturrearla en voz baja, mientras Jose sonreía, satisfecho.

Estábamos disfrutando la canción cuando, de nuevo, la luz sufrió de muerte súbita y nos invadió la oscuridad. En el despoblado local resonó, alto y claro, el “¡joder!” de Jose. Yo le dije que se tranquilizase, que era normal con la tormenta que teníamos encima. Él, preocupado por las averías que tanto ir y venir de la electricidad podrían causarle a sus electrodomésticos, refunfuñaba palabras en voz baja. Miré el reloj una vez más y vi que eran más de las once de la noche. Me pregunté dónde coño se había metido Joan. Como si me hubiera leído la mente, a los pocos segundos llamaba con los nudillos a la puerta de entrada. Lo saludé con la mano y él me devolvió el saludo. “Ábrele a ese y dile que no queremos comprar nada”, bromeó Jose mientras me tiraba las llaves de la puerta. Las cogí en el aire cuando estaban a punto de golpearme la cara y me dispuse a abrir.

Mientras me acercaba a la puerta, reparé en lo extraña que resultaba la figura de Joan en aquella oscuridad tan cargante. Era un tipo más o menos de mi estatura, quizá algo más alto que yo. Tenía el pelo negro y siempre lo llevaba muy corto, buscando quizá disimular las cada vez más generosas entradas que iban ampliando su frente, como un hotel ilegal que se expande por una costa protegida. Unos centímetros por debajo de aquellas entradas se dibujaba un rostro anguloso, algo triangular, que enmarcaba una cara demasiado afable para la profesión que desempeñaba. Un cuello ancho unía su cabeza a un cuerpo robusto y muy trabajado, de esos que cuando los ves venir a lo lejos sabes con certeza que no te gustaría comerte una hostia promovida por él. El anorak que llevaba puesto no hacía más que aumentar su volumen hasta convertirlo en una especie de muñeco obeso al que se le había ido la mano con los anabolizantes. Para completar la estampa, el agua que se deslizaba por enormes regueros cara abajo le daba un aire de patetismo que no recordaba haber visto nunca en él.

Abrí la puerta y se apresuró a entrar, tendiéndome la mano. Yo le devolví el saludo con el mismo gesto mientras con la otra mano le daba una palmada amistosa en el hombro. “Me alegro de verte”, dije con franqueza. “Yo preferiría estar viendo mujeres que a vosotros dos, pero no se puede tener todo en la vida… podía parar de llover de una puta vez, ¿no?… aunque bueno… tú estarás encantado, ¿no? -afirmó mientras clavaba su vista en mí- cualquier día de estos me cojo una excedencia y me pongo a criar ranas… tanta lluvia de mierda… en fin… Jose… llevo aquí 30 segundos y aún no tengo una copa… cada vez me tratas peor”. El “vete a chuparla” con el que respondió nuestro anfitrión, envuelto en una risa apenas contenida, me hizo olvidar por unos segundos el motivo por el que nos habíamos reunido, trayéndome a la memoria muchas noches como aquella, con amigos en aquella misma barra, riéndonos y gastándonos bromas unos a otros hasta altas horas de la madrugada. Por un momento, fugaz como todo lo bueno, me autoconvencí de que aquella no era más que otra reunión de amigos, reservada para nosotros tres.

El golpe de la puerta al cerrarse me devolvió a la realidad. Pasé la llave de nuevo y, entre tinieblas, me reuní con Jose y Joan, que ya conversaban alegremente uno a cada lado de la barra. Me uní a ellos, impaciente por escuchar la información que había hecho salir de casa a Joan en una noche tan desapacible como aquella. Ellos hablaban del tiempo que llevaban sin salir a entrenar y de sus mejores tiempos por vuelta, todo ello entre chanzas y puyas que eran recibidas con risas y tonos de voz autosatisfechos. Yo, desesperado, me limitaba a beber mi copa a pequeños sorbos, apenas espaciados en el tiempo por unos pocos segundos. El sabor amaderado del bourbon se había inundado con el deshielo que había convertido mi copa en una versión para menores. Me la bebí como uno vería unos dibujos animados infantiles: sin pensar demasiado y sin mayor trascendencia.

Cuando vi que la conversación entre los dos aspirantes a medallista olímpico había perdido algo de intensidad pensé que era un buen momento para saber qué me traía Joan y así se lo hice saber. Suponía que no habría inconveniente en que Jose escuchase lo que fuera a decirme y sabía que, de haberlo, tenían la suficiente confianza para decirlo con claridad y sin temor a que el otro se lo tomase a mal. El policía se levantó y se dirigió al anorak, que colgaba del respaldo de una silla solitaria, llorando abundantemente sobre el suelo de bar. Metió la mano en uno de los bolsillos interiores y sacó un papel doblado en cuatro partes que me tendió sujetándolo entre los dedos índice y corazón. Lo cogí e intenté leerlo en la penumbra que nos rodeaba, lo que fue imposible. Saqué del bolsillo mi mechero de gasolina y, tras encenderme un cigarro con él, lo acerqué a la hoja y empecé a leer.

En la parte superior de la hoja pude ver con claridad el logotipo del Ministerio del Interior, aquel cuadrado amarillo acompañado del Escudo del Reino, una imagen que me repateaba el hígado cada vez que la veía. Tras comprobar de un rápido vistazo que el documento era formalmente correcto, centré mi atención en el contenido. Unos renglones por debajo del logo del Ministerio aparecía el título del documento en letras mayúsculas: INSTRUCCIÓN OPERATIVA 3639.

Seguí leyendo. Cuando llegué al final tuve que empezar de nuevo el texto para asegurarme de que lo había entendido bien. Terminada la segunda lectura, levanté la vista hacia Joan, que me observaba con interés, como analizando mi reacción. “¿Esto va en serio?”, fue lo único que atiné a preguntar. “Eso parece”. “¡JO-DER!”, exclamé.

“¿Podéis dejaros de misterios los dos y contarme qué pasa? -preguntó Jose con cautela, como si no tuviera claro si se le había perdido algo en la conversación- Me estáis acojonando”.

Miré a Joan buscando su autorización para compartir el documento con nuestro amigo. Una leve bajada de ojos me indicó que sí, que adelante, que le parecía correcto, así que se lo ofrecí a Jose, que lo cogió con fuerza y empezó a leer en voz alta:

Ante la creciente conflictividad social derivada de la presente crisis económica y la impopularidad de algunas de las reformas acometidas por el Ejecutivo, es más necesaria que nunca la eficaz actuación de las Fuerzas de Seguridad del Estado para garantizar la seguridad y la paz en todo el territorio del Estado.

Es por ello que, ante el previsible e importante aumento de las manifestaciones, huelgas y protestas, así como de la violencia de las mismas, se produzca también un incremento severo en la cantidad de detenidos, de tal magnitud que podría colapsar rápidamente el espacio disponible en las celdas de las comisarias, lo que derivaría en un problema serio de seguridad y capacidad de gestión que no por incierto debe ser menospreciado.

Así, para una eficaz gestión de tales detenidos, se procederá a darles traslado a las dependencias especialmente habilitadas para tal fin y situadas en el número SEIS de la calle Tomás Alonso, en el edificio conocido como “La Artística”, en el cual permanecerán detenidos hasta que la normalización de la situación social permita su paso por sede judicial.

De igual modo, en aquellos casos en que la conflictividad del detenido, certificada por el personal encargado de la gestión en dicho centro así lo aconseje, podrá decretarse su aislamiento preventivo, suspendiéndose sus derechos de habeas corpus y de asistencia letrada.

En cada comisaría habrá un mínimo de dos y un máximo de cinco agentes encargados de la coordinación de las detenciones y traslados a las dependencias arriba expuestas. Dichos agentes serán designados de forma directa por el Comisario.

Se autoriza el uso de la fuerza que resulte necesaria para mantener el orden público.

Pude ver cómo el rostro de Jose, cálidamente iluminado por la nerviosa llama del mechero, iba cambiando de la incredulidad a la estupefacción. Igual que yo, al terminar la primera lectura emprendió una segunda, esta vez para sí. Cuando concluyó, levantó la vista y nos miró. “¿Esto significa lo que yo creo?”. “Sí, que te podemos detener cuando queramos y que ya pasarás por el juzgado cuando se calme la cosa -respondió Joan.- Puede ser en dos días, o en un mes…”

“O nunca”, terminé la frase de mi amigo mientras un relámpago iluminaba toda la calle con una intensidad que hacía daño en los ojos, seguido tras unos segundos de un trueno tan fuerte que hizo temblar las ventanas del bar. En circunstancias normales nos hubiéramos reído de lo teatral que había quedado, pero estas no eran circunstancias normales: el país estaba revuelto, el gobierno, podrido; Alicia detenida y la policía organizando un centro de detención inconstitucional. No tenía la más mínima gracia.

“Así es… o nunca”, confirmó Joan.

“Yo no sé vosotros, pero yo necesito otra copa”, anunció Jose. Los tres asentimos y Joan y yo le tendimos nuestros vasos vacíos. Mientras nos servía las copas, seguimos discutiendo sobre lo que acabábamos de leer y escuchar, sobre su significado y sus implicaciones. En general, coincidíamos, aunque Joan en ocasiones justificaba cosas que Jose y yo no lográbamos ver como él.

Alrededor de una hora y media más tarde, salimos los tres a la calle sin luces, medio borrachos, y nos encaminamos hacia nuestras respectivas casas, cada uno en una dirección. Al despedirnos, una sensación extraña, como de abatimiento, se había ceñido sobre nosotros, una capa de preocupación y tristeza, quizá de miedo, como si las gotas de lluvia pudieran atravesarnos y calarnos ya no los huesos sino, directamente, el alma; como si el amanecer no tuviera hueco para la esperanza y la promesa que trajera el nuevo día fuese tan solo la de que las cosas aún podían empeorar.

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