Morgan´s

Capítulo VI

In Novela on 8 marzo, 2013 at 0:58

9 de Enero de 2024.

La sesión de pesca de ayer fue bastante fructífera. Conseguí un par de ejemplares de abadejo de buen tamaño y cuatro chocos, también de muy buen ver. Y casi sin más esfuerzo que el de estar sentado junto a la caña y moverla un poco de vez en cuando. Si todos los días de pesca fuesen igual de productivos, seguramente empezaría incluso a ganar peso.

Decidí quedarme en Teis, buscar allí alguna ruina más o menos guarecida en la que instalarme y cocinar -si era posible- uno de los abadejos. No tuve que buscar durante mucho tiempo: en la propia carretera que subía desde el paseo marítimo encontré una casita de piedra de dos alturas que parecía estar en bastante buen estado. La puerta principal estaba abierta de par en par, lo que me hizo suponer que allí no vivía nadie. Recorrí el perímetro de la casa para comprobar que no hubiera signos de vida en el entorno y, en caso de haberlos, que no eran hostiles. No encontré nada.

Me encaminé hacia la puerta principal y me detuve justo en el quicio. Sin dejar de mirar al interior de la vivienda, me descolgué la mochila que llevaba a la espalda y busqué a tientas la pistola. Cuando mis dedos rozaron el rugoso relieve de la culata me sentí más seguro.

Cogí el arma en una mano mientras colgaba de nuevo el petate a mi espalda y, hecho esto, empuñé la pistola con ambas manos y entré. “¿Hola?” pregunté en voz alta. “¿Vive alguien aquí?” insistí. No obtuve respuesta.

Una a una, fui recorriendo las tres estancias que conformaban la planta baja: lo que alguna vez había sido una cocina, lo que alguna vez había sido un salón y los restos de un aseo que, sin duda, había conocido épocas mucho mejores. La planta baja estaba despejada. Deposité la bolsa del pescado sobre lo que quedaba del lavabo y me dispuse a revisar la planta superior.

Subí las escaleras poco a poco, siempre precedido por el cañón del arma. La poca luz que se filtraba por los ventanales de la parte alta me hacía suponer que la vivienda aún tenía ventanas en la planta superior y, posiblemente, también persianas. No pude evitar sonreír al pensar que quizá también quedaba alguna cama en buen estado. Me imaginé durmiendo en una habitación con las cuatro paredes intactas, una ventana que me resguardase del frío exterior y una persiana que poder bajar cuando los primeros rayos de sol empezasen a molestarme. Por unos segundos, fui casi completamente feliz.

Cuando llegué a la cima de la escalera, me encontré en un pasillo rodeado por cuatro estancias. “¿Hola?” volví a preguntar. El silencio volvió a responderme. Parecía estar solo. Entré en el hueco más cercano a mí para comprobar que se trataba de un baño… o mejor dicho, que en algún momento había sido un baño. Los sanitarios habían sido arrancados y, en algunas partes, los azulejos de las paredes se habían ido cayendo y descansaban rotos y mediocres en el suelo. “Bonita metáfora”, pensé antes de abandonar la estancia y terminar mi inspección de la planta.

Las tres habitaciones restantes resultaron ser tres dormitorios. Los suelos, de cemento irregular con restos de madera aquí y allá, me dejaron claro que alguien había pasado por allí, bien buscando cobijo y calor, bien buscando cosas que apropiarse, por ejemplo el parquet. El estado general era bastante lamentable, pero había estado en lugares mucho peores; aquí, al menos, quedaban las ventanas.

Me apoyé en lo que una vez fuera el marco de una puerta y guardé el arma entre mi cinturón y mis pantalones, como un personaje de alguna antigua película de John Ford (aunque ahora que lo pienso, si alguien lee esto alguna vez, quizá ni siquiera sepa quién fue John Ford). Dejé volar la imaginación: la casa estaba en un estado bastante digno. Podría limpiarla un poco, quitar todos los escombros de dentro y quizá buscar algunas maderas viejas que colocar en el suelo de una de las habitaciones, a modo de tarima. Quizá, seguí fantaseando, quizá incluso podría hacerme una cama si tenía la suerte de encontrar algunos tablones viejos en algún mercado… o un hacha para cortarlos yo mismo… otra cosa no tendría, pero árboles a mi alrededor había muchos.

El sonido de la bolsa que había dejado en la planta baja me sobresaltó de repente. Instintivamente, eché la mano al cinturón y cogí el arma en la mano. La bolsa seguía moviéndose, como si alguien estuviese hurgando en ella. “¿Hola?” dije de nuevo en voz alta. “No quiero problemas. Si esta es su casa, me iré por donde he venido”. De nuevo, no hubo respuesta aunque dejé de oír el sonido de la bolsa. Bajé los últimos peldaños de la escalera y, tras asegurarme que nadie esperaba en el exterior, entré en el aseo pistola en ristre.

Un gato negro con una cola larga y muy peluda me miraba con curiosidad sentado sobre la bolsa medio abierta mientras se relamía satisfecho. Inmediatamente supe que había compartido la pesca con aquel inesperado invitado. “Hola colega” le dije. “¿Qué haces por aquí?” El gato ladeo la cabeza un poco y siguió mirándome fijamente. No parecía asustado. Me acerqué un poco. Se alejó de mí lo suficiente para que la distancia entre ambos fuese la misma que al principio, pero lo hizo con tranquilidad, sin prisas, sin aspavientos. Cuando decidió que la distancia era la adecuada, se sentó de nuevo sobre sus patas traseras y volvió a escrutarme con sus enormes ojos negros.

Metí la mano en la bolsa y a tientas imaginé lo que estaba tocando: algunos pequeños trozos de alguno de los pescados que el gato negro había tenido tiempo de desgarrar mientras yo recorría la planta superior. Tomé algunos de esos trozos en la mano y, con dos dedos, los fui acercando al visitante, que dio buena cuenta de ellos con voracidad. Luego dejé que me olfatease la mano y así lo hizo. Sus largos bigotes blancos y el aire cálido que salía de su naricilla me hicieron cosquillas en la palma. Traté de acariciarlo, pero se alejó de mí nuevamente.

“Tienes razón -pensé- las cosas no son así. Antes de tocarte un pelo, ¿qué te parece si te invito a cenar?” Como si me hubiera entendido, el gato respondió con un maullido.

Dejé al gato en el aseo y me dirigí al exterior de la vivienda para buscar ramas y algunas maderas que pudiera usar para hacer fuego. Encontré bastantes restos de árboles en las cunetas del camino, aunque la gran mayoría estaban demasiado húmedos y, por mucho que me esforcé en quitarles la corteza, el interior se encontraba igual de empapado.

Poco a poco, me fui adentrando en la arboleda. El monte de La Guía no se caracterizaba por ser un sitio en el que la vegetación creciese con una gran frondosidad, pero sí presentaba la cantidad suficiente de árboles y plantas para albergar la esperanza de encontrar alguno más o menos seco.  Mi calzado no era el más adecuado para caminar por el monte, lo cual ralentizó mi búsqueda bastante a causa de los continuos traspiés y resbalones. El suelo estaba cubierto por un manto ocre de hojas muertas sobre las que se había formado una película de humedad que me obligaba a afianzar muy bien cada paso que daba. Cuanto más me adentraba entre los árboles, mayor era la sensación de humedad y menor la cantidad de luz que llegaba a mí, lo cual me estaba haciendo sentir bastante incómodo.

Por fin, a pocos metros por delante de mí, vi un tronco de árbol hueco por el centro. Había sido montañero cuando era un crío y, aunque no recordaba muchas cosas, sabía que los árboles huecos suelen tener en su interior madera podrida que arde muy bien.

Me acerqué al cadáver del árbol y vi que su interior estaba lleno de hojas secas, así como de algunas ramas que poco a poco se habían ido cayendo desde la copa. Las unas daban cobertura a las otras, por lo que estaba de suerte: las de la capa central estarían bastante secas y, si no lo estaban, posiblemente podría secarlas lo suficiente para que ardieran y poder cocinar el pescado. Con una sonrisa satisfecha, aunque no sin precaución, empecé a apartar las hojas superiores. Me gustaba la naturaleza, pero no podía evitar una cierta sensación de temor cuando metía las manos en lugares desconocidos. Siempre pensaba que me podría clavar algo, ser mordido por algún animal o picado por algún bicho. Las paranoias del urbanita, no sé si me entendéis.

Por suerte, nada de eso ocurrió y a los pocos minutos tenía un buen montón de ramas y hojarasca. Supuse que sería suficiente para cocinar la cena y quizá también hacer una pequeña hoguera en alguno de los cuartos de la planta superior de la casa que me permitiera calentarla un poco. Y en caso negativo… bueno… había dormido en sitios bastante peores y había sobrevivido.

Cargado con mi botín de naturaleza muerta me encaminé de nuevo hacia la carretera. La oscuridad se iba aclarando poco a poco a cada paso que daba, lo que iba relajando mi estado de alerta. Sabía que no iba a desaparecer nunca del todo, pero era agradable sentir que volvía a sus niveles normales, que dejaba de estar asustado para pasar a estar, simplemente, inquieto. Cuando llegué a la carretera reparé en que el cielo empezaba a tener ese tono plomizo que precede al anochecer, cuando la luz y las tinieblas escenifican su macabra danza, sabiendo siempre de antemano cuál será el resultado.

Miré a ambos lados de la carretera antes de cruzarla y al verla totalmente desierta me di cuenta que lo había hecho por costumbre: por la Zona Exterior no circulaban coches y las señales de tráfico que quedaban en pie eran meros recordatorios del fracaso de lo que un día creímos una civilización avanzada. Como suele ocurrir en estos casos, la realidad decidió demostrarnos lo equivocados que estábamos y lo hizo a lo grande: la bofetada que nos dió fue tan grande que su eco todavía resuena por los montes y valles de la Nueva España y, dicen, que la risa de la ironía todavía puede escucharse en algunos cabos y golfos si uno escucha con atención en las noches cálidas de verano.

Tras comprobar que nadie me observaba ni me seguía crucé el umbral de la puerta principal de mi nueva casa. El gato negro se había hecho una bola en uno de los peldaños de la escalera y apenas levantó una oreja cuando reparó en mi presencia. Dejé caer el cargamento entre los restos maltrechos de lo que en otro tiempo había sido una bañera y pude ver que el gato negro ya había cenado: unos tentáculos bastante maltrechos asomaban desde la bolsa en que llevaba la pesca y en el suelo podían verse perfectamente los restos de uno de los chocos. “¿Estaba bueno?” pregunté a mi peludo compañero de piso, sin esperar respuesta alguna por su parte. Él, por supuesto, me ignoró por completo. Yo sonreí. Siempre me habían gustado los gatos. A continuación empecé a rebuscar entre las ramas y hojas que había traído las que tuvieran pinta de arder mejor y formé un pequeño montículo con ellas. A continuación rebusqué en mi mochila el bote en que llevaba la gasolina que usaba para el mechero y prendí fuego a las hojas secas ayudándome de unas pocas gotas del escasísimo acelerante. Tuve que intentarlo varias veces, pero al final conseguí que ardiesen. Vigilé la llama durante un par de minutos hasta que adquirió la altura suficiente para estar seguro de que no se apagaría. Después, vacié los abadejos y los atravesé como pude con las ramas más recias. Por fin, al cabo de un buen rato, empecé a cocinar. Pronto el aseo estuvo lleno de humo y una mezcla extraña entre el olor del pescado y el de las hojas ardiendo, aderezado con un toque a gasolina. Media hora después ya había cenado. Cogí los restos de los abadejos y se los acerqué al gato negro que seguía dormitando tranquilamente en la escalera. Ronroneaba tan fuerte que tuve la sensación de sentirlo a través del suelo. Me quedé un rato en silencio a su lado, tratando de moverme lo menos posible: me gustaba sentir de nuevo la cercanía de un ser vivo sin la necesidad de desconfiar de sus intenciones. Me di cuenta entonces de lo solo que me sentía y mi ánimo se enturbió bastante, hasta el punto que decidí irme a dormir, quizá para no seguir sintiendo pena de mí mismo. Susurré a mi nuevo amigo un “hasta mañana” apenas audible y, tras coger mi mochila, subí a la planta alta.

La luz que antes se filtraba por las ventanas había dejado paso a la primera oscuridad de la noche. Encendí el mechero y, tratando siempre de mantenerme alejado de las ventanas, caminé por el piso superior de la vivienda buscando la habitación más segura. Tras dar un par de vueltas, opté por guarecerme en la más alejada de la escalera, confiando en que si alguien entraba durante la noche tendría tiempo para despertar y reaccionar. Para no correr el riesgo de no despertar a tiempo si algún visitante inesperado se colaba durante la noche, esparcí trozos de azulejo por todo el pasillo de la planta superior, confiando en que el ruido que harían si alguien los pisaba me ayudaría a despertar. Tan pronto acabé de preparar mi improvisada alarma extendí la desgastada manta que me acompañaba en el suelo  y me recosté sobre ella, tapándome lo mejor que podía con la parte que mi cuerpo no ocupaba. No era demasiado confortable, pero por comparación con los sitios en que había estado durmiendo era un verdadero palacio. Comprobé que mi arma estaba cargada y la coloqué al alcance de mi mano derecha, tratando de cubrirla con la manta por si fallaba la alarma casera y necesitaba el factor sorpresa. Cuando todo estuvo a mi gusto y la falsa sensación de seguridad fue lo bastante grande, me dejé atrapar por el sueño.

En mitad de la noche, sentí una presión sobre el pecho que me dejó sin aliento y me despertó de golpe. A mi alrededor, todo era oscuridad. Instintivamente, eché la mano a la pistola que descansaba a mi lado mientras trataba de acostumbrar mis ojos a la negrura que me rodeaba. Toda la habitación estaba en silencio, salvo por el ronroneo sordo del gato. Poco a poco, la presión se fue desplazando hacia mi costado, y sólo entonces caí en la cuenta que lo que me había sobresaltado no había sido otra cosa que mi amigo felino saltando sobre mi pecho. Por unos segundos tuve ganas de estrangularlo, por el susto que me había dado. Al final, opté por abrazarlo. El animal se acomodó sobre un costado, muy pegado a mí y siguió ronroneando. Cerré los ojos de nuevo y traté de conciliar nuevamente el sueño, aunque esta vez sin soltar el arma.

Llevaba unos minutos sin moverme, tratando de dormirme de nuevo cuando escuché un crujir de azulejos proveniente de la planta inferior. Inmediatamente pensé en el gato negro, pero éste dormitaba a mi lado, ajeno a cualquier peligro. Agucé el oído. Todo era silencio. Con el dedo pulgar de la mano derecha, comprobé que el seguro del arma estaba quitado.

Un nuevo crujido de azulejos al romperse, más cercano. Después otro. Aún otro más. No cabía duda: alguien se acercaba.

Miré a mi alrededor buscando un hueco, una salida, alguna escapatoria que me permitiera evitar la confrontación con quienquiera que estuviese subiendo las escaleras.

Pero no la había.

Reparé entonces en que la habitación parecía menos oscura que antes y, casi de forma automática, mis ojos buscaron la fuente de luz en el exterior. Una tímida luna menguante, tan sola en el firmamento como yo había creído estarlo en aquella casa, se filtraba por el mugriento cristal amansando ligeramente las sombras de la habitación. Intentando no hacer ruido alguno me arrastré por el suelo hasta la esquina opuesta a la puerta y me quedé tumbado boca abajo, con la vista clavada en la puerta de entrada al cuarto y la pistola extendida frente a mí, apuntando en la misma dirección.

El sonido de los azulejos al ser pisados se oía cada vez más cercano. Un sudor frío empezó a resbalar por mi espalda. Mi mente vagaba entre diferentes amenazas, imaginando qué o quién podría entrar por aquella puerta. ¿La Nueva Seguridad? ¿Algún saqueador? ¿Un animal, quizás? Lo único que deseaba era que, fuera lo que fuera, pudiera abatirlo antes de que supusiera una verdadera amenaza. El miedo me agarrotaba todos los músculos del cuerpo y empezaba incluso a dudar si iba a ser capaz de apretar el gatillo en caso necesario. Las palmas de las manos me sudaban y la culata de la pistola estaba cada vez más húmeda y fría.

Fue entonces cuando el gato negro se levantó y, tras estirarse cargando todo su peso sobre las patas traseras, bostezó de manera exagerada y echó a caminar en dirección al pasillo. Se detuvo en el quicio de la puerta y maulló hacia el exterior de la habitación, hacia el inesperado visitante, según supuse yo. En el pasillo, los pasos se reanudaron, acercándose más y más al dormitorio en que yo me encontraba.

No recuerdo muy bien lo que ocurrió en los segundos siguientes, aunque sí recuerdo haber maldecido al puto gato por lo inoportuno de su despertar. Aumenté la presión de mi dedo índice sobre el gatillo de la pistola y, en la penumbra, pude ver cómo el percutor del arma comenzaba a levantarse lentamente. Oí entonces el murmullo de una voz dirigiéndose al gato; el inesperado visitante era una mujer. Mi amigo peludo salió al pasillo, aparentemente confiado y pude escuchar a la mujer dirigirse al animal: “hola guapo”, “¿qué haces aquí?”, “¿vives solo?”, “¿de dónde vienes?”…

La imaginación me traicionó una vez más y, por un segundo, creí que aquella voz me resultaba familiar. Sabía que era improbable, imposible casi, que nadie a quién yo conociera hasta el punto de reconocer su voz pudiera haber recalado en la misma zona de la ciudad que yo, en el mismo día que yo y, más improbable aún, en la misma vivienda abandonada que yo. No… no era posible que se diera tal cúmulo de casualidades y, si bajaba la guardia por ello, quizá acabaría muerto. O aún peor: detenido.

La mujer seguía hablando con el gato. Yo seguía tirado en el suelo, muerto de miedo. La luna seguía filtrándose por la ventana y, en algún lugar dentro del Muro, muchos miles de personas vivían tranquilas, quizá sin llegar a conocer jamás esta sensación de miedo, de tensión absoluta, de saber que, en pocos segundos, dos vidas estarían en juego y, quizá, una de ellas resultase perdedora.

El gato se dio media vuelta y, con esa tranquilidad que pocos animales escenifican tan bien como los felinos, volvió a entrar en la habitación. Pude oír de nuevo la voz de la mujer imprecando al animal: “oye… ¿a dónde vas?”, “espera”, “¡vuelve!”.

Mientras pronunciaba estas palabras, la extraña llegó al quicio de la puerta. La oscuridad no me permitía apreciar bien su figura y su cara era poco más que una gran sombra. Lo único que podía intuir era que, fuese quien fuese, llevaba el pelo largo.

“¡Quieta!” le grité. “Tengo un arma y te estoy apuntando. No hagas ningún movimiento brusco y levanta las manos.”

La mujer obedeció sin rechistar.

“Acércate despacio y, si estás armada, mejor que me lo digas ya mismo. De ti depende cómo acabe esto.”

“No voy armada. No lo necesito. Esta guerra no va conmigo. Aparentemente, contigo sí. Tienes un arma, me estás apuntando… tienes a este pequeño cabrón para atraerme hacia ti…” dijo la mujer dirigiéndose al gato en tono reprobatorio. El animal se lamía la pata trasera izquierda en una postura difícil de comprender, ajeno a todo lo que ocurría en la habitación.

Y a mí aquella voz… aquella voz me recordaba algo… había en ella un deje familiar, algo que me hacía pensar en los tiempos anteriores a la guerra… sus palabras, su forma de hablar, su tono… mi memoria rebuscaba en los recovecos más recónditos, sabiendo que la conocía de algo, pero la prudencia y los años de desarrollo del instinto de supervivencia me forzaban a seguir manteniendo el arma entre ambos, así como una distancia más que prudencial que me diera la ocasión de reaccionar ante cualquier movimiento extraño de la desconocida.

“Te conozco.”

“Sí.”

“¿Quién eres?”

“¿No lo sabes? qué decepción…” dijo mientras se acercaba un par de pasos.

“No te acerques más.” ordené.

Se había adentrado lo suficiente en la habitación para que la luz de la luna me permitiera perfilar su cuerpo. Era alta, quizá algo más que yo y, aparentemente, muy delgada. Su cabello era oscuro como el alma del asesino y ligeramente ondulado. Vestía una especie de sudadera y vaqueros muy holgados. Y lo más importante: decía conocerme.

Sujeté la pistola con una sola mano y cogí el Zippo de mi bolsillo sin dejar de apuntar a la extraña con el arma. Lo encendí sin mirarlo y cuando vi su tenue resplandor por el rabillo del ojo lo acerqué a la extraña.

La luz fue revelándola de abajo arriba: largas piernas, torso delgado, pechos pequeños y por encima aquella chaqueta blanca que, por algún extraño motivo, hizo que algo se despertase en mi interior. Seguí alzando el mechero hacia la cara de la extraña y cuando la luz descorrió el velo de tinieblas que la cubría, aquellos labios finos, aquellos ojos caóticos y aquella mata de pelo ondulado me golpearon con más violencia que en la peor paliza imaginable. La sorpresa hizo que el mechero se escurriese entre mis dedos e impactase con violencia contra el suelo.

Aquello no era posible.

“¿Celia?” pregunté con incredulidad.

Ella asintió divertida. “¿Puedes bajar el arma?”

Así lo hice. Guardé la pistola en el cinturón y me agaché a recoger el mechero, aún noqueado por el encuentro.

Cuando levanté la vista, sus ojos negros se clavaron en los míos y los atravesaron directos hasta lo más profundo de mi alma. Recordé risas, borracheras, abrazos, besos, gritos, peleas, desengaños, orgasmos… recordé mi vida antes de la guerra.

Instintivamente, me lancé hacia ella y la besé apasionadamente. Unos segundos después, sus manos desabrochaban mi camisa y mis labios se bebían los suyos. Mis dedos recorrían su cuerpo como si lo hubieran tocado por última vez ayer mismo. No quedaba nada de la civilización y nosotros nos habíamos convertido en dos animales irracionales. “¿Cómo me has encontrado?” preguntaba yo. “Shhhhh” era la respuesta de ella. Yo esnifaba su pelo, tan familiar y a la vez tan extraño; quería sentirla. Colocarme con ella. Morir de sobredosis. Ella mordía mis labios, se alimentaba de mí, de pasión, de vida, de mi sangre. Al final, exhaustos, nos dormimos abrazados.

A la mañana siguiente, cuando desperté, estaba solo.

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