Morgan´s

Capítulo V

In Novela on 11 agosto, 2012 at 20:15

8 de Enero de 2024.

Siempre me han fascinado los procesos cerebrales… a veces, uno olvida cosas hechas hace poco más de unas horas y, de no haber testigos que puedan recordarnos que ha pasado, el hecho cae en el olvido y nunca más sale de él; en otras ocasiones, en cambio, recordamos con viveza cosas que han ocurrido hace semanas, años o décadas, y revivimos incluso las sensaciones que teníamos en ese momento que recordamos.
Será por eso que ayer, cuando acabé la entrada del día, estaba asustado e incómodo. Siempre estoy asustado, es cierto, se ha convertido en nuestro estado mental más habitual, pero ayer estaba asustado de otro modo. Revivir aquel primer encuentro con la brutalidad, con la sin razón, con las primeras grietas en los cimientos de lo que yo consideraba una sociedad civilizada me tocó demasiado adentro. Mientras escribía, lloraba y mientras lo hacía, no encontraba ni liberación ni consuelo. La gente a mi alrededor me miraba con indiferencia, porque no hay nada atípico en ver a una persona desmoronarse en esta nuestra Nueva España. Al contrario, se trata de una de las imágenes más habituales que uno se pueda cruzar. En su momento, hace años, era extraño ver a alguien llorando por la calle, salvo que se tratase de un niño o quizá algún adulto al que habían roto el corazón hacía breves instantes… y como extraño que era, resultaba llamativo… pero esas cosas ya no sorprenden, porque los llantos de miedo y desesperación se han convertido en una de las imágenes más cotidianas de nuestra nueva vida. Y a nadie le importan los motivos ni nadie muestra la más mínima empatía. Como mucho, nos damos la vuelta y tratamos de no molestar a la persona que llora. Quizá en otra época habríamos preguntado qué le ocurría, o quizá le habríamos puesto una mano amiga sobre los hombros. Quizá, incluso, si era un amigo o un conocido le habríamos dado un abrazo para reconfortarlo… pero todas esas cosas se han quedado en la Vieja España y en algún lugar de nuestros subconscientes y tampoco tiene sentido perder el tiempo recordándolas. Los tiempos han cambiado y la ley de la selva se ha impuesto… así que o te adaptas o mueres…
Mis pasos me han traído lejos de la zona centro, al antiguo barrio de Teis. Es una zona muy próxima a la costa, por lo que es buen sitio para intentar pescar algo que llevarse a la boca. Desde las ruinas del antiguo puerto deportivo de la Lagoa uno tiene unas vistas exquisitas de lo que una vez fue la ciudad, alzándose caótica y majestuosa sobre la ladera del monte del Castro. Algunos de sus edificios todavía se mantienen en pie, resaltando de una manera muy especial los que están construidos dentro del muro. La sordidez y la destrucción que se percibe en el exterior del mismo, deja paso a unas torres modernas y limpias que rodean lo que una vez fue el ayuntamiento de la ciudad. Uno no puede si no preguntarse cómo será la vida dentro del muro, por mucho que en nuestro interior sepamos que no nos gustaría vivir allí. Recuentos, toques de queda, control de población… no, no nos gustaría, seguro, pero hay que reconocer que, si uno no sabe lo que ocurre allí dentro, el lugar tiene un aspecto de lo más apetecible.
Aquí afuera, todo es frío y ruina, aunque al menos somos libres para ir y venir a nuestras anchas. Allí dentro hay políticas de pensamiento y Nueva Seguridad en todas partes. El Presidente del Gobierno se dirige a los ciudadanos una vez al día para recordarles la suerte que tienen de estar viviendo en la Zona Segura y lo agradecidos que deben estar al gobierno por haberlos salvado de la anarquía y el caos. Muchas personas se lo creen ciegamente. Otras no tanto, pero tratan de no dejar ver sus verdaderos pensamientos, por si acaso alguien los notase y hubiera represalias. Otros, la gran mayoría, han conseguido dejar de pensar en ello… dejar de pensar en cualquier cosa, en realidad.
Y parece que funciona. La gente quiere tranquilidad, quiere seguridad, quiere no pensar. La vida dentro del muro es plácida y cómoda para aquellos que han renunciado a pensar. El gobierno vela por su rebaño, aplicando la máxima que enunciara Orwell de que la ignorancia es la felicidad. Y sí… parece que va bien.
Dentro del muro la gente va a comprar a la tienda, al médico cuando está enferma, al cine cuando está aburrida. Dentro del muro, los ciudadanos trabajan lo que el gobierno les dice que trabajen, se casan cuando el gobierno les indica que ha llegado la hora de hacerlo y tienen la obligación de tener dos hijos por matrimonio. Ni uno más, ni uno menos. Aquellos que no pueden cumplir con sus Tasas de Sociedad son expulsados. Sin más. No existen juicios, no existen sentencias… no existe nada: el gobierno, todopoderoso y omnisciente toma todas las decisiones por sus ciudadanos, que se limitan a seguir las directrices ciegamente. Los domingos hay fútbol, los martes baloncesto. Cada ciudadano de la Nueva España tiene la obligación de acudir a todos los partidos que juegue en casa el equipo de su ciudad. Curiosamente, las ligas las siguen ganando los equipos de Madrid y Barcelona. Algunas cosas no cambian siquiera tras una guerra.
Aquí, fuera del muro, cazamos y pescamos la mayor parte de nuestro alimento. Algunos, generalmente los más ancianos, se asientan en algún lugar tranquilo y tratan de crearse una especie de vivienda con lo que pueden salvar de entre los escombros y cascotes. Muchos lo consiguen, incluso logran cultivar vegetales en pequeños huertos improvisados. Después, acuden a los mercadillos que, expontaneamente , se forman cada cierto tiempo en ciertas zonas y allí intercambian sus verduras y legumbres por pescado, carne o algún otro bien necesario como ropa o medicinas. El dinero, aunque se acepta, apenas tiene valor. Al fin y al cabo… ¿qué utilidad tienen unos papelitos de colores en este nuevo mundo?
Precisamente es de la pesca de lo que más a menudo vivo yo. Hoy, sin ir más lejos, escribo estas líneas mientras espero sentado junto al mar a que la improvisada caña de pescar que me he construido se agite en señal de que algún pez despistado ha mordido el anzuelo. A mi alrededor abundan los restos hundidos o medio hundidos de diferentes embarcaciones de recreo, como testigos mudos de lo que una vez fue lujo y diversión para ricos. Tras mi espalda un pequeño polígono de naves industriales en ruinas pero con la garita del vigilante y la valla de control aún intactos, como resistiéndose, orgullosos y desafiantes, a dejarse doblegar o tumbar. Y en medio de la explanada que conforma el espigón, allí estoy yo, que en circunstancias normales nunca hubiera podido ir más allá de la caseta del vigilante. Vengo a pescar aquí a menudo, en parte, porque me resulta satisfactorio “colarme” en el puerto deportivo… qué tontería, ¿no? Pero a mí me gusta. Me siento poderoso y reafirmado en mi lucha por sobrevivir, por acabar con los abusos. Es mi sucedáneo de rebeldía, el cual, por otra parte, es parcialmente culpable de haberme llevado a este punto…
Parece que los peces se lo están tomando hoy con una cierta calma, así que voy a aprovechar para seguir con mi historia, tratando de recoger la larga cadena de sin sentidos que nos trajo a este punto, quizá con la esperanza de que nuestros errores pasados nunca se repitan en el futuro. Para ello, ciertamente, necesitaremos primero acabar con todo lo que funciona mal en esta Nueva España… titánica tarea en la que, por ahora, no hemos logrado grandes éxitos… pero no pierdo la esperanza… ya no. Hace años estuve convencido que lo único que nos quedaba era arrodillarnos ante el gobierno, que no habría forma de plantarles cara.
Fue, más o menos, en la época de los incidentes que conté en la entrada anterior…
A la mañana siguiente a los disturbios, me desperté prácticamente en la misma posición en que me había quedado dormido: la espalda contra la puerta de entrada, las piernas estiradas sobre el suelo y un brazo dormido; aparentemente al haberme ladeado durante la noche, me las había apañado para interrumpir el flujo de sangre a la extremidad, por lo que mis primeros recuerdos de esa mañana son de dolor en el brazo y un desconcierto severo, como cuando uno se despierta de una gran borrachera y encuentra dificultades hasta para reconocer su propio cuarto.
En mi caso, el desconcierto duró apenas unos segundos, cediendo el paso rápidamente a las imágenes del caos del día anterior que, a la luz del nuevo día, se me antojaban un mal sueño, una especie de pesadilla producida quizá por un exceso de copas o de telediarios.
Miré el reloj que presidía el salón y vi que eran poco más de las nueve de la mañana. Iba a llegar tarde al trabajo, pero estaba seguro que a nadie le iba a preocupar demasiado.
Puse el café al fuego y, mientras se hacía, me fui a tomar una ducha. El agua fresca sobre la cabeza me sentó bien y quince minutos después era casi un hombre nuevo. Cogí un traje gris de raya diplomática del armario y me vestí apresuradamente. Me serví una taza de café solo que me bebí de un trago. Estaba muy caliente y, aunque siempre he sido bastante sensible al calor de las bebidas, aquella mañana encontré ese calor reconfortante. Cogí el maletín, me puse las gafas de sol y salí de casa. Bajé la escalera con calma, sin prisas. No tenía demasiadas ganas de volver a pisar la calle. El espectáculo de la tarde noche anterior aún daba vueltas por mi cabeza y ésta no paraba de hacer conjeturas sobre lo que vería en la calle tan pronto cruzase el portal.
Me detuve unos segundos en él y miré a ambos lados. En la calle, todo parecía normal. La gente caminaba con tranquilidad, los coches circulaban a más velocidad de la que recomendaba el intenso tráfico y las verjas de los negocios, hasta ahora cerradas, se iban levantando poco a poco para saludar a la nueva jornada laboral. Los rostros de mis conciudadanos reflejaban una cierta preocupación, aunque tampoco más de la que ya venía siendo habitual desde hacía algunos años; estaban siendo tiempos duros y se notaba. Algo más tranquilo, eché a caminar hacia mi coche.
Cuando llegué a él, el sonido de los retrovisores desplegándose me resulto extrañamente tranquilizador. Abrí la puerta y me senté, cerrándola tras de mí. Introduje la llave en el contacto y, no sin pensar antes que debería ir a limpiar el coche, arranqué y me dirigí a la oficina.
Trabajaba en el otro extremo de la ciudad, en lo que se conocía como barrio de Coia o “Coya”, a secas, según a quién se le preguntase. Llevaba unos años ejerciendo como asesor en una inmobiliaria, posiblemente en el que era el peor momento para dedicarse a algo relacionado con el sector de la vivienda. La crisis que veníamos padeciendo ya desde hacía unos años se había fraguado en un aumento de las viviendas embargadas y una contracción del crédito que habían paralizado completamente el sector. En una muestra más de lo absurdo que era el sistema, habíamos pasado de dar créditos a cualquier indocumentado a negárselos incluso a los ciudadanos de posiciones más solventes. Mientras, centenares de empresas se iban todos los días a la quiebra y la lista del paro engordaba más que los cerdos de granja. Mi nómina era una mierda, pero había llegado a ese punto en que estaba agradecido por tener una. Tampoco podría decir que me emocionase mi trabajo… más bien al contrario. Estaba aburrido de él, me producía una apatía terrible el día a día de mi actividad: descuelga teléfono, llama a piso, sácale fotos, dale publicidad, haz visitas, encuentra un inquilino, firma un contrato… y vuelta a empezar. Tenía la sensación de haber quedado atrapado en una rueda de hamster de la que no podía salir porque el sistema no se iba a detener para mí. Siempre había sido una persona emprendedora, pero había cometido algunos errores en el pasado que lastraban mucho mis ganas de iniciar nuevas aventuras. Tampoco puedo decir que la situación global invitase mucho a emprender nada que no fuese una huida: a otro país, a otro continente… quizá a otra vida.
Ocupado en estos alegres pensamientos, llegué a mi trabajo. Cuando me bajé del coche, estaba algo desconcertado: esperaba que, tras los sucesos del día anterior, la ciudad estuviese inmersa en una especie de tensión muda, en ese plomizo silencio que parece asentarse sobre las ciudades antes de que descargue la tormenta. Esperaba, quizá, ver alguna protesta, alguna manifestación, algún antisistema trasnochado gritando proclamas a la policía.
Pero no vi nada de eso. La ciudad estaba exactamente igual que la mañana anterior y, de no haber estado presente, si me lo hubieran contado, me habría resultado bastante difícil creérmelo.
Entre en la oficina y saludé a mis compañeros de trabajo. Estaban casi todos allí, faltaban tan solo Miguel y Alicia. Como de costumbre, intercambiamos algunas bromas, especialmente Iván y yo, que siempre habíamos tenido una buena relación, desde el primer día. Era un par de años mayor que yo y quizá por eso nos llevábamos tan bien, porque éramos los más jóvenes de la empresa. El caso es que siempre seguíamos el mismo ritual: tras el saludo de rigor, intercambiábamos opiniones sobre la agenda del día y, tras hacer algunas llamadas, salíamos a tomar el café, donde compartíamos anécdotas y vivencias. Era un chaval muy majo, de esa gente a la que se le puede leer la bondad en los ojos.
Aquel día no fue distinto: tras las llamadas de rigor, salimos a tomar el café. Una vez allí, movido por la curiosidad, le pregunté si no había oído nada sobre los hechos del día anterior. Me preguntó qué hechos, por lo que supuse que no. Le expliqué lo que había vivido en la Plaza de la Constitución, tratando de ser lo más fiel a la realidad posible, sin desviarme de los sucesos que yo había presenciado y sin hacer conjeturas. La cara de Iván fue cambiando poco a poco de la incredulidad al desconcierto para establecerse, al poco de acabar mi relato, en una importante preocupación.
Permanecimos en silencio unos minutos, no sé decir cuántos. Iván repasaba mi historia en su cabeza, intentando descubrir algún error en la misma que le señalase que yo me estaba riendo de él, tomándole el pelo. De vez en cuando, me pedía alguna aclaración sobre algún punto en concreto, pero la mayoría de las veces mi respuesta se limitaba a un “no sé, no podía verlo desde donde yo estaba”.
Terminamos el café y volvimos a la oficina. Era evidente que le había amargado el día a Iván. Se molestaba todo lo posible por parecer afable y despreocupado, pero estoy seguro que, en su interior, no deseaba otra cosa que salir corriendo a su casa y abrazar a su hijo. Por supuesto, no dije nada al respecto.
Crucé la puerta de la oficina por segunda vez aquella mañana y vi que algunos compañeros habían salido y otros regresado. Quedaban el jefe y su fiel escudero, Miguel, uno de esos despreciables aduladores que venderían a su madre por medrar un poco. Lo conocía hacía algunos años y, poco a poco, el aprecio que le había profesado al inicio se había ido convirtiendo en un desprecio más que patente a medida que lo conocía, entre otras muchas cosas por la forma tan altiva con que despreciaba a la clase trabajadora, algo que me sacaba de mis casillas.
Aquella mañana, por supuesto, estaba criticando al oído del jefe la huelga de los días anteriores. Había conseguido desarrollar una especie de inmunidad contra sus estupideces, pero aquella mañana fue superior a mí. Aún hoy, con la de años que han pasado, me hierve la sangre al recordar las tonterías que estaba diciendo, riéndose como una hiena, con esa risa falsa que tanto me enervaba. El jefe, quizá por ignorancia, quizá porque en el fondo era como él, le reía las gracias, aunque en privado se le llenaba la boca diciendo que él era un obrero más, que había nacido en la aldea, en medio de las vacas. Era cierto, pero mientras algunos obreros desarrollan la conciencia de clase, otros hacen lo que sea para perder su condición de tales. En el caso de este hombre, se había dado cuenta que si quería crecer necesitaba un buen equipo humano a su alrededor, gente comprometida con su negocio, capaz de dedicarle tanto tiempo como fuera necesario. Y dio con nosotros. Durante algunos años, peleamos por sacar la empresa adelante, consolidarla, crear una marca de referencia en nuestra ciudad. Tuvimos momentos buenos, malos y horribles, pero siempre estábamos unos para apoyar a los otros…
…hasta que el jefe decidió que eso no podía ser así y se dio cuenta que era más rentable exprimir a sus colaboradores hasta que no dieran más de sí. Pasó de proletario a gran empresario en una sola noche y, por el camino, se le quedó también la dignidad. Una lástima porque aún hoy estoy seguro que, en el fondo, no era una mala persona.
Traté de trabajar, de desconectar mi cerebro y enfrascarme en la rutina habitual. Abría mi Facebook cada pocos minutos, buscando alguna noticia referente a la noche anterior. Estaba convencido que la orden de disolver las manifestaciones había sido dada a nivel nacional, que el caso de Vigo no era un hecho aislado.
Nada. Cero. Ni una sola referencia.
Desconcertado, pasaba entonces a las portadas de los grandes periódicos digitales, para comprobar que tampoco en ellos se hablaba de lo ocurrido. Un poco mosqueado, me fui a ver qué decía la gente en Twitter… pero Twitter estaba experimentando problemas técnicos aquella mañana.
Me gustaría deciros que empecé a sospechar que algo raro estaba ocurriendo en ese preciso instante, pero os mentiría. Seguí haciendo llamadas telefónicas y hablando con clientes, redactando contratos y asesorando a las personas que entraban por la puerta con algún problema legal. Los compañeros seguían entrando y saliendo y, hacia mediodía, estábamos todos en la oficina salvo Alicia.
Era el último fichaje que había hecho el jefe, una chica más o menos de mi edad, alta como una torre y fuerte como una muralla. Debo reconocer que impactaba un poco la primera vez que la veías, por su apariencia ruda. Cuando intercambiabas treinta palabras con ella te dabas cuenta que el primer juicio había sido erróneo: era todo cordialidad y calidez.
En circunstancias normales, no me habría extrañado que no estuviera en la oficina pues, al fin y al cabo, todos éramos comerciales y nuestro trabajo, en esencia, era estar fuera de ella. Pero yo sabía que Alicia estaba indignada por las políticas que estaba aplicando el gobierno y que se moría por hacer algo, por manifestarse, por salir a la calle, por dar un paso para intentar, al menos, que algo cambiase. Creía en la lucha de clases y seguramente habría ido a la manifestación de la noche anterior. Entonces empecé a preocuparme.
Pregunté a los compañeros si sabían algo de ella, si la habían visto esa mañana. Todos negaron, dejándome aún más preocupado que antes. Le mandé un whatsapp preguntándole si estaba bien. El reloj cedió el paso a una comilla verde. Me quedé mirando al móvil, pero la segunda comilla verde no llegó a salir. O bien Alicia estaba en un sitio en el que no había cobertura, o bien tenía el móvil apagado. Marqué su número, sólo para comprobar que efectivamente su teléfono estaba apagado.
Me quedé helado en la silla, sin saber bien qué paso dar a continuación. Me pregunté si no me estaría preocupando por nada, si no podría ser simplemente que después de la manifestación se hubiera ido a tomar algo con sus amigos y la noche se les hubiera escapado de las manos… o que hubiera perdido el teléfono… en medio de todo aquel caos era sencillo perder algo… o simplemente que se hubiera quedado sin bateria y en cualquier momento fuese a entrar por la puerta maldiciendo a los fabricantes de móviles y sus estrategias para vender más.
Me fui a comer. Me gustaba comer solo en el parque que coronaba el Pau de Navia. Allí, me sentaba en un banco y, tranquilamente, daba cuenta de un bocadillo o una ensalada con atún mientras observaba a la gente pasar a mi alrededor. Cuando acababa de comer, echaba a caminar sin rumbo, dejándome llevar por la curiosidad por descubrir a dónde llevaban algunas de las calles que salían de aquella zona. Aquel día, sin embargo, tan pronto acabé de comer volví a la oficina. Estaba verdaderamente preocupado por Alicia, porque algo dentro de mí, un instinto o un sexto sentido me hacía estar completamente seguro que había acudido a la manifestación del día anterior y que algo le había ocurrido. Ninguno de los argumentos que me daba en contra conseguían convencerme, por más que me repetía que las posibilidades de que le hubiera ocurrido algo eran muy remotas. La conocía desde hacía poco, pero estaba seguro que era una persona lo bastante responsable para no dejar que una noche de semana se le escapase de las manos y que, si así fuera, habría llamado a la oficina por la mañana para dar alguna excusa. No… el hecho de que estuviera ilocalizable no me encajaba en absoluto con ella.
Abrí la puerta del trabajo y me encontré con Miguel que, sentado tras su mesa, disfrutaba con unas horribles canciones de un irritante cantante libanés que me destrozaba los nervios con su insoportable voz en falsete. “¿Ha vuelto Alicia?” -pregunté- “No, hermano, yo no la he visto”, “ok, gracias”. Mis conversaciones con Miguel eran cada vez más escuetas. Estoy seguro que, de no haber estallado la guerra, pronto habríamos llegado al punto en que no tendríamos ningún tipo de conversación.
Me senté a mi mesa y traté de acceder nuevamente a las redes sociales. Facebook seguía igual, llena de los egos insatisfechos de mis 120 amigos buscando incansables esa forma de aprobación social moderna que tomaba la forma de un botón con un pulgar extendido. Algunos colgaban noticias, otros canciones. Algunos opinaban sobre política, cine o música, pero ninguna referencia a la noche anterior.
Vi entonces que se había conectado una amiga de Madrid muy comprometida también con los movimientos anti gubernamentales. Abrí una conversación con ella, preguntándole por la manifestación del día anterior. Me respondió que no había podido acudir, que su hija había enfermado a mediodía y se había pasado toda la tarde con ella en el hospital. Finalmente, a eso de las 23.00 las habían atendido y, aunque la niña estaba bien, ella estaba agotada. Me dijo también que era la primera vez en todo el día que se acercaba a las redes, por lo que no había tenido ocasión de informarse sobre el día anterior. Le pedí que tratara de localizar a algunos de sus amigos que supiera seguro que habían ido a la manifestación. Ella, poco a poco, se fue dando cuenta que yo estaba preocupado por algo, así que me preguntó qué me ocurría. Le expliqué lo que había pasado la noche anterior y como no era capaz de localizar a mi compañera de trabajo y la sensación que tenía de que algo malo le había ocurrido. Contactó con un par de los suyos y estos le confirmaron mis peores sospechas: que en Madrid también se había producido una carga de la policía y que se estaba produciendo una censura sin precedentes. Ningún periódico daba la noticia, ninguna televisión dedicaba siquiera unos segundos al tema. Twitter no había funcionado en toda la mañana y los activistas contra el sistema estaban ya comenzando a discutir posibles opciones para que estos hechos salieran a la luz. También le confirmaron que se habían producido detenciones y que no se sabía nada de los detenidos.
Así pues, se confirmaban mis peores temores: lo del día anterior no había sido un hecho aislado, si no una operación orquestada a nivel nacional y misteriosamente silenciada. Me extrañaba muchísimo que el gobierno pudiera censurar de una manera tan eficiente la publicación de cualquier información relacionada con los disturbios… sabía que había encima de la mesa un proyecto de ley que, en teoría, servía para luchar contra la piratería aunque en realidad enmascarase una suerte de órgano censor, una violación de un derecho que aparecía en nuestra constitución llamado “tutela judicial efectiva”, que venía a ser algo así como el derecho a tener un juicio justo, acotado a los plazos previstos y a obtener una sentencia motivada al final del mismo. Me costaba creer que este órgano censor pudiera actuar de una forma tan metódica y rápida, pero era la única explicación posible que se me ocurría ya que, de no ser así, la alternativa era que nada ni nadie había tomado una sola foto o un solo vídeo de lo ocurrido… y eso, por aquel entonces, era directamente impensable: con una cámara de vídeo y fotos en cada teléfono, era imposible que no hubieran saltado ya las imágenes a todos los medios de comunicación. No… habían sido censuradas… y cuando un gobierno empieza a censurar los medios de comunicación… después no suele pasar nada bueno.
No creo que hubiera pasado siquiera media hora cuando entró el jefe por la puerta. Con su cordialidad fingida, bromeó con todos nosotros mientras se dirigía a su mesa. Nuestra oficina era un rectángulo perfecto de unos 80 metros cuadrados, rodeada por enormes cristaleras de la misma altura que las paredes por dos de sus cuatro costados, lo que la hacía muy luminosa. Nuestras mesas estaban colocadas de manera simétrica a lo largo de las dos paredes de mayor tamaño. Cuando nos mudamos a aquella oficina, el jefe quiso hacer cubículos  y despachos, aunque al final quedó diáfana. La mesa del jefe era la más alejada de la puerta, por lo que tenía que cruzar toda la oficina para llegar a ella y, mientras lo hacía, solía tomar el pelo a todo el mundo.
Ese día, apenas se sentó, salí disparado hacia su mesa para pedirle la tarde libre. Tras hacerme un par de comentarios sobre lo descentrado que me veía últimamente -recuerdo que siempre que alguien no actuaba como él quería decía que “estaba descentrado”- y darme un par de consejos encaminados a devolverme al redil, me permitió tomarme la tarde libre. Le pedí que me dejara una fotocopia del carnet de identidad de Alicia -sabía que lo tenía con el contrato de mi compañera porque había sido yo el encargado de tramitar la contratación- y él me preguntó para qué. No me apetecía meterme en muchos detalles, por lo que le di la explicación más breve que pude: sabía que Alicia había ido a la manifestación del día antes. Todo lo relativo a la manifestación está siendo censurado. Es posible que hubieran detenido a Alicia y, si nadie sabe que está detenida, nadie va a hacer preguntas…
Se me debió notar la preocupación en la voz, porque no dijo nada. Se limitó a entregarme la fotocopia del DNI de Alicia y, con ella en la mano, salí de la oficina como alma que lleva el diablo. La puerta se cerró tras de mí, haciendo un ruido atroz. Yo ya casi cruzaba el portal en ese momento.
Me subí al coche y me encaminé a la comisaría de la calle López Mora. El edificio original estaba siendo modernizado y, en lugar del cutre y deprimente acceso habitual al mismo, una bonita puerta corredera de cristal daba acceso a una estancia vanguardista y muy luminosa, totalmente acristalada y rodeada de jardineras por todas partes.
Me dirigí al mostrador de información, donde un agente con cara de aburrimiento tecleaba ausente. Tras darle las buenas tardes le comenté que estaba allí para interesarme por una persona detenida. Me preguntó si era familiar, a lo que respondí que no, que era su abogado y quería entrevistarme con mi cliente. Me pidió mis datos y los del presunto delincuente. Le entregué el carnet del colegio de abogados y le di los datos de Alicia. Los introdujo en el ordenador y a continuación su cara reflejó, por un instante, una expresión sorprendida que rápidamente ocultó apoyando la cabeza sobre su mano cerrada, de tal manera que el puño le cubría parte del rostro. Tras hacer algunas comprobaciones más, me devolvió mi documentación y me dijo que la señorita por la que preguntaba no se encontraba en aquella comisaría.
Supongo que ahí el que no pudo ocultar su sorpresa fui yo. Mi primera reacción fue preguntarle si había alguna otra comisaría de la Policía Nacional en Vigo en la que pudiera estar mi cliente. Sabía que existía otra en la calle Luis Taboada, pero estaba bastante seguro que allí no había celdas y, por tanto, tampoco detenidos.
El agente confirmó mis sospechas al decirme que no, que si había sido detenida por la Policía Nacional en la ciudad de Vigo estaría allí, salvo que ya hubiera pasado a disposición judicial, pero que a él, en la base de datos, no le constaba que esa persona hubiera sido detenida nunca, ni siquiera para un mero trámite de identificación.
Desconcertado, agradecí su colaboración al policía y me despedí quitándole hierro al asunto con un “llamaré al despacho, quizá me han informado mal”. El funcionario me devolvió el saludo y volvió a su monótono teclear y su cara de aburrimiento.
Salí de nuevo a la calle y encendí un cigarro… ¿era posible que Alicia no hubiera sido detenida y yo me estuviera montando una película enorme? y si realmente la hubieran detenido… ¿a dónde coño la habían trasladado? ¿A la cárcel? ¿Al juzgado? No tenía sentido… el procedimiento era muy claro y no cabía traslado a otro sitio que no fuera la comisaría.
Por si acaso, me subí al coche de nuevo y me encaminé hacia el juzgado. Al llegar, aparqué en uno de los huecos del estacionamiento reservado para personal del juzgado. Siempre había sido bastante dado a aparcar donde me salía de las narices, y tenía una buena colección de multas que así lo atestiguaban. Saqué el móvil del bolsillo y revisé el correo y demás mensajería. También eché un vistazo a las redes sociales; Twitter seguía caído y, en Facebook, todo eran fotografías con mensajes motivacionales y algún que otro amigo quejándose por su mala fortuna.
De Alicia, ni rastro.
Entré en el juzgado de guardia y pregunté al funcionario de turno. Tras hacer las comprobaciones pertinentes, me informó de lo que ya sabía: mi “clienta” ni estaba, ni se la esperaba. Salí del edificio y me encaminé de nuevo al coche. Fue entonces cuando se me ocurrió que no había hecho lo más sencillo de todo: dirigirme a casa de Alicia. Sabía que vivía con los padres, por lo que quizá en su casa supieran algo de ella. Consulté su dirección en la fotocopia del DNI y conduje hasta allí. El tráfico era lento y espeso, como si el asfalto de las calles fuera una sustancia pastosa que, con la tímida lluvia que empezaba a caer, se estuviera convirtiendo en una especie de arena movediza que no permitía a los coches avanzar con fluidez. Siempre me había resultado desesperante el tráfico de la ciudad, pero esa tarde era especialmente penoso. El miedo y la incertidumbre estaban empezando a hacer mella. Deseaba llegar a casa de Alicia y que su madre me dijera que estaba en casa, que se encontraba mal o que, simplemente, no le había salido de las narices ir a trabajar aquel día, que ella se riera de mí por mi paranoia e hiciera algún comentario sarcástico sobre las muchas películas que había visto en mi vida y el daño que me habían hecho…
Pero no fue así.
Lo intuí nada más llamar al timbre. La mujer que me habló desde el otro lado del aparato parecía angustiada. Le expliqué quién era y el motivo de mi visita, tras lo cual me abrió el portal y pude subir hasta su casa. Me recibió en la puerta, con la cadena puesta. No sabía mucho sobre la familia de Alicia, pero estaba bastante seguro que esta no era la actitud habitual de la mujer que supuse era su madre por lo que, tras explicarle quién era yo y explicarle el motivo de mi visita, le pregunté si había ocurrido algo, que la notaba alterada. Al principio fue reacia a contestarme, pero tras entregarle una tarjeta de visita para que comprobase que, efectivamente, era compañero de trabajo de Alicia y tras explicarle las vueltas que había dado aquella tarde, pareció comprender que yo no estaba allí por mal y empezó a hablar más abiertamente.
Me contó que Alicia no había vuelto a casa la noche anterior. Que no sabía a dónde había ido, pero que ella y una amiga habían estado allí durante la tarde buscando un par de velas. Después se habían marchado  y no había ido a dormir a casa, cosa que no le parecía normal, porque ella “es de llamar cuando no va a venir”. Hasta aquí se confirmaban mis sospechas, pero no entendía aún el motivo por el que esta señora parecía tan inquieta. “¿Ha llamado a los hospitales?” “Sí… fue lo primero que hice hoy por la mañana, pero nada… llamé también a la policía y a los bomberos, por si sabían algo… incluso a los tanatorios… pero nada, no está en ningún sitio”. “Hmmm… es raro”… -repliqué yo- “¿ha llamado a su amiga a ver si sabe algo?” “Sí… pero no sabe nada de ella”, “¿podría darme el nombre y la dirección o el teléfono de la amiga de su hija?”, “creo que sí… espera un momento”…
Cerró la puerta y pude oír sus pasos alejándose por el pasillo. Aproveché para poner en orden la información que había recopilado hasta ese momento: Alicia había salido de su casa con una amiga y un par de velas, lo que prácticamente confirmaba mi suposición de que iba a la concentración silenciosa. Tras eso, una de las dos mujeres había vuelto a casa y la otra no. Alicia no estaba en ningún hospital, ni en el juzgado, ni siquiera, afortunadamente, en el tanatorio. El agente que me había atendido en la comisaría me había dicho que allí tampoco estaba pero era posible que me hubiera ocultado alguna información, a juzgar por aquel gesto de sorpresa que, pese a su intento por disimular, había visto en su cara. Me costaba creerlo, pues negar que una persona se encontrase detenida era una violación flagrante del derecho a ser asistido por un abogado que protegía a todos los ciudadanos del país… Pero luego estaba la extraña actitud de la madre de Alicia: recelosa, desconfiada, como si temiera algo…
Mientras ordenaba los retazos de lo que había descubierto hasta ese momento, la puerta volvió a abrirse y la madre de Alicia me tendió un papel con un nombre y un teléfono apuntados. Lo cogí y, tras darle las gracias y prometerle que la informaría de cualquier cosa que descubriera, me di la vuelta dispuesto a marcharme. Estaba bajando los primeros escalones cuando se me ocurrió algo. Di la vuelta y volví a llamar a la puerta de la madre de Alicia. Pasados unos segundos, la mujer abrió de nuevo y, sin darle tiempo siquiera a saludarme, le espeté la pregunta que me rondaba la cabeza… “señora… no soy la primera persona que viene hoy preguntando por Alicia, ¿verdad?” Se hizo un silencio pesado. La madre de mi amiga me miró fijamente, como tratando de deducir algo sobre mí. Luego, negó con la cabeza. Asentí en silencio. “¿La policía?” pregunté. “No… unos detectives”. “¿Y por qué no me lo dijo antes?”, “porque me dijeron que haría bien en no hablar con nadie de esto”… “Entiendo… señora… ¿la han amenazado?”, “no… pero había algo en ellos que me hizo sentir incómoda”… Asentí de nuevo. “Gracias, señora; si descubro algo, se lo haré saber”.
Cuando salí del edificio de Alicia, la cabeza me daba vueltas… cargas policiales injustificadas, detenciones ilegales, desapariciones, investigadores que resultan intimidatorios… ¿qué cojones estaba pasando? Empezaba a tener una idea, pero prefería pensar que me equivocaba.
Fui al coche, cogí el tabaco y un sobre de ibuprofeno. Entré en la cafetería más cercana y me senté en la terraza. Pedí un café con hielo y un vaso con agua para disolver el analgésico. Encendí un pitillo y tras una larga calada que me rascó la garganta y me calentó por dentro, dejé el cigarro apoyado en el cenicero. El camarero me trajo lo que había pedido y se lo pagué al instante. Me dio las gracias y desapareció en la oscuridad del interior del bar. Yo saqué mi teléfono móvil del bolsillo y busqué el nombre Joan en la agenda. Tras cinco tonos, escuché una respiración acelerada al otro lado de la línea. “¿Joan?”, “hombre fiera, ¡cuánto tiempo!, ¿cómo va todo?” -respondió.- “Bueno… no me quejo… ¿te pillo corriendo, no?”, “sí… haciendo un poco de deporte”… “ya veo… oye, necesito un favor”, “tú dirás”… “memoriza o apunta mi número de teléfono, deja el móvil en tu casa, aléjate de las zonas por las que suelas andar y busca una cabina. Cuando hayas hecho todo eso, llámame”. “¿Me estás vacilando?”, “no, no te estoy vacilando, es importante”.
Debí sonar muy convincente porque no hizo más preguntas, y Joan no era de esas personas que hacen las cosas porque sí, especialmente cuando tienen tan poco sentido como lo que yo le estaba pidiendo.
Volví a mi casa. No sabía por dónde seguir buscando… si realmente la policía había detenido a algunos manifestantes y los estaban reteniendo de manera ilegal… ¿cómo era posible que ningún medio de comunicación hubiera informado de ello? ¿Cómo era posible que en las redes sociales no hubiera una sola foto, un solo comentario o una sola mención a estos hechos tan graves? ¿Nadie había hecho una foto de las cargas policiales? ¿nadie había grabado un vídeo de una detención? algo muy feo estaba ocurriendo y yo me sentía algo estúpido porque me daba la impresión que se me estaban escapando detalles fundamentales.
Me senté frente al ordenador y revisé las noticias y las redes sociales. Twitter seguía sin funcionar, y Facebook tenía poco movimiento, como si todo el mundo estuviera muy ocupado. Eché un vistazo a sitios típicos para encontrar noticias y curiosidades, pero nada. La web de la Agencia EFE publicaba noticias sobre la crisis financiera y la de Reuters se entretenía con los combates en Siria. Sobre España, nada.
Habría pasado alrededor de una hora cuando sonó mi teléfono. Lo descolgué y pude oír al otro lado los inconfundibles pitidos que me señalaban que mi interlocutor se encontraba en una cabina, por lo que deduje que se trataba de Joan.
“Dime”, “no, dime tú, ¿a qué viene tanto misterio?”, “¿sabes algo sobre los detenidos en las movilizaciones de ayer?”, “no, nada… supongo que estarán en comisaría o en el juzgado… ¿por?”, “porque creo que la policía está ocultando a los detenidos de ayer y, de alguna manera, se está llevando a cabo un bloqueo a la información relativa a dichas detenciones… y hay una amiga mía entre los detenidos”. “¿Estás loco? ¿Sabes el marronazo que nos comeríamos si eso que dices fuera cierto?”, “Joan… yo he visto a los antidisturbios cargar ayer en la Plaza de la Constitución contra la gente que estaba allí reunida sin mediar motivo… entrar pegando tiros al aire… macho, algo no va bien”… “¿qué me estás contando?” -preguntó con incredulidad- “Si llevas bastantes monedas, te lo explico con detalle”…, “Tengo unos 5 € en monedas de 20 céntimos, así que habla”…
Y empecé a hablar. Le conté todo lo que sabía, todo lo que había visto en los últimos días y cómo sospechaba que la policía estaba actuando de una manera que se podía considerar todo menos legal. Cuando acabé de explicarle todo, se hizo un silencio extraño…
“¿Joan?”, “sí, estoy aquí”, “¿y, qué opinas?”, “opino que me lo creo porque me lo estás contando tú y te reconozco que es muy raro… imagino que quieres que vea si puedo confirmar algo de lo que me has dicho”. “Sí… y necesito alguien que me diga si Alicia está en la comisaría de Vigo”…

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