Morgan´s

Divide y Vencerás.

In Actualidad, Política on 20 julio, 2012 at 17:37

En general, no me gusta el funcionariado. Lo digo sin tapujos, creo que durante nuestra historia reciente ha sido una casta privilegiada -de perfil socio-económico variable- pero que disfruta de una serie de beneficios y privilegios que al ciudadano normal le están vetados. Y algunos son grandes profesionales, con vocación de informar y colaborar con el contribuyente que, en última instancia, paga sus salarios.

Tampoco me gusta la policía. Sé que en los cuerpos de seguridad del estado hay personas maravillosas, humildes, buena gente y con el único afán de ayudar a sus conciudadanos. Otros, en cambio, se han quedado anclados en tiempos más grises, han visto demasiadas veces “Harry el Sucio” o, sencillamente, han descubierto en la placa una forma de canalizar sus frustraciones en la vida.

Pero me molesta leer y escuchar comentarios despectivos hacia ellos. Me provoca una inmensa tristeza pensar que somos tan miopes que no nos damos cuenta que la policía y los funcionarios son tan ciudadanos como lo somos todos los demás. Me saca de mis casillas escuchar a la gente criticar a la policía sí o sí: cuando se dedican a repartir leña a los que se manifiestan o cuando hacen un gesto para sumarse a la causa del pueblo.

La policía no es nuestro enemigo. Los funcionarios tampoco. Ni siquiera el ejército. -aunque el que suscribe se declara abiertamente contrario a la existencia de Fuerzas Armadas y se confiesa preocupado por el comunicado de AUME– Los enemigos son otros: son los que se han beneficiado de esta crisis “que era impredecible”; son los que han obtenido réditos desproporcionados a costa de hipotecar nuestro futuro y el de nuestras familias, mientras ellos, sentados en sus sillones y sabiéndose intocables, se ocupaban de decidir si el cuadro de Miró quedaba mejor en la pared del garaje o sobre la taza del water. Y son los políticos, sin duda. Unos y otros. Son la antigua clase noble, los señores feudales que nos han hecho creer que importamos algo para, mientras, medrar tranquilamente e instaurarse en unas cotas de poder que desafían el más mínimo sentido común y que, cuando todo el monstruo que ellos mismos crearon se rebeló contra sus “padres” decidieron que la mejor forma de apaciguarlo era ir sacrificándole ciudadanos, derechos y todo lo que sea necesario.

La calle tiene que arder. La tomadura de pelo ya es demasiado grande. Que no nos engañen sus discursos en los que se declaran preocupados por nosotros: son mentira. Recordad la frase de La Biblia, en Mateo 16:23, “mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos”. Y ya que hablamos de la Biblia, mencionemos también a la Iglesia, otra casta privilegiada que, enfrentándose a su decadencia, sigue todavía insultando descaradamente a la más mínima decencia con cosas como “no sabemos cuánto se recauda por los donativos en los cepillos”. Siempre peleando por su cota de poder, siempre conspirando en la sombra. Siempre jodiendo al pueblo… y, si se tercia, a algún niño despistado.

Somos ese “Nosotros, el Pueblo” que casi me arranca las lágrimas en la Constitución de los EE.UU. Somos los depositarios últimos de la Soberanía Nacional. Somos el presente, pasado y futuro de este país y nos corresponde a nosotros dar el puñetazo en la mesa.

En el año 500 AC, Sun Tzu escribió una obra atemporal: “El arte de la guerra”. Entre otras muchas reflexiones y lecciones de estrategia militar, el libro se sintetiza en dos frases: “El arte de la guerra es el arte del engaño” y “Haz ver a tu enemigo que eres fuerte cuando estés débil”. Incluso en una idea: Las batallas deben ganarse sin siquiera ser libradas.

Putear a la policía y a los funcionarios ha sido una opción del gobierno (de ambos). Démosles la bienvenida a “nuestro bando”. Necesitamos estar unidos, ser EL PUEBLO, recordar que, como dicen Judas Priest, “Juntos sobreviviremos, separados nos hundiremos”. Recordar que ya Julio César entendió perfectamente que dividiendo al enemigo es como más fácil resulta vencerlo. Y recordar también que es nuestro derecho y nuestro deber cuidar nuestro país.

Los políticos están de prestado. Los que vivimos y sufrimos con él somos los ciudadanos. A nosotros nos corresponde cuidarlo. Y ciudadanos somos todos, también los funcionarios. No los critiquéis. Alegraos de que estén con nosotros en esta guerra sin armas de fuego.

No quieren ver la que están liando. Dejadlos así un rato… Mientras, leed a Sun Tzu. Sus reflexiones sirven para la guerra, los negocios… para la vida en general. Se dice rápido.

  1. Calificar a los funcionarios de casta privilegiada (habría que entrar en un analísis de esos privilegiros) es un recurso ya, un tanto manido y poco original, pero resulta curioso que a veces esta cariñosa etiqueta la pongan personas que se levantan a las dos de la tarde, a las que les lavan y planchan la ropa les hacen la comida y les limpian la casa, privilegios vetados no ya solo a la mayoría de los ciudadanos sino también a los mismisimos funcionarios (reyes de la buena vida). De todas formas todas estas personas que creen que los funcionarios viven tan bien ¿porqué no han preparado una oposición para convertirse en autenticos vividores? No soy muy aficcionado a la biblia pero ¿como era aquello de la paja en el ojo ajeno?

    • Gracias por su comentario, “uno de tantos”. Imagino que es funcionario, a juzgar por lo mal que le ha sentado la entrada. Léala de nuevo porque creo que no ha entendido bien el contenido.

      Dicho esto, entre los trabajadores de este país no son muchos los colectivos -los políticos, pero juegan en otra liga- que tienen un servicio médico “semi-privado” (a través de MUFACE y sus conciertos con, entre otras, ADESLAS) como tienen los funcionarios. Tampoco conozco a ningún otro colectivo que disponga de días “moscosos”, “canosos” y similares (para los trabajadores normales, dependiendo del convenio, oscilan entre 2 y 3 días). Pero por encima de todo, no conozco a ningún colectivo que tenga la garantía de que mañana va a disponer de un puesto de trabajo. Tampoco he sido informado de muchos trabajos en los que uno se pueda ausentar a la hora que le dé la gana, hacer la compra en horario laboral o irse de tiendas en la pausa para el café. Por no mencionar un control de productividad entre escaso y nulo.

      Le puedo mencionar un caso de un funcionario que conozco que decidió, tras muchos años viviendo fuera de su ciudad natal, que deseaba volver a su tierra. Lo ansiaba tanto, tantísimo, que lo acabó obteniendo. Volvió a la ciudad en que había nacido desde una gran urbe y, desde el primer día, se dedicó a buscar motivos por los que la ciudad no le gustaba: que si la gente es paleta -él no, él era un pensador a la altura de Umberto Eco, usted me entiende-, que si no hay parques, que si la arquitectura es fea, que si qué educación van a recibir aquí mis hijos… bien, por hacer corta una historia larga, le diré que este personaje acabó consiguiendo que lo devolvieran a su destino original -bendita conciliación familiar-. Y en poco tiempo, no se vaya a pensar que vivió una travesía por el desierto. No me malinterprete -insisto en ello porque tiene usted tendencia a hacerlo- ya que me alegro que esta persona pudiera volver con su familia, pero no me negará -o sí, que hay gente para todo- que un trabajador normal, en este caso, tendría dos alternativas: una sería irse al paro y volver a la gran ciudad a buscarse la suerte y la otra quedarse en el destino pedido y cargar con las consecuencias de su decisión. Ya me gustaría a mí poder rectificar mis malas decisiones con tantísima facilidad, qué quiere que le diga. ¿Es un privilegio? Salvo mejor opinión, sí.

      Y por favor, no me haga reír con el argumento de aprobar la oposición. ¿Aprobar un examen es todo el mérito que se necesita para tener seguro médico privado, mes de vacaciones garantizado, el doble de días libres que la media de los trabajadores del país, trabajar a jornada intensiva todos los días y la práctica seguridad de que no va a ser despedido? Vaya a comentárselo a los millones de parados con títulos universitarios para los que han aprobado decenas de exámenes a ver qué opinan.

      Todo esto dicho sin acritud, no me malinterprete más. Yo no tengo nada en contra del funcionariado (al menos, no de la gran mayoría, que hay cada uno suelto por ahí que cuidadito…), pero negar que se trata de una casta privilegiada -laboralmente hablando, claro está- es ser muy miope, muy obtuso… o, por citarlo a usted… “ver la paja en el ojo ajeno”.

      Un cordial saludo y gracias por pasarse por el blog.

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