Morgan´s

“Sólo quiero algo bonito.”

In Críticas, Destripando libros y pelis on 17 mayo, 2012 at 23:39

Todos los que estamos enamorados del cine tenemos una o varias películas favoritas. Son esas que nos han gustado de una manera especial, quizá por su argumento, su fotografía o porque nos han tocado el alma de una manera única. Algunos eligen sus favoritas por cuestiones técnicas: la fotografía, el guión, la música; otros por cuestiones más viscerales: nos vemos reflejados en algún personaje, el director capta a la perfección nuestra forma de ver la vida… hay mil motivos diferentes.

Y, a veces, una de esas películas se convierte en ese lugar seguro al que regresamos cuando la vida nos tiene hasta los huevos, cuando estamos perdidos, cuando nos han golpeado más de lo que creemos tolerable o, sencillamente, cuando necesitamos algo bonito. A estas películas yo las llamo “pelis con recao”.

Ayer, ya de madrugada, volví a una de ellas. Estoy en un momento de mi vida en el que están pasando muchas cosas, muchos cambios, muchos caminos para tomar y esta noche pasada sentí que podía ser un buen momento para sentarme tranquilamente con un whisky y un paquete de tabaco a revisar una señal en la encrucijada y ver si, después, recordaba el camino.

Mi película para estas ocasiones es Beautiful Girls, una peli a la que, así a lo tonto, le han pasado ya 16 añitos por encima.

Su argumento es el típico de las pelis “de amigos”: un reencuentro entre los miembros de una pandilla de un pequeño pueblo, llevará a todos ellos a un análisis de sus vidas. Recordando los momentos vividos, con nuevas situaciones y siempre con su amistad como telón de fondo, todos saldrán de su reencuentro cambiados para siempre.

Pero no estamos ante la típica película de amigos noña y dulzona. Tampoco ante una obra cuya finalidad era revelarnos nada nuevo sobre la vida, ni siquiera -seguramente- con la intención de convertirse en un taquillazo. No… estamos ante una radiografía de lo que significa hacerse mayor y de las cosas que dejamos de lado por el camino; de las ilusiones y las esperazas, de los sueños que, al borde de los treinta, tenemos miedo de no llegar a cumplir nunca.

Y todo ello toma la forma de una comedia romántica, amable pero ácida, que se ve con una sonrisa en la boca -aunque la sonrisa sea de medio lado- sobretodo gracias a sus chispeantes diálogos y a la química entre sus actores. Timothy Hutton, Matt Dillon, Mira Sorvino, Rosie O´Donell… el elenco que desfila por la película es de lo mejorcito de esa generación que empezó a hacer cine en los 80. Todos están muy bien, aunque algunos personajes están excesivamente estereotipados -tal es el caso de Mira Sorvino, la novia que todos hombre querría, puteada por un Matt Dillon víctima de su propia leyenda.- Y por encima de todos, destaca Natalie Portman, en uno de sus papeles más memorables. Es la vecina adolescente de Timothy Hutton, ágil de mente y deliciosamente impertinente. La relación entre ella y Hutton, un brillante contrapunto entre el futuro prometedor de una y los sueños a los que él está a punto de renunciar, es tan tierna como divertida.

También merece la pena mencionar su banda sonora, llena de pop meloso pero que acompaña a la perfección a cada escena de la película, desde ese “Beautiful Girl” que abre la cinta hasta ese “Fool to Cry” de los Stones que suena mientras Uma Thurman habla con Matt Dillon en la calle, todos los temas han sido escogidos con un gran gusto. ¿Y qué deciros de “Sweet Caroline”? Mejor lo veis vosotros mismos. Impagable.

Es posible que veáis esta peli después de leer esta reseña y penséis “no es para tanto”. Y tendréis razón, no lo es. No os acerquéis a Beautiful Girls esperando una obra maestra. Es una película pequeñita, que os hará reír en muchos momentos, pero os dejará un sabor de boca agridulce. Su mensaje es claro: todos nos hacemos mayores y en ese proceso tenemos que dejar atrás algunas cosas. Pero cuando tengamos la sensación de que a lo que estamos renunciando es a nuestros sueños, quizá baste con echar mano de nuestros amigos de siempre, volver al origen y pedir su consejo. Porque quizá, después de todo, la felicidad no es más que poder apoyarse contra una mesa de billar en compañía de un buen amigo, borrachos como cubas, y vomitar esas cosas que nos turban. Porque los amigos, más que nadie, saben a qué nos referimos cuando decimos que “sólo quiero tener algo bonito”.

Y esa clase de cosas, hoy por hoy, está mal visto decirlas.

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