Morgan´s

CAPÍTULO IV

In Novela on 30 abril, 2012 at 17:56

4 de Enero de 2024

Hay un precio que se paga por cualquier cosa que uno hace en la vida. Me han hecho falta muchos años para comprender la verdad que se esconde en esa frase o en su versión más cínica: todo en la vida tiene un precio; ninguna buena acción queda sin castigo. En mi caso, el castigo por dar sepultura a una anciana a la que no conocía de nada ha sido una semana con las manos destrozadas, sin poder coger un lápiz, ni mucho menos una pistola para defenderme. Por suerte, tampoco la he necesitado.

Lo que sí he echado de menos ha sido sentarme a escribir este diario, esta crónica o lo que quiera que sea esto. El ser humano es animal de costumbres, está claro. Siempre esas costumbres, construyendo nuestra cotidianidad, nuestro día a día, nuestra cordura. Antes de la guerra solía tomar un café en el bar de Jose cada día cuando salía de trabajar. Si no podía, por el motivo que fuera, algo dentro de mí se agitaba incómodo. Supongo que estos ratos que paso escribiendo son ahora mi sucedáneo de normalidad. Al menos, los atesoro como tales.

No han pasado grandes cosas esta semana. Al menos, nada que yo considere relevante. El muro sigue en su sitio, la Nueva Seguridad sigue siendo esa presencia omnipresente, esa que se siente en los lugares solitarios, una especie de Gran Hermano, más aterrador que el que imaginara Orwell en su 1984 -aunque sólo sea por el hecho de que este es real- y los ciudadanos seguimos siendo seres sin importancia. Nada cambia en la Nueva España. Al menos, no aquí abajo. Al menos, no últimamente… y quizá sea mejor así. Cuando pienso en lo que nos trajo el último gran cambio que se produjo en nuestras vidas…

El Partido Nacional del Pueblo acababa de ganar las elecciones. La gente estaba contenta porque había llegado el cambio y las cosas sólo podían mejorar.

Durante unas cuantas semanas, todo se mantuvo más o menos igual. El gobierno saliente y el gobierno entrante empezaron a mantener una reunión tras otra para llevar a cabo el traspaso de poderes. Era algo que había ocurrido ya varias veces en la historia de la Vieja España y que –para muchos- no tenía nada de especial, aunque los medios de comunicación parecían empeñados en hacernos creer que estábamos viviendo un momento histórico. El nuevo Presidente del Gobierno apareció una única vez en televisión para dar las gracias a los ciudadanos por el apoyo que le habían brindado. Habló de esfuerzo, de sacrificio, de superación. Recuerdo que, por unos momentos, me hizo plantearme si no estaría equivocado, si no habría que considerar seriamente la idea de que este cambio podría ser para bien. Habló de democracia y compromiso, de unidad, de trabajo…

Y luego desapareció sin dejar rastro.

Fue tan curioso como desconcertante. El país se encontraba en una difícil situación internacional, ya que la Vieja Europa estaba enferma y muchos “sabios” (ejem…) internacionales parecían considerar que nuestro país estaba entre las posibles causas de dicha enfermedad. Todos los analistas –unas personas que ganaban mucho dinero por dar opiniones y, meses después, desdecirlas- parecían estar de acuerdo en que Grecia era la causa del problema, el mal principal. En lo que nadie parecía querer mojarse era en cuál era la cura que había que aplicar a dicho mal, ni tampoco hasta dónde se había extendido. Lo que era evidente era que Europa había decidido poner el Sur en cuarentena… y con él, a nosotros.

En esta tesitura, con los especuladores castigando duramente la economía del país, lo que todos esperábamos era que el nuevo presidente diera un golpe en la mesa, sacase pecho, se plantase frente a “Los Mercados” y transmitiera un mensaje para calmarlos; o para provocarlos… o algo. Lo que ocurrió, en cambio, fue lo contrario. El presidente se enclaustró. Durante más de una semana, nadie supo nada de él. Sus equipos de asesores se limitaban a decir que se encontraba “en su despacho trabajando”. Nosotros, los ciudadanos de a pie, no acabábamos de entenderlo. Se supone que el presidente debería tener tan claro como nosotros que iba a ganar… ¿qué sentido tenía esta pantomima? Porque claro, todos preferíamos pensar que era una pantomima antes que pensar que nuestro nuevo presidente, ese que iba a llegar como los refuerzos en las películas –arrasando, vamos-, que sabía que iba a serlo desde mucho antes de que las urnas así lo confirmasen, no tenía decidido siquiera quienes iban a ser sus ministros… no… esa idea no nos gustaba nada en absoluto.

Yo tenía la sensación que todo esto era un golpe de efecto. Una forma de darnos a entender que las cosas estaban muy mal y que iba a ser complicadísimo solventarlas, pero que él sabría hacerlo. Por usar un símil literario, me daba la sensación que el presidente quería ser Moisés, pasando 40 días subido al monte Sinaí antes de bajar y entregar a los hebreos los 10 mandamientos… Muchos de los que no creíamos que él fuera a solucionarnos nada bromeábamos diciendo que quizá había visto el estado del Estado y había optado por salir corriendo…

…ojalá hubiera sido así.

Por fin, llegó el día en que se abrieron las puertas de su despacho y, envuelto en un halo de luz blanca y acompañado por un coro de ángeles –al menos yo me lo imaginé así- salió y habló en público. El mensaje fue el que nos esperábamos: las cosas están mucho peor de lo que parecía y otras historias similares. También nos anunció cuándo se convertiría oficialmente en presidente del gobierno: tres semanas después. Y después, tal como había aparecido, desapareció.

Sinceramente, no recuerdo bien qué ocurrió durante esas tres semanas. Imagino que lo de siempre: los españoles seguimos con nuestra vida cotidiana, con nuestros problemas y nuestras alegrías, con nuestras hipotecas y nuestro fútbol, con nuestras cervecitas y nuestro tapeo… lo típico. Mientras, en Grecia, las calles ardían, los políticos eran sustituidos por “tecnocrátas” –que, en teoría, eran señores que sabían mucho sobre sus respectivos campos y venían a solventar los problemas que ellos mismos habían creado- y en la Vieja Europa la Canciller alemana salía en los periódicos porque había ido a comprar fruta al supermercado. Unos países eran noticia porque se caían a pedazos… otros porque sus gobernantes comían fruta…

A veces creo que la guerra fue puro y simple darwinismo: la naturaleza nos dio un toque de atención para recordarnos que nos estábamos volviendo idiotas.

Así fueron pasando los días, entre golpes de efecto y mucha confusión. Luego, éstos se convirtieron en semanas y, como suele ocurrir, la acumulación de semanas dio como resultado un mes. En ese tiempo, la agencia nacional de estadística nos regaló los datos relativos al desempleo: prácticamente una tercera parte de la población en edad de trabajar estaba en paro… y todo parecía sugerir que dicha cifra no iba a dejar de crecer, al menos no a corto plazo.

Amparado por aquellos tristes datos, el presidente se plantó ante nosotros y nos regaló su primera gran medida: una reforma del mercado laboral. Esto, en principio, no tendría por qué haber sido malo, si no fuera porque su contenido, su verdadera razón de ser, era un atentado contra todo aquello que la clase obrera había logrado desde que en nuestro país había democracia.

Han pasado muchos años desde entonces, pero algunos de los puntos más sangrantes de aquella ley siguen grabados a fuego en mi memoria: drástica reducción de las indemnizaciones a los trabajadores cuando estos eran despedidos, reducción de los requisitos administrativos previos para el despido colectivo, ampliación de las causas de despido y creación de una serie de nuevos contratos que, tras su inocente apariencia, escondían el fin de la estabilidad laboral al abrir infinidad de vías para que los empresarios manejasen a los trabajadores a su gusto. Aparentemente, el presidente y sus ministros parecían haberse olvidado que estábamos en la Vieja España, un sitio en el que abusábamos de nuestros derechos siempre que podíamos. Unos y otros.

La medida recibió el saludo esperado: medio país se indignó y salió a la calle a protestar. Amparado por la comodidad que le proporcionaba su amplia mayoría en las urnas, el gobierno ignoró la voz del pueblo. La campaña de descrédito que se había iniciado contra las agrupaciones sindicales no ayudó a que el panorama mejorase para los trabajadores. A mucha gente parecía pasarle desapercibida la contradicción entre necesidad de crear empleo y facilidades para destruirlo. A otros, sencillamente, no les importaba: otro de los males endémicos de la Vieja España era que había una sensación general de que los problemas de los demás no eran los nuestros; habíamos perdido la conciencia de clase, cegados por una filosofía individualista y una falsa sensación de indolencia que, más pronto que tarde, nos iba a pasar una terrible factura.

Nos manifestamos varias veces más y varias veces más fuimos ignorados. Cada vez que nos desoían, nuestra lucha perdía fuerza. La gente iba siendo cada vez más y más reacia a manifestarse, entre otras cosas porque había empezado a operarse el chantaje que la reforma laboral había articulado: en un país en el que casi seis millones de personas no tenían trabajo y una ley facilitaba el despido de trabajadores… ¿quién tenía valor para sumarse a las movilizaciones, para decir “hoy no voy a trabajar porque me voy a manifestar”? Sí, es cierto, en nuestra Constitución se nos reconocía el derecho a hacerlo… el problema es que nuestra Constitución estaba llena de buenos propósitos que no eran más que eso, propósitos. El pueblo, tras tres o cuatro manifestaciones, optó por volverse más dócil, por no jugarse lo poco que le quedaba de los antiguos espejismos.

Fuimos víctimas de nuestro individualismo. Por desgracia, tardamos demasiado en darnos cuenta de ello y, como suele ocurrir, cuando lo hicimos y quisimos reaccionar ya era tarde.

Habíamos perdido la primera de las batallas y, desafortunadamente, yo estaba seguro que no iba a ser la última. Era la primera medida del nuevo ejecutivo, y prácticamente había entrado sin más reacción que la de unos cuantos grupos de indignados manifestándose. En el subconsciente del pueblo se había instaurado la idea de que esta crisis era nuestro justo castigo, por los años de excesos. Yo siempre me preguntaba lo mismo: ¿de quién habían sido los excesos? Porque yo no era capaz de considerar que mi vecino de al lado, un administrativo con dos hijos, que en los últimos años había comprado un piso de 75 metros cuadrados y un coche normal y corriente y que hacía frente a sus pagos sin grandes problemas hasta que fue despedido, hubiera cometido ningún exceso por el que debiera pagar. Su pecado, si había cometido alguno, había sido querer mejorar. Él estaba al borde de perderlo todo y le costaba dormir por las noches. Lo sé porque me lo contó una noche en el bar de Jose. Los que habían abusado, esos  en cambio dormían tranquilos.

La segunda medida llegó un par de meses más tarde: el sistema público de sanidad, una de las joyas de nuestro país por su gratuidad y su cobertura social sin distinciones económicas, pasaba a ser de pago. Se había acabado aquello de ir al médico siempre que teníamos un resfriado y se había terminado también su universalidad: nos convertimos en un país de seguros privados, de dos velocidades en la salud… en resumen, dejamos de ser todos iguales.

La reacción inicial fue mucho más virulenta de lo que yo esperaba, hasta el punto de hacerme albergar esperanzas de cambio.

Durante algunas semanas, pareció que la gente había recuperado las ganas de luchar, que tocar aquello que habíamos llamado Estado del Bienestar era más de lo que íbamos a permitir, que nuestra sanidad pública era algo que quedaba fuera de las leyes de mercado –jodiese a quién jodiese- y que tocaba buscar otras soluciones. El país vivió su primera huelga de más de 24 horas y lo hizo de manera masiva: durante tres días y tres noches, el Estado quedó prácticamente paralizado. La gente no acudía a trabajar, pero aún más importante fue el hecho de que tampoco consumía más que lo mínimo indispensable. Parecía que la Vieja España había tomado conciencia de que el sistema no funcionaba si renunciábamos al consumo, si rechazábamos la idea de ser meros homo economicus -una expresión escalofriante que una vez escuché a un sociólogo- y parábamos la maquinaria del consumo. Si no había consumo, no era necesario producir bienes, no nos hacían falta los transportes públicos, ni la gasolina, ni el tabaco… y lo más importante: sin actividad económica no había impuestos y sin impuestos el Estado tenía un gravísimo problema para hacer frente a sus obligaciones con los famosos “Mercados”. Lo comentábamos excitados y sonrientes, pensando que quizá esta batalla sí la ganaríamos, que habíamos encontrado la horma de su zapato.

Entonces el gobierno nos enseñó por primera vez los dientes…

Fue alrededor de las 21 horas de la tercera noche de huelga. En las principales plazas de las principales ciudades del país se habían convocado concentraciones silenciosas y, pese a que llovía a mares, la afluencia de gente había sido masiva. Aquí en Vigo, la Plaza de la Constitución estaba abarrotada. Recuerdo la imagen como si la estuviera viendo: una plaza conformada por soportales, llena hasta los topes de ciudadanos cubiertos con capuchas, plásticos y, en general, cualquier cosa que mantuviera alejada la abrasadora lluvia que se vertía sobre la ciudad, un silencio atronador que flotaba en el ambiente, casi como un invitado más. Algunas personas habían traído velas, y se afanaban en lograr mantenerlas encendidas. El contraste era muy llamativo, ya que estaba oscuro y las velas eran de la poca luz que se filtraba en la plaza. El efecto era verdaderamente sobrecogedor.  Recuerdo las cámaras de la televisión autonómica grabando la escena desde uno de los balcones que daban a la plaza y recuerdo haber pensado “qué suerte tenéis de estar informando de esto”…

Y por encima de todo, recuerdo un disparo, el que convirtió el silencio en caos.

Yo estaba apoyado en uno de los soportales, un poco alejado de la zona de mayor afluencia de gente. Siempre que participaba en alguna concentración o evento multitudinario trataba de quedarme lo más lejos posible de la muchedumbre, ya que me agobiaban bastante las aglomeraciones. Aquel día no es que hubiera mucho espacio vacío. La plaza no era demasiado grande y la cantidad de personas era altísima. Pese a todo, había encontrado un hueco en el que tenía un mínimo de espacio vital y desde el que, además, tenía una magnífica perspectiva.

Como digo, cuando sonó el primer disparo, el silencio se quebró como se quiebran las alas de una mosca atrapada por un niño sádico. La gente empezó a murmurar y a mirar a su alrededor, buscando la causa de aquel ruido extraño y tan fuera de lugar. La señora que se encontraba a mi derecha dijo en voz alta “la policía”.

Me estremecí. Supe, casi por instinto, que las cosas se iban a poner feas muy pronto. Uno de mis grandes amigos desde la infancia era policía. Me había explicado muchas veces diferentes historias sobre los procedimientos policiales y gracias a ello sabía que no es normal que la policía llegue a una actuación con las armas en la mano. “Señora, márchese de aquí cuanto antes” le dije a la mujer. Ella no hizo preguntas, se limitó a alejarse de la concentración, poniendo tanta plaza como podía entre ella y los agentes.

Sonó un segundo disparo. No sabría deciros cuanto tiempo había transcurrido desde el primero. Quizá unos segundos, quizá varios minutos. Lo que sí puedo aseguraros es que la gente comenzó a darse cuenta de lo que estaba pasando y cundió el pánico, con todas sus consecuencias.

Imagino que no era necesario conocer a un policía que te explicase los procedimientos de actuación para saber que no es lo habitual entrar en una plaza en la que hay una reunión pacífica pegando tiros al aire. Imagino que la policía sabía perfectamente cuál sería el efecto de esos disparos y, por tanto, imagino que esa era precisamente su intención: causar una estampida.

Algunos de los congregados en la plaza se dirigieron hacia los agentes para increparlos por aquella llegada tan cinematográfica, tan yanqui.

Cuando aquellos ciudadanos recibieron, sin mediar palabra, los primeros pelotazos de goma, el silencio que nos había acompañado se convirtió de pronto en una algarabía de gritos y gemidos. Algunos, los más valientes –o los más estúpidos, según se mire- formaron frente a los agentes de la autoridad y comenzaron a gritarles proclamas, a llamarles “asesinos”, “fascistas” y otras palabras tanto o más despectivas. Los agentes, sin inmutarse, cargaron de nuevo sus armas y lanzaron otra andanada de pelotas de goma. Mientras, el resto de los que allí estábamos buscábamos un camino para salir de la plazoleta. La gente corría de un lado a otro, sin una idea clara de hacia dónde corrían. Yo, por mi parte, traté de salir de la plaza sin que se notase demasiado mi presencia, tratando de mantener un mínimo de calma en medio de aquella situación de locos, así que lo hice caminando con tranquilidad bajo los soportales que rodeaban la plaza, como si aquello no tuviera nada en absoluto que ver conmigo, aunque sin dejar de mirar a mi alrededor. Todo parecía ocurrir a cámara lenta, como cuando uno pinchaba un single de vinilo a treinta y tres revoluciones por minuto: vi caer a una chica joven y ser pisoteada por varios pies distintos antes de que lograra levantarse; vi a un hombre con un abrigo negro largo que tomaba fotos de la escena con su teléfono móvil; vi –al mirar atrás sin detenerme- a los policías desplegándose con sus escudos anti disturbios y sus lanza pelotas… vi a una madre con su hijo pequeño agazapados en una esquina, la madre tratando de proteger el cuerpo de su hijo con el suyo propio, los dos llorando. Vi a un hombre de rodillas en el suelo, sosteniendo entre sus brazos la cabeza de una mujer cubierta de sangre… vi a la gente golpearse por ver quién era el primero en salir de la plaza, abarrotando los callejones que convergían en ella y, de forma inconsciente, hiriéndose unos a otros en la desesperación por salir de allí cuanto antes… vi también a los técnicos de la televisión autonómica recibiendo una lluvia de pelotas de goma por no haber parado de grabar… mientras me alejaba del tumulto no dejaba de repetirme mentalmente que aquello no podía estar pasando, que en nuestro país la policía no actuaba de aquella forma. Por si acaso, no paré de caminar. Si así llegaban a una concentración pacífica, no quería ni imaginarme qué les ocurriría a los que acabasen detenidos.

Llegué al punto en que terminaban los soportales. Por todas partes corrían personas, sin rumbo, sin destino, sin nada más que miedo e instinto de conservación. Tuve la suerte de que el callejón que se encontraba frente a mí fuese uno de los menos concurridos, lo que me permitió dejar atrás aquella locura sin necesidad de pelearme con nadie.

Instintivamente, o eso creo, eché a correr hacia mi casa. El corazón me iba a mil por hora, pero yo no estaba en condiciones de preocuparme por él. Recuerdo que, más pronto que tarde, me empezó a faltar el aliento aunque no por ello dejé de correr. Luego sentí un dolor agudo en el lado izquierdo de mi cuerpo, justo a la altura de los riñones. Tampoco dejé de correr por ello.

La distancia desde la Plaza de la Constitución a mi casa no era excesiva… apenas un kilómetro y medio. Nunca había tardado tan poco tiempo en llegar: menos de diez minutos después estaba entrando en mi portal. Las gotas de sudor, como ríos, discurrían por mi cara y mi espalda, mientras el corazón seguía con su ritmo desbocado. Estaba agotado, lo sabía, pero mi cuerpo parecía pensar lo contrario. Eché a correr escaleras arriba hasta mi apartamento, con la llave lista en la mano. Cerré la puerta tras de mí con un portazo y me recosté contra ella, completamente exhausto por el esfuerzo, la tensión y el miedo. No sé cuánto tiempo pasé allí apoyado. Sé que, en algún momento, rompí a llorar. Sé también que, en algún momento, me quedé dormido.

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