Morgan´s

Los Juegos del Hambre: Inesperada sorpresa.

In Críticas, Destripando libros y pelis on 24 abril, 2012 at 16:34

Me gusta pensar que soy un cinéfilo raro: me gustan las películas de entretenimiento, sin más. En mi colección de películas se mezclan obras maestras como “Esplendor en la Hierba” o “El Padrino” con cine de palomitas tipo “XXX” o “Jungla de Cristal”. Sigo a directores como Ken Loach o Aronofsky, pero también me confieso fan de Michael Bay y otros videocliperos por el estilo. Me gustan las pelis de tiros, me gustan las películas de fantasía, la ciencia ficción de invasiones extraterrestres y, en general, ese cine de consumo fácil y olvido rápido.

Por eso este domingo, después de que la noche del sábado se nos fuera un poco de las manos a mis amigos y a mí, con una resaca a medio camino entre severa y gorda, opté por una película de esas que Les Luthiers definían como “el que piensa, pierde”.  La elegida fue “Los juegos del hambre”, el nuevo fenómemo americano sobre la que había leído todo tipo de críticas: desde las que la comparaban con esa ridiculez de “Crepúsculo” hasta otras que hablaban de clásico instantáneo. Para ser sincero, pesaban en mí mucho más las primeras que las segundas, por ello tenía un plan B, por si había que abandonar la película al ser una castaña de muerte.

Para los que no sepáis de qué estamos hablando, os hago un resumen rápido del argumento: Tras una catástrofe terrible, los Estados Unidos ya no existen. Se han convertido en la nación de Panem, un país dividido en doce distritos, cada uno de ellos especializado en la producción de un recurso natural. Gobernando el país, está El Capitolio, una organización política que cada año organiza “Los Juegos del Hambre”, un reality show en el que un joven y una joven -los Tributos- de cada uno de los distritos compiten entre sí en una lucha a muerte en la que sólo puede quedar uno.

Esto era todo lo que yo sabía sobre la película. Me apetecía verla porque su argumento sonaba a futuro distópico, uno de mis temas favoritos de la ciencia ficción desde siempre. Conocí el género con Huxley. Me enamoré de él con Orwell y le vendí mi alma para siempre con Bradbury. Sabía que Suzanne Collins no iba a estar a la altura de los grandes maestros, pero yo estaba de resaca y sólo quería algo que me mantuviera entretenido, que no me hiciera pensar mucho.

Reconozco que no, que no pensé demasiado. Pero hubo ramalazos. La representación visual del Capitolio me pareció muy potente, amenazador, aunque forzando una imagen de cercanía -como uno de tantos dictadores que por desgracia existen en la vida real- y esa represalia convertida en espectáculo nacional, esos Juegos del Hambre que recuerdan a los ciudadanos quién tiene realmente el poder y se cobra sus impuestos -sus Tributos- sobre el bien más preciado que tiene todo ser humano o toda sociedad (su futuro), me pareció simplemente genial.

Quizá la parte que más me gustó de la película fue su primera hora, hasta que arrancan los Juegos. En ella podemos recorrer, junto con Katniss, toda la tramoya y el mercadeo detrás de ese artificioso circo romano. Asesores de imagen, patrocinadores a los que hay que agradar y el show, por encima de todo, el show. No importa que los Tributos vayan a morir. No importa que sean niños. Importa el espectáculo. Es un concepto interesante y esconde una severa crítica a la sociedad actual, una sociedad de famas efímeras y muñecas rotas, una sociedad en la que se puede controlar a las masas dándoles lo que ya enunció Juvenal en la época romana: Pan y circo.

La película habría sido brillante si en su segunda mitad se hubiera centrado menos en la lucha de los Tributos y hubiera seguido analizando la manipulación y crueldad del Capitolio, pero claro, de haberlo hecho estaríamos hablando de un producto diferente: esto es un blockbuster, así que tenemos nuestra ración de peleas, explosiones, acción e incluso un toque de romanticismo juvenil -que no molesta mucho porque prácticamente se pasa de puntillas por él- la combinación ideal para un éxito asegurado.

Los actores están correctos, en general. Me gustó mucho la composición que hace Donald Shuterland del Presidente Snow. El talento del veterano actor hace que los escasos diez minutos que aparece en pantalla resulte una figura aterradora, escalofriante. No vemos su maldad en ningún momento, pero la percibimos en cada plano. También merece la pena mencionar a Woody Harrelson, que interpreta uno de esos papeles que le van tan bien: es el Tributo ganador de una de las ediciones de Los Juegos del Hambre y se dedica a mentorear a los nuevos Tributos. Es un borracho cínico y desencantado, que no se molesta en ocultar su desprecio por el espectáculo y que, desde el minuto uno, trata a los jóvenes como cadáveres, porque eso es lo que con toda probabilidad acabarán siendo. Llena la pantalla en cada plano en que aparece y es uno de los personajes que el espectador recordará cuando salga del cine.

Por lo demás, la dirección de Gary Ross –Seabiscuit, Pleasantville– es correcta, sin grandes estridencias. Quizá nos hubiera gustado un director más áspero para la película, uno que se hubiera centrado más en la parte distópica de la historia y menos en el espectáculo propiamente, pero nuevamente estaríamos ante un tipo diferente de obra. Hay que reconocerle sus méritos: sabe mantener un ritmo ágil, sabe enlazar planos y sabe contenerse con los efectos especiales, poniéndolos al servicio de la narración y no al contrario. Tal como están los taquillazos últimamente, es algo muy de agradecer.

Otro mérito de la película: me ha dejado con ganas de leer los libros. Y eso tampoco me sucede habitualmente de un tiempo a esta parte.

En resumen, echad un vistazo a la película si os apetece un entretenimiento de consumo rápido aderezado con toques de ciencia ficción de la buena, de la que nos deja pensando. Dadle una oportunidad si os gustan las críticas a la sociedad actual y al poder que se puede ejercer sobre el pueblo mediante la televisión. No le pidáis gran cosa, y os devolverá casi dos horas y media de diversión, a ratos intelectualoide. El resto del tiempo, os dará un buen espectáculo.

Y, en ocasiones, basta con eso.

 

  1. Tampoco eres un cinéfilo tan raro, mejor ser ecl´ctico que estar condenado al mismo tipo de cine. A mí tben me gusta la variedad y a todos pero algunos no lo confiesan.

    Un saludo

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