Morgan´s

Capítulo III.

In Novela on 17 febrero, 2012 at 1:37

29 de diciembre de 2023.

Mi ciudad nunca había sido bonita. Era como tantas otras ciudades del mundo: un mamotreto industrial gris, sucio y deprimente. Era curioso ver como los alcaldes se iban afanando uno tras otro en darle un aspecto más limpio, más estético, menos de revolución industrial, para acabar dándose cuenta que habían fracasado estrepitosamente. Siempre me había parecido que la carbonilla, como una perfecta metáfora de la apatía y el fracaso, se filtraba por todos los huecos de la ciudad y la impregnaba toda, dejando apenas algunos pulmones verdes en medio de la demencia que, probablemente, acabarían recalificados y convertidos en enormes bloques de pisos en pocos años.

No… supongo que mi ciudad no me gustaba mucho, pero como todos los que aquí nacimos, le tenía un cierto apego, una extraña mezcla de amor y odio que me hacía renegar de ella siempre que podía, pero que a su vez me hacía desear con todas mis fuerzas volver a verla cuando me pasaba alguna temporada alejado de ella.

Pero la verdad, nunca la había visto tan triste y sombría como últimamente.

A cualquier lugar que mire, veo las heridas de la guerra. Los rostros de la gente se ven macilentos y cansados, vacíos de lo que quiera que sea aquello que llamamos vida. Las calles de la ciudad son como los pasillos de esos viejos castillos abandonados de las películas por los que deambulan fantasmas. En cada calle hay edificios en ruinas, destrozados por los bombardeos y los combates. La única luz que ilumina las calles al caer la noche es la de los incendios. El miedo se palpa en el ambiente… y como decían en “Blade Runner” -una antigua película de ciencia ficción- “eso es lo que significa ser esclavo”. La Nueva Seguridad es una amenaza constante: todo el mundo mira por encima del hombro, no sea que en cualquier momento los vean aparecer por su espalda. Estoy seguro que no son tantos, y también estoy convencido que no nos pueden tener tan controlados como quieren hacernos creer, pero por si acaso siempre tomo precauciones. Nunca se sabe… Y pese a todo, me han contado en alguna ocasión que, a veces, aparecen por la noche, cuando nadie los espera, mientras dormimos, y nadie vuelve a saber nada de aquellos a los que se llevan. Es por eso por lo que, fuera del muro, la gente se reúne para poder dormir tranquila, sabiendo que otro vela por su descanso. Antes del amanecer nos dispersamos, muchas veces sin preguntarnos siquiera nuestros nombres. No me quito de la cabeza una idea que me entristece más de lo que puedo describir: hemos fracasado como sociedad.

La última vez que escribí estaba sentado en las ruinas de un edificio con unos desconocidos y una anciana enferma. La mujer murió durante mi guardia. Lo hizo en silencio, como tratando de no molestar a las personas que la rodeaban, como un último gesto de agradecimiento por haber cuidado de ella en sus últimos días. Yo me di cuenta que le costaba respirar y me acerqué para preguntarle si podía hacer algo. Me miró con sus enormes ojos azules y, con dificultad, me cogió la mano, como si lo único que necesitase para estar bien fuese sentir el tacto de otro ser humano. Quise echarle mi manta por encima para que estuviera más caliente. Negó con la cabeza y me sonrió mientras me apretaba la mano con más fuerza. Después cerró los ojos. Yo me quedé a su lado, sujetando su mano y mirándola, preguntándome qué historias habría podido contarme aquella mujer si nos hubiéramos conocido en otro momento y en otras circunstancias. Me pregunté si habría sido feliz en su vida, al menos antes de la guerra. Me pregunté si creía en algo, si esperaba ver a su creador o quizá reunirse con algún ser querido en un lugar mejor; quizá, simplemente, quería descansar después de su largo viaje y ésta era su última estación… no lo sé…

Al cabo de unos minutos su respiración, comenzó a espaciarse más y más. Yo sabía que se moría, y lo peor de todo era no poder hacer más que sostener su mano. Al final, dejó de respirar. Su cuerpo se relajó de golpe, como si hubiera acumulado muchas tensiones a lo largo de los años y ahora, por fin, se encontrase libre de ellas, como si la muerte fuese una amiga que venía a librarla de vivir en este infierno nuestro durante un minuto más.

Me quedé sentado a su lado sin saber bien qué hacer, barajando diferentes opciones. Pensé en volver a mi sitio y quedarme allí hasta que finalizase mi guardia, pero me destrozaba la idea de que la anciana fuese a quedarse allí para alimentar a los carroñeros. Sabía que tan pronto despertasen el resto de mis acompañantes, nos dispersaríamos y dejaríamos allí a la mujer, ya que no habría tiempo para entierros ni funerales; probablemente, ni siquiera para unas cuantas lágrimas. Me levanté y me alejé un poco del grupo, para poder ver la escena en perspectiva. Me imaginé a la anciana allí tirada al amanecer, fría como una roca, sola como una rosa en la nieve, muerta como lo que una vez fue nuestra humanidad. Borré mentalmente de la escena a nuestros compañeros de esa noche, hasta que la imagen de la anciana muerta, tendida en el suelo, fue lo único que quedó en mi cabeza. La encontré muy triste, por lo que -después de discutir un rato conmigo mismo- decidí darle un entierro digno.

Tras comprobar por una de las pocas ventanas que quedaban en pie que la calle estaba tranquila, cogí el cadáver de la mujer en brazos y salí a lo que una vez fueran las escaleras del edificio. La noche era oscura y, aunque el tejado se había derrumbado en varias zonas y dejaba entrar algunos rayos de luna, no se veía a un metro por delante. Me coloqué el cuerpo de la señora a hombros y, con las manos liberadas, busqué en mis bolsillos un mechero “zippo” que siempre llevaba conmigo. Tardé algunos segundos en encontrarlo y, antes de hacerlo, me asaltó una incómoda sensación de desasosiego al pensar, aún fugazmente, que quizá lo había perdido. No era así, y cuando mis dedos se encontraron con el frío metal del mechero, lo saqué del bolsillo con gesto triunfal, como si en aquel mechero estuviese mi alma y, segundos atrás, me estuviese enfrentando a la posibilidad de haberla perdido. Encendí el zippo y su débil llama iluminó las escaleras. Por todas partes había polvo y trozos de piedra, tejas y alambres retorcidos y oxidados. Con mucho cuidado, fui bajando las escaleras hasta llegar a los restos del portal. Una vez allí, apagué el mechero y, tras comprobar que la calle estaba tan desierta como parecía, salí.

La noche se había vuelto incluso más fría que antes, y pronto eché de menos la calidez de aquella manta gastada sobre mi espalda. Miré a mi alrededor, tratando de situarme exactamente, de recordar cómo era aquella calle antes de acabar completamente destrozada y tener el lamentable aspecto que presentaba ahora mismo. Quería encontrar un sitio en el que pudiera sepultar a la anciana, a cuyo peso sobre mis hombros me había acostumbrado con una sorprendente rapidez.

Eché a caminar tratando de mantenerme siempre pegado a las paredes de los edificios, como si creyese que estos me iban a amparar con su mansa sombra y cubrirme de cualquier aparición de la Nueva Seguridad o de algún saqueador insomne. Cuando doblé la esquina, vi mi destino a pocos metros: un famoso parque público que se encontraba al principio de una de las zonas de copas que había frecuentado en mi adolescencia y en el que recordaba haberme emborrachado en más de una ocasión. También era el parque en el que había besado a Sofia por primera vez, y la ironía de ir a enterrar a una mujer a ese preciso lugar no se me pasó por alto.

Tampoco lo hizo la figura humana que se encontraba en el medio del parque, justo detrás de la fuente que lo decoraba. Reaccioné como un autómata, agachándome y buscando refugio tras los restos calcinados de un Citroën que había a unos tres o cuatro metros delante de mí. Instintivamente, eché la mano al bolsillo donde solía guardar la pistola, pero antes incluso de haberla introducido en él, supe que la había olvidado en el suelo del piso en que estaba pasando la noche. Maldije mil veces para mis adentros. Con cuidado, deposité el cadáver de la anciana sobre el frío y roto pavimento y eché un vistazo al hombre del parque. Se había desplazado algunos metros hacia mi derecha, de forma que quedaba prácticamente oculto por las florituras de la fuente. No me pareció que se tratase de un agente de la Nueva Seguridad, pero tampoco estaba seguro de que no lo fuera: si resultaba serlo, habría algunos más alrededor, aunque yo ahora mismo no pudiera verlos, y yo acabaría detenido.

La oscuridad de la noche no me permitía apreciar ningún detalle del hombre del parque, salvo el hecho de que vestía de negro riguroso. Era el color del uniforme de la Nueva Seguridad y, aunque no conseguía percibir ninguno de los llamativos broches y chapas de color dorado que llevaban dichos uniformes, decidí que el riesgo no merecía la pena. Cogí el cadáver de la mujer y, tras cargarlo nuevamente a hombros, volví sobre mis pasos hasta llegar de nuevo al edificio en el que me encontraba al principio de la noche. Entré en el portal y, después de comprobar que nadie me había seguido y dejar el cadáver de la mujer en el suelo, respiré aliviado. Me pasé las manos por la cabeza y exhalé todo el aire que había retenido desde que viera al hombre de negro en la Plaza de Portugal. Discutí conmigo mismo mientras estaba allí sentado sobre lo absurdo de jugarme la vida por enterrar un cadáver, y mi lado más humano ganó la discusión.

Reparé entonces en una puerta lateral que permanecía cerrada. En circunstancias normales, ni siquiera la habría mirado, asumiendo que llevaría a las bodegas del edificio o algo similar. Supuse también que estaría cerrada con llave, pero la curiosidad me hizo levantarme y tratar de abrirla. Al principio no se movía, pero tras unos segundos -que parecieron horas- forcejeando con ella, al final cedió.

Supongo que cuando levanté la vista no pude evitar sonreír. El edificio en el que estábamos tenía un patio central alrededor del cual se alzaban las viviendas. El suelo era de grés y en su gran mayoría estaba roto o dañado. Y, por debajo, había tierra. Tuve que reprimirme para no soltar una carcajada mientras caía de rodillas sobre la zona más cercana a mí y, con mis propias manos, comenzaba a excavar.

El ánimo inicial me duró apenas unos segundos, pues me di cuenta que tenía muchas más posibilidades de acabar con las manos destrozadas que de conseguir excavar una tumba en el suelo sin alguna herramienta. Miré a mi alrededor y no encontré nada que pudiera usar para cavar. Cada vez más frustrado, empecé a dar vueltas como un loco por todo el reciento, suplicando de cabeza que hubiera algo cerca que me sirviera para hacer aquel agujero en el suelo por el que acababa de ponerme en peligro yo y, más grave, de abandonar mi deber de vigilar a los durmientes de la planta superior. Fue mientras pensaba en ellos que recordé haber visto restos de alambre y tejas en las escaleras y me precipité escaleras arriba.

No había subido siquiera veinte escalones cuando tropecé y estuve a punto de caer al suelo. Con la respiración acelerada y mirando a mi alrededor en la oscuridad sin lograr ver nada, como queriendo asegurarme que nadie podría ver la luz del zippo, tardé unos segundos en reaccionar. Cuando estuve seguro, saqué el mechero del bolsillo y giré la rueda para encenderlo. Saltó una chispa, pero la mecha no prendió. “No me jodas”, pensé… “no, no, no… enciéndete, joder”.

Y se encendió. Rápidamente, busqué unas cuantas tejas y unos cuantos alambres y volví al patio a toda prisa. No sabía cuánto tiempo faltaba para el amanecer y tampoco quería que ninguno de los hombres que dormían arriba se despertase y viera que el que tenía que hacer guardia los había dejado solos. Podrían matarme por ello y, hoy al menos, morir no entraba en mis planes.

Cuando llegué al patio, traté de hacer una pala con una teja y los alambres oxidados, pero pronto vi claramente que los alambres no iban a ser útiles, así que los tiré a un lado y me puse a golpear el suelo, en aquellos puntos en que había roto el grés y se veía la tierra por debajo. La teja me cortaba las manos con cada golpe que daba al suelo, pero poco a poco la tierra y los restos de grés comenzaron a moverse y, menos de una hora después, tenía un hueco del tamaño de un ser humano abierto en el suelo. No era lo bastante profundo, pero no me importaba: metería a la anciana en el agujero y la cubriría con la tierra que fuese capaz. Después, cubriría todo con piedras, como si se tratase de un túmulo.

Y así lo hice. Tomé a la anciana en mis brazos una última vez y, con toda la suavidad que pude, la deposité en el túmulo. Después, comencé a cubrirla con la tierra que yo mismo había apartado para hacer la fosa y, una vez acabada ésta, empecé a apilar piedras de diferentes tamaños sobre el cadáver.

Cuando acabé, la oscuridad de la noche empezaba a ceder el paso a la luz del nuevo día y yo casi no sentía las manos en medio de tantos cortes, golpes y rozaduras. Me quedé unos minutos en silencio, mirando la tumba improvisada y entonces decidí subir nuevamente a las ruinas del piso que estaba compartiendo con los -esperaba yo- durmientes.

Tan pronto entré, uno de los hombres abrió los ojos y me miró, como desconcertado y preguntándose “¿dónde carajo estoy?” “Empieza a clarear”, fue lo único que le dije. Él se puso a despertar al resto de nuestros improvisados compañeros y, a los pocos minutos, todos estábamos a pie. “¿Y la vieja?” -preguntó uno de ellos.- “Ha muerto”, le respondí. “¿Y qué has hecho con el cadáver?” -inquirió otro.- “Enterrarlo”.

“Llévanos allí” dijo el tercero, y los demás asintieron. Esperaba que hubiera reproches, pero ninguno de ellos dijo nada. El mayor de todos me puso una mano en el hombro al pasar a mi lado, como tratando de animarme. Yo se lo agradecí con una ligera inclinación de cabeza. Después, recogí mi pistola y mi manta y los conduje a la tumba de la anciana.

Nos pusimos todos alrededor y, en silencio, presentamos nuestros respetos. Durante unos minutos permanecimos allí, compartiendo nuestro dolor por una persona a la que ni siquiera conocíamos, como si estuviéramos dándole las gracias por permitirnos atisbar, aunque fuera de refilón, algo de la civilización que habíamos perdido con la guerra. Después, nos despedimos y nos deseamos suerte unos a otros antes de irnos cada uno por nuestro lado. La mañana prometía lluvia.

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