Morgan´s

Steve Jobs: El genio del marketing.

In Actualidad on 8 octubre, 2011 at 22:40

Hace tiempo leí que la mejor forma de saber lo importante que es una persona, es ver las reacciones que se producen a su muerte.

Si esto es cierto -y yo creo que sí- esta semana pasada hemos perdido a uno de los hombres más importantes del mundo. Desde que se conoció la noticia en la madrugada del miércoles, todos los medios de comunicación se han hecho eco de la muerte del fundador de Apple, y a juzgar por el tono de las noticias, este hombre merece pronta canonización.

En todas las reseñas que he visto sobre Jobs, abundaban las palabras grandilocuentes: maestro, genio, visionario, gurú y un larguísimo etcétera de adjetivos en grado superlativo, que me han llevado a preguntarme quién era, en realidad, Steve Jobs.

No quiero usar esta entrada para repetir la vida y milagros del difunto -para eso están google y wikipedia-, pero sí para compartir con vosotros unas cuantas ideas que me rondan la cabeza, porque todavía me estoy preguntando qué parte de todo lo dicho sobre él es realidad y qué parte es mitología.

Sin duda, la historia de Steve Jobs es de esas que gustan. De origen humilde, creó una empresa de la nada, la llevó a la cima, fue despedido de ella y, cuando ésta había entrado en un declive importantísimo, la vuelta de este hombre la salvó de la decadencia y, de paso, la convirtió en la segunda empresa del mundo por valor bursátil.

No se puede negar que el difunto tenía un gran olfato para los negocios. Sabía ver las oportunidades, y tenía el respaldo suficiente para aprovecharlas pero, en mi opinión, esa no fue su mayor virtud. Ni de lejos.

Jobs era, por encima de todo, un vendedor brillante. Vendedor de ideas, vendedor de ilusiones, vendedor de deseos. Una de esas personas que transmiten la fe en que su producto es lo mejor que existe en el mundo. Una de las primeras clases de marketing que recibí en la universidad iba sobre la imposibilidad de crear necesidades en los individuos. Las necesidades están ahí, lo único que se puede crear son los deseos de cubrir esas necesidades.

Imagino que en el futuro se estudiará al fundador de Apple en las clases de marketing, porque él ha hecho algo que hasta ahora parecía imposible: ha creado la necesidad de sus productos. Y lo ha hecho tan bien, que ha convertido a sus clientes en sus fans. Cuando una persona prueba un producto Apple, se convierte en devota, ya no sólo de dicho producto, si no de la empresa.  Hay productos mejores en el mercado, pero no les importa. Son los elegidos. Tienen un “I-loquesea”. No les importa pagar hasta tres veces más por el producto, porque verdaderamente lo desean. Y todo ello, es mérito de Steve Jobs y su talento para manejar las expectativas.

Un directivo es tan bueno como el equipo que lo rodea, pero en el caso de nuestro personaje, ¿quién conoce a su equipo?. Todos los méritos recaen sobre él. Él era, aparentemente, el alma de Apple. Una confirmación más de que era muy bueno vendiendo: desde sus productos, hasta a sí mismo; porque, siendo objetivos, nadie es tan bueno pero algunos pocos pueden parecerlo.

Estoy seguro que Jobs era metódico e inteligente hasta lo enfermizo. Sus presentaciones de los últimos productos de la empresa son brillantes, siendo la más impresionante de todas la de uno de los iphone, en la que Jobs consigue encender a la audiencia y excitarla con el nuevo producto que va a “reinventar el teléfono”… y ni siquiera se lo ha enseñado. Eso es talento para la venta. Eso es crear deseos. En youtube podemos encontrar vídeos hechos por usuarios con las cosas que LES GUSTARÍA ver en el Iphone 5… ¡y aún no ha sido ni anunciado!. El mercado desea los productos de Apple, sueña con ellos, los reserva muchos meses antes de que salgan al mercado, y cuando por fin lo hacen, los usuarios guardan cola durante varios días para ser los primeros en tenerlos. Apple es a la tecnología lo que U2 son a la música: cuando sabes que van a venir, sabes que es posible que te quedes sin entradas. La mayoría de empresas tienen clientes. Apple tiene devotos. Y esto no está al alcance de cualquiera.

Es por esto que estoy seguro que más pronto que tarde se estudiará a Jobs en las universidades, tal vez como el hombre que fue capaz de convertir al cliente en un soldado de su causa. Un devoto entregado. Un predicador tecnológico.

Su discurso en Stanford es tan lúcido como conmovedor, pero además es tan perfecto que parece trazado con tiralíneas (o con CAD, que estamos en el siglo XXI). Es casi matemático. No nos revela nada sobre el hombre detrás del mito, pero lo hace de una forma que parece que se esté desnudando ante nosotros. Nos habla del cambio, de la superación, del no tener nada que perder. Nos habla de todo eso que los libros de auto ayuda llevan décadas hablándonos, pero él lo hace creíble. Nos está preparando para su marcha, pero ni nos damos cuenta de ello. Nos está haciendo la mejor venta del mundo: la que va directa al inconsciente. Nadie que haya visto ese discurso queda indiferente. Despierta simpatía y empatía. Es terroríficamente manipulador, pero a la vez es increíblemente sutil, bello. Es marketing en estado puro.

Como apasionado del marketing, lamento la muerte de Jobs. Me hubiera gustado ver qué más genialidades era capaz de inventar para vender… pero me consuelo con su mejor campaña hasta la fecha: su propia muerte.

Si eres capaz de convertir tu desaparición en una brillante campaña publicitaria a nivel global, es posible que sí merezcas ser canonizado, aunque sea solamente en los altares del marketing.

Descanse en paz pues, Sr. Jobs. Seguro que a estas alturas, si Dios existe, ya estará gestionando el universo con un iPad.

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