Morgan´s

Guardadme en vuestro corazón un rato…

In Uncategorized on 29 abril, 2016 at 15:00

Esta tarde enterrarán a Diego, ese chico de mirada triste y limpia, ese chaval de pocas palabras. El que salía de trabajar y se iba a llenar cajas y armar palets, sin dormir, porque entendía que por encima de su descanso estaba el sufrimiento de los centenares de miles de personas que se hacinan en las fronteras de la UE.

No tuve la ocasión de conocerlo mucho, apenas crucé con él treinta o cincuenta palabras, pero me bastaron para saber que la amabilidad que alumbraba su cara era la misma que adornaba su carácter.

Hoy entierran a Diego, y el Sol sigue luciendo, porque no le importa la sombra que se ha posado en nuestras almas.

Muchos leerán su esquela o la noticia de su muerte y no sabrán quién era, lo que hacía, su compromiso. Será un desafortunado accidente más, otra estadística de la DGT que se olvidará con rapidez, porque los accidentes de tráfico no nos impactan ya como una vez lo hicieron.

Pero otras personas sí, recordarán. Sabrán quién era el nombre tras las iniciales de la crónica periodística, sabrán de su compromiso, de su ética, de su corazón salvaje y solidario.

Y quizá ese recuerdo mantenga viva la llama de la memoria y alumbre el fuego nacido de la forja de la conciencia.

Y, quizá, solo quizá, “lo que hoy entierran no son huesos, son las semillas que van creciendo”, como nos cantaban Barricada en la magnífica “Los  Maestros”.

Maestro Diego, sin cátedra ni libro de texto, que la tierra te sea leve.

Te guardaremos en el corazón un rato.

La ciudad que amo y odio.

In Opiniones y Reflexiones on 16 enero, 2015 at 19:29

El Berbes (hacia 1930) 2En la introducción a “Pongamos que hablo de Madrid” del ya clásico “La Mandrágora”, un jovencísimo Joaquín Sabina decía que la canción era “una historia de amor y de odio a una ciudad invivible pero insustituible”. Siempre me ha gustado esa frase para definir también este Vigo en el que llevo 35 años improvisando una vida. Os voy a contar un poco el porqué:

Vivo en una ciudad que ha sido diseñada por su peor enemigo, un caos en el que conducir un coche es un desafío a la paciencia y la pericia, donde los accidentes, más o menos graves, están a la orden del día. Vivo en una ciudad en la que hay una rotonda por cada mil habitantes (exagero), como si nos hubiéramos decidido a protegerlas porque se encontraban bajo amenaza, como el lince ibérico o los buenos periodistas. Vivo en una ciudad en la que florecen centros comerciales y cierran los pequeños negocios de toda la vida a un ritmo alarmante para cualquiera menos para quien tiene la capacidad de hacer algo al respecto, en la que es más sencillo encontrar una iglesia que una filmoteca y los teatros de barrio se ven abocados a la muerte o a una supervivencia llena de penurias y dificultades.

En mi ciudad abundan los fantasmas que duermen en cajeros automáticos de los mismos bancos que les han chupado hasta la última gota de sangre, seres invisibles que una vez tuvieron sueños e ilusiones que se truncaron por un golpe demasiado duro o una decisión errónea y han sido condenados a vagar en pena por las ruinas de una sociedad que se desmorona a pedazos y mira hacia otro lado, quizá hacia esa cruz fascista que decora la ladera del monte de O Castro y escupe una y otra vez en las conciencias adormecidas de aquellos que ignoran su verdadero significado mientras pisotea la memoria de hijos y nietos de aquellos héroes que lucharon contra todo lo que esa cruz representa. Una ciudad en la que los perros se cagan en las aceras y los gatos callejeros libran una guerra secreta contra el ejército de ratas que aguarda bajo tierra su hora para invadirnos y recuperar lo que una vez fue suyo. Una ciudad que no respeta a esos soldados felinos que nos cuidan sin pedirnos nada a cambio y a los que sacrificamos en una protectora de animales fascista en la que los heridos y lisiados tienen muchas papeletas para acabar “dormiditos”, la metáfora más siniestra para una ejecución por criterios de edad, belleza o eugenesia.

En esta ciudad el verde de los parques y jardines refleja el gris ministerial de su cielo y su ayuntamiento, mientras una lluvia fría y hostil baña nuestra existencia y nos provoca a los existencialistas una sensación perpetua de melancolía a la que nos hemos vuelto adictos, como esos yonquis que poblaban los barrios obreros en los años 80 y 90 y a los que la autoridad municipal decidió un día retirar el poco apoyo que les prestaba al darles un lugar en el que poder picarse en unas condiciones mínimamente dignas, porque hacían feo para los turistas que se bajan de los cruceros y siguen como lemmings los circuitos que la corporación municipal ha trazado para enseñarles una fachada y ocultarles la realidad.

La ciudad en que vivo es moderna, del siglo XXI, tiene paneles para decirnos cómo está el tráfico y un servicio de transporte municipal que me informa de a qué hora pasa mi autobús por un coste de lo más asequible. Si lo que quiero saber, en cambio, es el coste de una obra pública o un contrato municipal, la cosa ya no es tan sencilla como “mandar un SMS con la palabra VITRASA”. Hay escaleras mecánicas en la calle (que cuestan un millón de euros y ahorran 200 pasos) y barreras arquitectónicas en los edificios. Una ciudad en la que los arenales de Samil están presididos por un majestuoso muro de hormigón lleno de baches, grietas y socavones que ha empezado a vencerse como recordatorio del paso del tiempo y la mortalidad de todo lo que existe y un día dejará de hacerlo.

Vivo en una ciudad que es un desfiladero infinito por el que se deslizan ríos de agua y basura cuando las lágrimas del cielo se vuelven salvajes y amargas e inundan las pocas zonas planas que en ella se pueden encontrar. Una ciudad que un día decidió olvidarse de su historia y derribar algunos de sus más bellos edificios y convertirlos en mamotretos fríos e impersonales que se alzan hacia los cielos como una patética metáfora de todo lo que alguna vez quisieron representar. Una ciudad en la que un hospital de color verde antiséptico preside el skyline y cuya única y tímida competencia es un insulto al concepto mismo de belleza al que llamamos Concello, el lugar desde el que el emperador dirige los asuntos de sus súbditos, valiéndose para ello de una mezcla de populismo barato y una guardia personal a la que ha dado en llamar G.O.A., porque Inmortales ya había sido cogido por los persas.

Y pese a todo ello, la amo profundamente. Tanto que me resisto a huir de ella, exiliarme en busca de una vida mejor… de una vida. Por sus gentes, esas que te gritan y te insultan por pararte en un ceda el paso y unos metros más adelante se paran a echarte una mano porque has pinchado una rueda. Las mismas que salieron a la calle en los años 80 a luchar por los derechos de los trabajadores, a decir que la reconversión industrial era una tomadura de pelo y a las que no les importó que ante ellos se opusieran unas fuerzas de represión mucho peores que las de ahora. Las que se organizaron para hacer frente al problema de la droga y dieron ejemplos de madres coraje, expresión que me repugna porque toda madre es una madre coraje, que resistieron lo indecible y lucharon sin dejarse desfallecer. Amo a las personas que viven y luchan en mi ciudad, porque son tozudas y resilientes. Porque saben pelear incluso las batallas que ya están perdidas. Porque se organizan para atender a sus vecinos más desfavorecidos cuando la administración del emperador se olvida de ellos, porque son honestos y persistentes.

Amo mi ciudad porque en ningún otro lugar se puede uno sentar en la arena a ver como el Sol desciende lentamente hasta ocultarse tras las Cíes, un maravilloso espectáculo que tiñe el cielo de un color rojizo que invita a la resistencia y a la irreverencia, porque en ningún otro lugar la lluvia que nos enmohece el cuerpo y nos llena de melancolía se siente igual de fría y cálida. Porque hay una Puerta del Sol que tiene la estatua más fea que haya parido jamás un artista pero que, a base de odiarla, uno acaba encontrando entrañable. Porque no existe ningún otro lugar en que se pueda subir a lo alto del monte Alba y observar la ciudad que vive y se opone.

La amo con el alma porque es la ciudad en la que aprendí a ser rebelde y a entender que detrás del que sufre hay alguien que hace sufrir. Porque la semilla de la lucha se implanta en los genes de cada vigués el día que nace y salta el día menos pensado. Porque en el Cruce de los Llorones, donde vivo, se alzaron barricadas y se luchó para defender el gobierno legítimo de la República cuando se produjo el golpe fascista. Porque desde los tejados de la zona del mercado se mantuvo la resistencia. Porque donde hoy se levanta un horroroso monumento con aspecto de falo que los homenajea, murieron un centenar de vigueses a manos de los sublevados, porque decidieron no darse por vencidos y ser, como reza el famoso lema, “denantes mortos que escravos”. Por su “Jardín de la Memoria Histórica”. Por la dignidad que mostraron Carmen Miguel Agra y los demás muertos en el Bou Eva. Por las calles y las personas de Mercedes Núñez Targa y Ángela Iglesias Rebollar. Por todos y todas las guerreras cuyos nombres se han perdido en la historia de la ciudad.

Porque tiene una estatua de Julio Verne, aunque yo no soporte a Verne.

Por tantos motivos de los que me olvido…

Abel I “El Soberbio”.

In Actualidad, Política on 10 octubre, 2014 at 18:33

abelcaralleiro

Hoy “Entre Tanto” está de cumpleaños. Y van tres años ya. Intentaré disciplinarme más con las publicaciones de hoy en adelante. Suena a promesa de año nuevo, lo sé. Espero que no lo sea. Vamos a lo que vamos…

 

Abel Caballero me dio clases de Economía Política y Hacienda Pública en 1º de carrera. La asignatura, tan farragosa como su nombre hace intuir, podría resultar árida y aburrida para cualquiera con una deficiente formación matemática, como desafortunadamente era mi caso.  Atribuyo gran parte del mérito de que yo entendiese todo aquel batiburrillo de gráficas, fórmulas y demás historias al profesor Caballero. Era bueno. Tanto que conseguía que yo pasase por alto sus constantes referencias a sus logros como ministro -bastante discutible que pueda presumir de eso-, su actitud un tanto chulesca y esa condescendencia del que se cree superior a sus interlocutores. Serán cosas de ser Doctor por la Universidad de Cambridge, que siempre suena de escándalo y da mucho prestigio. Nosotros, pobres mortales que sólo aspirábamos a la Universidad de Vigo, éramos afortunados de que Él compartiese su sapiencia con nosotros. Una vez le preguntamos por su candidatura a presidente de la Xunta de Galicia -la peor derrota del PSOE en nuestra comunidad-. Ese día descubrí que no sólo era buen profesor sino que también tenía dotes para el fútbol: impresionante habilidad para echar balones fuera.

Terminó el cuatrimestre y, durante una buena temporada, no volví a saber nada de él. La siguiente vez que lo vi fue en la presentación de su primera novela, “La Elipse Templaria”. Siempre he tenido debilidad por las historias de sociedades secretas y la orden templaria tiene ese halo de misterio del que nacen grandes historias. Compré el libro y me acerqué a que me lo firmase, junto con un amigo que cometió el mismo error que yo. Abel I “El Soberbio” estuvo encantador con nosotros. Su libro, en cambio, lo uso para calzar un mueble que tengo cojo en casa. Dudo que esa puta mierda insufrible sirva para nada más. Misteriosamente, le han publicado otros tres.

Guardo pocos recuerdos de ese libro, que marcó un hito en mi vida: fue la primera vez que dejé una novela a medias. En tres meses conseguí avanzar poco más de 100 páginas; así de amena me resultó.  El caso es que llegados a un punto de la obra, él mismo aparecía como personaje. Fue la segunda vez que tuve contacto con su ego desmedido.

Me resulta irónico a la par que algo triste pensar que este buen hombre sabe tanto de teoría económica y tan poquito de su gestión. Abel I, ese al que se le llena la boca diciendo que “lo que propone Podemos es keynesianismo y eso es lo que llevo haciendo yo desde que soy alcalde”, interpreta el keynesianismo como renovar aceras y montar rotondas, impulsar planes de empleo de exigua dotación presupuestaria y aún más escaso target de la ciudadanía, por no mencionar la ridícula duración de los contratos que se firman en esos planes. Si Keynes levantase hoy la cabeza, se moría de nuevo, aunque esta vez de vergüenza. ¿Para qué invertir en crear empresas públicas si puedes poner unas piedras carísimas en el suelo?, parece pensar este Hijo Adoptivo de A Coruña, ciudad que le otorgó ese título como agradecimiento a sus gestiones para que saliera adelante el proyecto del aeropuerto de Alvedro, allá por 1990. Ese que hoy considera innecesario. Abel I “El Soberbio”, también llamado “El Amnésico”. A este ritmo, al final de la entrada, acumulará más títulos que Daenarys Targaryen.

En fin, el caso es que en fechas recientes un juez ha promulgado una sentencia que obliga al Concello de Vigo a derribar la llamada “Cruz del Castro”, una réplica de la cruz que preside el Valle de los Caídos, que fue levantada por la sección local de Falange e inagurada por el propio Franco allá por 1961, en honor a la División Azul. A sus pies han muerto fusilados vigueses, por el único delito de tener ideología y defender el gobierno legítimo de la República. Para cualquier demócrata, estos serían motivos más que suficientes para considerar que la cruz en cuestión sobra. Por si fuera poco, una ley del año 2007, la llamada “Ley de Memoria Histórica”, obliga al derribo. Ley, por cierto, promulgada por un gobierno socialista, es decir, del mismo signo -al menos, en teoría- que nuestro ínclito regidor municipal.

Pero Abel I es más que un alcalde y mucho más que un socialista: es una constante pulsión entre una necesidad de agradar a las mayorías bienpensantes y esa necesidad de reafirmar la propia virilidad, tan típica de personajillos oscuros y mediocres acomplejados por vayan ustedes a saber qué problemas de infancia que continúan campando a sus anchas por sus “Ids”, quizá demasiado enterrados para ser racionalizados o quizá demasiado aterradores para que se atreva a confrontarlos. El caso es que, de una manera u otra, a Abel I “El Soberbio”, también llamado “El Amnésico” no se le ha puesto en la punta de la virilidad acatar la sentencia judicial que le obligaba a tirar abajo la puñetera cruz. Los argumentos que ha esgrimido son, sin duda, de peso: “Es una cruz, no es un símbolo fascista. Esos fueron retirados. Ahora es una cruz. Es una cruz. Es una cruz. Es una cruz”. Y así hasta 16 veces. Argumentos de peso, sin duda. Luego nos recuerda que él ha puesto el nombre de “todos los represaliados por el franquismo a calles” y nos demuestra que tampoco es un gran conocedor de la historia de su amadísima ciudad: Según cifras oficiales, se estiman en 136 los represaliados. Según mis cálculos, las calles con nombres de asesinados por el fascismo son apenas 20. Abel I “El Soberbio”, también llamado “El Amnésico”, conocido en círculos como “El Iletrado”. Cuéntale esta estupidez a los descendientes de los autoinmolados del Bou Eva o a la familia y amigos de Humberto Baena.

¿Por qué, de ellos, sólo Carmen Miguel Agra tiene una calle en su honor -y menuda calle-?

¿Cómo tienes tan poca vergüenza, cínico?

Ojalá las nuevas escaleras mecánicas, esas que han costado lo mismo que has recortado en Bienestar Social y ahorran la friolera de 200 pasos, sean el principio del fin de tu reinado de despotismo populista. Eras un gran profesor, pero como político eres un ser deplorable, pequeño napoleoncillo pontareano y empiezas a oler a cadáver político, por mucho que tus compinches del PP se esmeren en bañarte en óleos e inciensos en forma de apoyo a presupuestos municipales.

Pronto serás historia, Abel I “El Soberbio”.

 

(La imagen la he tomado prestada de “FalodeRedondela”, que no sé muy bien qué es, pero podéis acceder desde aquí).